Monumento (del latín monumentum: recuerdo).
Detonó todo lo que sigue una declaración del arquitecto catalán Miquel Adriá, director de la revista Arquine: “La arquitectura mexicana es una expresión del poder”, a pesar de que su finalidad no habrá sido en modo alguno lo que se echó a andar en mi cabeza. De la nota sobre Adriá me fui a la Carta de Venecia, que precede a la Carta Internacional sobre Conservación y Restauración de Monumentos y Sitios (1964): “Portadoras de un mensaje espiritual del pasado, las obras monumentales de cada pueblo son actualmente testimonio vivo de sus tradiciones seculares”. Tómese enseguida el monumento que sea; el emblemático de la Ciudad de México, si se quiere. Nadie menos que el mismísimo Antonio López de Santa Anna convocó en 1843 al concurso para la edificación del monumento a la independencia, estipulando dicha convocatoria que debía tratarse de una columna con una altura mínima de 42 metros que rematara en la estatua de la Victoria Alada. La primera piedra se colocó el 16 de septiembre del mismo año, pero la falta de fondos públicos y uno de los tantos derrocamientos de Santa Anna interrumpieron la obra. La emperatriz Carlota colocó una “segunda primera piedra” el 16 de septiembre, pero de 1865. La cosa no pasó de ahí porque Maximiliano fue derrocado y fusilado.
En 1900 el gobierno federal nombró responsable del proyecto al arquitecto Antonio Rivas Mercado y el 2 de enero de 1902 el general Porfirio Díaz volvió con aquello de la primera piedra, definitiva esta vez a pesar de las dificultades en los trabajos de cimentación, que retrasaron la obra durante varios años. La columna fue inaugurada, tal y como lo dispuso don Porfirio, el 16 de septiembre de 1910, para celebrar el Centenario de la Independencia. La arquitectura, expresión de poder, ha declarado Adriá; entonces ni más ni menos.
No voy a detenerme mucho en Vicente Fox y la pifia inmensa de su biblioteca José Vasconcelos, porque de centenarios se trata, y de monumentos para conmemorarlos. Dos años hace ya del concurso, el fallo, la asignación de la obra y la colocación de la primera piedra. ¿La Estela de Luz fue inaugurada por el Presidente de la República, tal y como estaba previsto, con porfiriana atingencia en la fecha prevista para celebrar el segundo centenario?
No.
Déjense de lado personajes, obstáculos, sabotajes, costos, presupuestos y discursos oficiales. ¿Cuál es el monumento conmemorativo hoy?, “el poder” de acuerdo con Adriá. Un agujero inmenso con promesas sucesivas aderezadas por malentendidos, confusiones, dificultades entre funcionarios sin control ni concierto, incrementos —esos sí monumentales— de costos, y un proyecto que consigue emular a López de Santa Anna y a Carlota I en su poder y sus intentos.
Metáfora insuperable del gobernante y su gestión: un hoyo.
Tomando en consideración que la biblioteca foxiana hizo agua por todas partes y sus costos nunca quedaron claros, lo que no obstó para que se inaugurara, me permito encabezar una lista de mexicanos a favor de que se inaugure el agujero.
Consideren a su vez, adherentes, que no puede haber mejor monumento 2006–2012.
