Dádivas quebrantan peñas

Ramón Vargas, gloria mexicana de la ópera mundial, vino y se retrató frente a los murales de Rodolfo Morales.

“¿Quíen se lo iba a decir? El niño Rodolfo Morales sólo esperaba las fiestas de su pueblo Ocotlán, no para andar de maloso sino de observador por vocación, nada más mire y mire, oye y oye la algarabía de las costumbres provincianas , las que nos van haciendo a los de tierra adentro, los payos que nos acordamos de ellas luego ya de grandes, con nomás el tronido del cohete o la luz de los focos encendidos de un de repente, andar en el pasado, almas en pena los de ayer apegados a la solera del patio, a los suavísimos lomos de los perros, al gorjear de pajaritos enjaulados los pobres, dándoles diario la cazuelita de alpiste y cambiándoles el agua y el periódico para las patas varas de escoba. Pues sí, el incesante triquitraca de la máquina de coser y los retacitos de tela que los niños guardábamos junto a los carretes sin hilo, la tapadera de una caja de jabones de olor, las plumillas de las alas palomeras.

En fin, el tesoro niño insignificante y mágico salido de madre universal a las calles locales, cuando llega el circo en convite, se inventan novísimas paletas heladas con carita de hielo, o si matan a machetazos a un vecino bajado del cerro a tamborazos, o si flota en el agua de la presa el cadáver del médico local en su final cama, sudario húmedo…”

Así empezaba yo mi ensayo “Dádivas quebrantan peñas”sobre Rodolfo mi bien amado, a quien iba a ver a Oaxaca de vez en vez, para ir a la sinfónica, a comer cosas ricas que él sabía, a los pueblos donde había dejado su fortuna como artista rehaciendo templos, la gran cárcel maravillosa de muchas rejas intocadas, las jacarandas del camino para regodearse, oír a la orquesta mayor con los instrumentos regalados por él, que los chelos, los violines, las trompetas (“trompas” como les dicen en Italia), los cornos, las flautas dulces y así. Luego devorábamos en su casa conventual exquisiteces imposibles de relatar, basten los chapulines con sal, divinos susurros de Dios medio enojado. Traigo todo esto a colación porque el tenor Ramón Vargas, gloria mexicana de la ópera mundial, vino y se retrató frente a los murales de Rodolfo Morales en el hotel Royal Pedregal que yo reporté y nadie conoce, verdaderamente maravillosos, tesoro del Perisur, obra maestra pintada por el oaxaqueño en estado de gracia. Viene Vargas de Austria donde vive, del Met de Nueva York, de la Ópera de Valencia, del Theatre des Champs Elysees de París o de la Plaza de San Marcos en Venecia. Se queja del nulo trabajo y apoyo de México, su patria, al arte del canto, las artes escénicas, el teatro, la danza etc. Lo bueno es, dice, “ sólo falta un año para que cambie este gobierno”… Eso lo lamenta él, qué diremos nosotros muertos de hambre sin escribir porque “¿para qué?”… Mi patria  ya escogió a sus hijos legítimos consentidos…Los de siempre, no nos queda más que alelados mirando. Y dice el que sabe lo importante que sería nos hicieran, para empezar, doctoras honoris causa a todas las que aparecemos en el gran libro Oyeme con los Ojos, de Patricia Rosas Lopátegui… No os preocupéis, ya están ocupados los puestos.

  *Escritora y periodista

 marialuisachinamendoza@yahoo.es

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