Ciudadanía y democracia
Los mexicanos hemos aprendido, durante décadas, que la participación ciudadana no es un don del poder.
El tiempo de la política, no puede sino pasar a través de la democracia ciudadana. Cualquier reforma de las instituciones políticas no puede sino partir de la acción de los ciudadanos en un contexto de participación, libertad y organización básica. Ese es el signo de nuestros tiempos, de nuestra cultura, no sólo en México, sino en todo el mundo.
Nadie discute la urgencia de una reforma política de fondo. Pero los más conscientes parecen ser los ciudadanos. En la medida en que los partidos se alejan de ese hecho y atrasan la agenda de los cambios, los ciudadanos van cobrando más idea de su propia presencia en la vida política, de la manera en que la democracia, aquella que soñábamos hace algunos años, sin adjetivos, debe ser en realidad democracia ciudadana, válida en cuanto a medida que permita la participación de quienes están destinados a ser los ejecutores y los receptores de las decisiones políticas y, a veces, también hay que decirlo, padecerlas.
Los mexicanos hemos aprendido, durante décadas, que la participación ciudadana no es un don del poder, es una conquista que se construye en el día a día. Hoy, las instituciones ciudadanas no pueden ser pasadas por alto, los grupos de individuos que basados en sus derechos constitucionales han excedido el simple grupo de presión para instituirse como gestores y partes del diálogo político, están cumpliendo espacios que los grandes partidos no han logrado satisfacer. Una de las funciones metaconstitucionales de los legisladores, tradicionalmente, es la de fungir como gestores del desarrollo y de las necesidades sociales; con los años, dicha función, aunque pareciera seguir formando parte de las tareas de un legislador, se han relacionado más con clientelismos y con diversas formas de cooptación política. Por otra parte, los ciudadanos, en asociaciones libres, están cumpliendo de mejor manera esta función y poniendo en tela de juicio la capacidad del político profesional para lograr el bienestar de los electores. Sin embargo, una sociedad no puede ser gobernada sólo por los ciudadanos ni por organizaciones, los sujetos cuyas dos tareas principales: tomar decisiones y asumir responsabilidades, tienen un lugar preponderante en la cultura política occidental. Es necesario, en tal sentido, que una reforma política permita a los ciudadanos actuar como contralores de esas dos funciones y que, participando, sean parte también de las decisiones y de las responsabilidades.
Quedarse en el aspecto electoral, aun en el sentido de las consultas públicas, es sólo limitarse a la superficie del problema. No son pocas las dictaduras que se han valido de consultas públicas para dar legitimidad a situaciones ilegales, pero eso es algo que amerita toda la cautela, aunque, yendo al núcleo del problema, nos encontramos con temas como la rendición de cuentas, la transparencia, la personalidad jurídica de las organizaciones ciudadanas y su papel dentro y fuera de los partidos, ello, desde luego, sumado a la revisión del carácter representativo de los legisladores.
Es tiempo, pues, de hablar de política, sin embargo, para hacerlo seriamente, hagámoslo como ciudadanos.
*Profesor de la Facultad de Derecho. UNAM
