Cambios en la PGR: más palos de ciego
En esta ocasión se anuncia que 21 delegados de la Procuraduría serán removidos y en su lugar se nombrará a otros.

Humberto Musacchio
La República de las letras
La procuradora general de la República, doña Marisela Morales, realiza la enésima depuración de la entidad que encabeza. Hay que recordar que cada sexenio y a veces con cada procurador —en el calderonato ya van tres— se procede dizque a una limpia y se pone a funcionar la guillotina para que rueden, en sentido administrativo, las cabezas de numerosos funcionarios desleales, corruptos o indolentes. Hoy, otra vez, andamos en ésas.
En esta ocasión se anuncia que 21 delegados de la PGR serán removidos y en su lugar se nombrará a otros funcionarios que, debemos suponer, son inmunes a corruptelas y están dispuestos a trabajar con la convicción de iluminados. Pero esa es una historia vieja y muy contada, pues en otras administraciones se ha pretendido mejorar de esa manera el funcionamiento de la PGR y los resultados son conocidos. En la primera mitad de este mismo sexenio, dos docenas de funcionarios de la Procu fueron despedidos y sustituidos por otros que, ahora sí, tendrían un desempeño plausible, lo que por lo visto no ocurrió.
Cada vez que se realiza una purga en los organismos policiacos, debemos encomendarnos al más milagroso de los santos, pues mediante esa fórmula se lanza al desempleo a personas adiestradas en el enfrentamiento físico y el manejo de armas, las que suelen emplear contra los ciudadanos.
Algo parecido ocurre cuando son funcionarios de alto nivel los removidos, pues no pocos llegan a poner sus conocimientos y relaciones al servicio del mejor postor, que además puede ser el crimen organizado.
El problema se multiplica si consideramos que con los 21 delegados de la PGR también se irán al desempleo sus colaboradores más cercanos, todos ellos con valiosa información. Desde luego, no se trata de mantener en el cargo a los malos elementos. Si han cometido delitos deben pagar por ellos, lo que rara vez sucede, pero no parece muy sabio correr a nadie por meras sospechas o por simples faltas administrativas.
Si esa fuera la solución hoy tendríamos una PGR impoluta e inatacable, respetada y hasta querida por los ciudadanos. Pero no hay tal. Los ceses a rajatabla no han contribuido a mejorar el servicio ni la imagen de la Procuraduría. Más complicado, pero infinitamente más provechoso sería implantar sistemas que hicieran trabajar a los abúlicos, prestar más atención al desempeño de cada elemento y vigilar estrechamente el patrimonio de quienes ocupan un empleo público.
Un aspecto que no puede descuidarse es la selección de personal. Sorprende que a estas alturas la PGR nos venga con que a tres de cada cinco cesados los separaron de su cargo por haber reprobado los “exámenes de control de confianza” y que, sólo entre abril y julio, el Consejo de profesionalización despidiera a 173 funcionarios “por diversas faltas administrativas”.
A falta de adecuados sistemas de selección, funcionamiento y vigilancia del personal, en ausencia de fórmulas de estímulo personal, familiar y social que garanticen la lealtad, se opta por el despido, como si eso garantizara que los sustitutos tendrán un desempeño probo y eficiente. Es decir, se echa a los malos con la idea de traer a los buenos, como si la humanidad se dividiera de esa forma maniquea y absurda. En todo el mundo, policías, fiscales y jueces trabajan en medio de grandes presiones y no menores tentaciones, y en muchos países funcionan así, y bien, la procuración e impartición de justicia. No es por arte de magia, sino por aplicar la ciencia a esos procesos.
*Periodista y autor de Milenios de México