Eliseo

Ninguno de los realmente grandes escritores cubanos se exiliaron nunca. Fue un gusano. Eliseo fue un gusano. Cuando hablamos de gusanos debemos precisar...

Fue un gusano. Eliseo fue un gusano. Cuando hablamos de gusanos debemos precisar, si no está sobrentendido, de qué estamos hablando. En qué marco nos encontramos. Si estamos en el de la biología y de la hemintología, deberemos discutir de parásitos y de platelmintos y nemétodos. En cambio, en el campo de la gastronomía, no podremos evitar referirnos a los llamados gusanos de maguey, que en realidad no son vermes sino exquisitas larvas de mariposa. En los juegos mecánicos de las ferias, el gusano es de los más divertidos y zangoloteantes.

Pero si de seres humanos se trata, un gusano es un cubano. Un cubano que deserta de su patria y de su revolución, para instalarse de manera definitiva en otro país, al menos hasta que esta última fenezca. Dicen que se les llamó gusanos porque allá en la isla así designan a lo que aquí llamamos orugas, como las que usan los tanques de combate o los bulldozers, y que en 1961 los invasores que sobrevivieron a la frustrada invasión en Playa Girón fueron canjeados por medicinas, implementos y gusanos para la construcción y la agricultura.

Pronto la designación pasó, por metonimia, a todos aquellos que abandonan la isla, en oposición a la Revolución, y para jugársela en el aventurado mercado capitalista. Aquellos que, viendo la dureza de la Revolución Cubana, se pintan de colores en busca de tierras menos estrictas.

Fue así que en 1991 Eliseo se volvió gusano. Así lo eligió él. A mí no me caen bien los gusanos. Pero algo hay en él que lo hace menos deleznable que otras lombrices. Y que permite discutir la cuestión con más ecuanimidad y menos crispación. Eliseo no es Cabrera Infante ni Reinaldo Arenas. De hecho aborrezco bastante más a los panegiristas de Eliseo que al propio Eliseo.

Nunca fue panfletario. Jamás un propagandista contrarrevolucionario. No es que no quisiera figurar en los medios, ser exhibido. No. No era eso. Era más bien como que le venía guango. No fue un cuate tímido ni recatado. Pero para él las public relations no tenían la más puta importancia. Si los medios se interesaban en él, bien, pero él no iba a interesarse en los medios. Tenía cosas más importantes qué hacer y qué decir.

Es verdad que entre sus obras figuran dos ensayos cortos, del todo prescindibles, sobre Celia Cruz y, precisamente, Reinaldo Arenas, ellos sí gusanos con todas las de la ley. Y también es verdad que en Informe contra mí mismo propone un juego interesante en el que se asume culpable de no ser afecto a la Revolución y, al mismo tiempo, acusa a la policía cubana de ser policía.

Es curioso cómo los contrarrevolucionarios resultan a menudo los revolucionarios más inflamados y descabellados. Es un fenómeno viejo como los tiempos. En parte para cubrir, recubrir, su actitud y actividad sediciosa y reaccionaria, y en parte para darle una manita de gato a esa conciencia que ellos mismos consideran algo percudida.

Es verdad que las fuerzas de seguridad en un “Estado forajido”, como a los dirigentes y portavoces de los “países dóciles”, les gusta llamar a aquellos que no se alinean con el rebaño, se parecen mucho a las policías de los “democráticos”, a veces más de la cuenta, reconozco. Pero hay ciertas malas conciencias que alaban en los “buenos” lo que recriminan a los “malos”.

En fin. Si hablo de Eliseo no es porque su escritura me pueda. No es un gran escritor. Su padre, Eliseo, sí lo fue. Pero no era fácil encontrar en México sus textos y no leí. Sé poco de él. La importancia de Eliseo hijo estriba en que pone en la mira el papel del artista, y del escritor en particular, dentro de una sociedad revolucionaria.

La cuestión es la siguiente: Los gusanos y reaccionarios del mundo entero dirán lo que quieran, pero la educación y formación en los países socialistas no sólo ha sido gratuita, desde gatitos 1 hasta el posdoc en estructuras semiplásticas. Sino que además han sido, en promedio, de nivel y calidad mil veces superiores a la impartida en los países capitalistas más adelantados.

Ello habiendo sido establecido, digamos que un dermatólogo especializado en melanoma maligno diseminado, podría estudiar en el Hospital Hermanos Almejeiras sin sacar una sola moneda de su bolsillo, y metiendo pocas, y al terminar irse a Canadá, digamos para variar, donde ganará 15 mil dólares (canadienses) mensuales, digamos para no variar. Es decir, la vaca pasta en la isla y la ordeñan en el continente.

Así pues la libre migración es impensable. Somos comunistas, no pendejos, aunque a veces ambas cosas se confundan. Pero esta realidad flagrante que resulta indiscutible en todos las profesiones técnicas no se puede extender, así nomás, a las artísticas, literarias incluidas. Ahí las cosas son más delicadas. El escritor, y el músico, y el pintor y el cineasta, deben tener el derecho inalienable de crear y producir donde se les dé la real y santísima gana. No hay robo ni desvalijamiento ahí.

Ninguno de los realmente grandes escritores cubanos, José Lezama Lima, Nicolás Guillén, Roberto Manzano o el propio Eliseo padre, no se exiliaron nunca, ni de Cuba ni de la Revolución. Al hijo, como siempre, fue una mujer la que lo remolcó hasta nuestras costas.

De manera que el exilio de Eliseo es perfectamente legítimo. Sea un buen escritor o no lo sea. Se trata de una opción dentro del ámbito estrictamente personal, que no debe ser ensalzada ni censurada. Eso es, al menos, lo que se espera de una revolución socialista y por lo tanto libertaria, acotada por los indispensables resguardos de un régimen acosado. Ni siquiera sospechamos hasta qué punto.

Murió Eliseo el chico. Eliseo Alberto. Murió lejos de su patria. No sé si le fue bien con su vieja, con la que lo arrancó de la isla entrañable, y con la que vivió en el Desierto de los Leones. Jugó y así le fue. Un escritor menos sobre la faz del globo. Pensémoslo así. Y entristezcámonos.

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