Todo exceso es demasiado
Las leyes mexicanas no son tan malas, aunque no son perfectas. Tendrían una calificación de 8.
Mi fraterno amigo, Francisco Labastida, suele utilizar la burlona, pero irrebatible frase que hoy me sirve de título. La recuerdo, frecuentemente, en casos de la vida diaria pero, también, en los asuntos políticos. La desmesura, el desmán, la imprudencia, el derroche o la incontinencia son de las actitudes más pobres y lastimeras que los humanos pueden asumir, sobre todo cuando se conectan con temas tan serios como lo son la vida, el bienestar, la seguridad o la esperanza.
Las recientes semanas nos han informado de las reuniones que el grupo que encabeza Javier Sicilia tuvo con el presidente Felipe Calderón y con un grupo de alto nivel del Congreso de la Unión. No cabe duda de las fuertes razones que motivan a Sicilia y que motivarían a millones de mexicanos.
Muchos nos hemos solidarizado con él y con todos los compatriotas que han sufrido la desgracia de la violencia injusta. Yo lo he hecho en todos los tonos y en todos los espacios de prensa, tribuna, cátedra, partido o academia que se me han brindado. Lo he hecho con coraje, con reclamo y, en ocasiones, hasta con rabia.
Pero no estoy tan seguro si un discurso tan legítimo gane o pierda en aprecio, seriedad y penetración si transgrede el velo invisible que separa al tribuno del histrión. No estoy diciendo que Sicilia sea lo uno ni lo otro sino, tan sólo, que he escuchado que algunos aplauden y otros censuran su estilo y su cruzada. Aclaro que no me refiero a miembros del gobierno ni a políticos opositores de ellos, sino a ciudadanos lejanos a los intereses del poder y, por lo tanto, presumiblemente imparciales.
En lo personal y en concreto, no comparto la idea de que la inaceptable violencia mexicana deba atribuirse a nuestras leyes, sino a los hombres que las aplican o a los que las violan.
Sintetizo esta relación entre poder y justicia.
Hay quienes dicen que el gobernante ejerce un poder que proviene de las atribuciones que le confiere la ley. Es decir, que el poder político proviene de la potestad jurídica. Para toda la doctrina jurídica, excepto Hans Kelsen, esto es la única verdad.
Por el contrario, hay quienes afirman que la fuerza efectiva de una ley proviene de la voluntad aplicativa que le imprime el gobernante. Es decir, que la vigencia jurídica proviene de la regencia política. Para toda la doctrina política, excepto en opinión de Hermann Heller, no hay más que esto.
Pero yo agrego que nada impide la posibilidad de que la relación entre ambos elementos sea par y colaboradora. Que el poder requiere de la ley para ser aceptado y la ley requiere del poder para ser aplicada.
Tengamos en cuenta que las leyes mexicanas no son tan malas, aunque no son perfectas. Tendrían una calificación de 8. No está en ellas nuestra desgracia. Pero nuestras autoridades están irremediablemente reprobadas.
Por eso, hoy, los mexicanos estamos muy cerca del punto de quiebra. Porque lo menos que puede exigírsele a un Estado es que tenga un mínimo de gobernabilidad política como para lograr el cumplimiento de la ley.
Quizá no se pueda exigir ni culpar a un Estado por no remitir la pobreza que él no instaló, por no ganar la guerra que él no provocó o por no superar el atraso que él no indujo. Pero es innegable que, “de perdida”, está obligado a aplicar la ley que el Estado expidió por considerarla la idónea, la ideal o, por lo menos, la posible.
Es muy duro decirlo, pero el gobernante que no puede siquiera poner en vigencia sus propias leyes, ya está perdido. Quizá por eso, siguiendo un poco a Seymour Lipset, debemos considerar a la conjunción de la legitimidad, la efectividad y la legalidad, como el síndrome infalible e insuperable del estado puro de craticidad o estado perfecto de poder. Por el contrario, la ausencia de esos factores da por resultado el estado perfecto de impotencia política.
Eso es, en mi opinión, el debate de hace siglos y que seguirá otros tantos. El debate de hoy es tan sólo un episodio efímero y precario.
*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.
twitter: @jeromeroapis
