¿Sabremos –y podremos– estar a la altura del reto que está frente a nosotros?

¿Terminaremos por aliarnos totalmente con Estados Unidos y jugaremos a su lado sin la reticencia e hipocresía actual?

Uno de los efectos —de lo que se vivió en Estados Unidos estas últimas semanas— que más impactará a todos los países durante los próximos años, irá más allá de los aspectos específicos de las finanzas públicas y los desequilibrios fiscales. Si bien los problemas relacionados con estos últimos dos temas son fundamentales para la buena gobernación y el crecimiento de la economía, lo que veremos los próximos años los rebasará por los cambios que en otras áreas impulsará lo sucedido.

Lo que acordó, en modo alguno toca las causas que generan los efectos que negativos todos conocemos —deuda pública excesiva, alto déficit gubernamental y un gasto público que parece estar sin control en cuanto a su monto— pero, al menos ha permitido a todos ganar un tiempo valioso que deberemos utilizar para intentar

poner las cosas en orden y quizás, si hay la voluntad política necesaria, sentar las bases de lo que será, en pocos años, un nuevo acomodo geopolítico.

Esto último no significa que Estados Unidos perderá —en pocos años— el peso específico que ha tenido en lo político y militar —así como en lo económico— durante los últimos sesenta y cinco años; seguirá conservando un papel de gran relevancia pero, con toda seguridad será acompañado por dos o tres países que si bien hoy sólo despuntan, lo que pasó ha fortalecido sus ambiciones.

La pérdida de imagen de Estados Unidos que con toda seguridad se traducirá en una reducción sensible de la confianza irrestricta de la que gozaba, llevará a la República Popular China, India y quizás a Brasil y Rusia —entre otros—, a buscar mecanismos que además de evitar la repetición de lo visto estas semanas logre reducir la hegemonía del dólar como la divisa mundial por definición.

¿Cuál es el reto que lo anterior —de concretarse— presentaría para un país como México? ¿A qué obligaría la irrupción de la República Popular China en América Latina con el poder que le da su poderío económico y financiero? ¿Qué y cómo respondería Estados Unidos? ¿Qué haría México?

Las nuevas condiciones que se conformarán en los próximos decenios y los bloques que surgirán, ¿cómo los veremos y qué haremos frente a esa nueva realidad? ¿Terminaremos por aliarnos totalmente con Estados Unidos y jugaremos a su lado sin la reticencia e hipocresía actual?

Por el contrario, ¿intentaremos seguir con esa idea trasnochada de la soberanía que tanto nos seduce? ¿Acaso pensamos que en las nuevas condiciones y con la irrupción de tres o cuatro actores disputándole a Estados Unidos buena parte de la hegemonía que hoy le pertenece, podremos seguir navegando “entre dos aguas” como hacemos hoy?

El reto que nos presentará la nueva realidad y el reacomodo resultante que ésta prohijará, no es fácil y menos podrá ser eludido; nuestra definición y alineamiento deberá ser claro, y no dejar espacio para la duda en cuanto a dónde estamos y con quién jugaremos.

Quizás el elemento central de la nueva realidad geopolítica que se verá con claridad meridiana en veinte o treinta años a lo más, será la definición obligada de los países en torno a este o aquel centro de poder. Lo que hoy es permitido e incluso estimulado para dar la impresión de “independencia” de algunos países, en pocos años tocará a su fin.

¿Qué haremos? ¿Nos prepararemos para tomar la decisión correcta que no es otra que alinearnos con Estados Unidos o como algunos piensan, intentaremos seguir con este jueguito del Tío Lolo?

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