Realidad: triste alimento de la ficción
Dos eventos recientes podrían verse próximamente representados en cine.
Puede sonar frívolo y hasta insensible en este momento, pero están recientes dos eventos que podrían verse próximamente representados en sus respectivas versiones cinematográficas: la muerte de la cantante Amy Winehouse y la impresionante masacre en Noruega ejecutada por un hombre, Anders Behring Breivik. Quiero dejar muy claro que no establezco ningún paralelo entre ambos hechos más que el antes citado.
La muerte de la intérprete de Rehab a los 27 años ante los ojos de sus padres, amigos, familiares, colaboradores y fans es espeluznante. Cuando acababa de fallecer, la mamá dijo “ya sabía que esto iba a ocurrir”; en las redes sociales se cruzaban apuestas —tal y como sucedió también en los peores momentos de Britney Spears— en las que ganaría aquel que se acercara más a la fecha de la muerte de la cantante. Es doloroso y hasta conmovedor ver ese video de su presentación en Belgrado cuando ya no podía sostenerse en pie y era abucheada por el público. Verdaderamente escuálida, más muerta que viva y rodeada de miles de personas Amy Winehouse vagando en el escenario era la imagen lamentable de la más completa soledad. Un enorme talento, fuerte personalidad, gran creatividad como compositora y una voz excepcional que lejos de empujarla a aferrarse a la vida la llevaron directo al vacío.
Hoy todo mundo tiene una explicación para esta muerte anunciada: que tuvo una infancia difícil, que empezó con adicciones desde adolescente, que era una niña prodigio que se aburría en la escuela, etcétera. El hecho es que ella tomó la decisión de encerrarse en la burbuja hermética de aquellas figuras de la música que la precedieron en el proceso de autodestrucción ante la pasividad y el creciente morbo del mundo que los contemplaba en su declive imparable como Jim Morrison, Janis Joplin, Kurt Cobain, Jimi Hendrix. Al igual que ellos Amy Winehouse va a valer más muerta que viva y seguramente ya se está escribiendo el guión de “su” película.
El caso de Behring Breivik es mucho más delicado, preocupante y desolador, pues en su perversión se llevó las vidas de más de 70 inocentes. Actuando con una frialdad y cálculo sobrecogedores, este hombre de 32 años es el síntoma de un síndrome que va en avance en el mundo: la cultura del mal y el odio, el racismo, la intolerancia. Parecería que la Historia no nos deja lecciones, que no aprendemos y que las nuevas generaciones al no haber vivido las grandes tragedias del pasado están reproduciendo los mismos patrones de los líderes desquiciados del pasado en un eterno ciclo de vivir, sufrir y repetir… Parecería que la “caverna” en pleno siglo 21 sigue influyendo en nuestros comportamientos. A veces uno se pregunta si tantas películas, libros, series, etcétera sobre el Holocausto lejos de tener presente en la memoria los hechos que no deberían repetirse, más bien alimentan nuevos resentimientos, más violencia, odio y maldad, porque obviamente a muchos jóvenes extremistas no les han servido de nada.
Ahora el punto es si Behring Breivik está demente o sano, si no puede distinguir entre el bien y el mal, si cree que hay una guerra, y otras situaciones que su abogado argumenta para suavizar la sentencia. Qué paradoja que la misma sociedad y gobierno que agredió, las propias estructuras a las que atacó en forma despiadada, son ahora las que tienen que encontrar un castigo que su sistema legal ya no contemplaba ante un crimen que en un país desarrollado y “primermundista” como Noruega era sencillamente impensable.
Hace unos días en una entrevista el actor Ralph Fiennes que diera vida al malvado Voldemort de Harry Potter, se le preguntó qué villano de su filmografía le había impactado más. Sin dudar contestó que Amon Goeth, el criminal comandante que está a cargo de un campo de concentración en La Lista de Schindler y que prueba su puntería disparando con un rifle al azar a los prisioneros y añadió: “Es el que más me impacta, porque no es de la ficción, existió realmente”.
Hoy ante el dolor de familiares y amigos de las víctimas y un país que empieza a recuperarse del golpe más devastador que ha sufrido en los últimos años Anders Behring Breivik es la prueba de que la realidad siempre supera a la ficción.
