PRD: RIP

El partido podrá valer, perdón, recibir, millones de pesos al año, pero no tiene corazón; mucho menos, cerebro...

El PRD se ha autodestruido. El partido podrá valer, perdón, recibir, millones de pesos al año, pero no tiene corazón; mucho menos, cerebro. En el pasado las cosas fueron diferentes: el PRD contribuyó a la vida del país, coadyuvó a que se lograra la tan anhelada alternancia en todos los niveles de gobierno, etcétera. Sin embargo, el perredismo nació con un defecto que lo condenó a sufrir lo que ahora padece: jamás se ha institucionalizado. De hecho, siempre dependió, en última instancia, de la voluntad de un único hombre. En un primer momento ese hombre fue Cuauhtémoc Cárdenas, luego López Obrador y, actualmente, la disputa por el control del partido es entre Andrés Manuel y Marcelo Ebrard.

Los perredistas nunca entendieron —y sí lo hicieron optaron por ignorarlo— la relevancia de que su organización contara con reglas claras, internalizadas por todos sus miembros y que, con base en ellas, en vez de con base en lo que indicara el “Tlatoani”, el partido caminara. No estoy diciendo que el PRD no cuente con reglamentos o estatutos; el problema es que se trata de letra muerta: el PRD es un partido de cacicazgos, de simple y llana fuerza. Por eso, por ejemplo, el perredismo “elige” a sus líderes por la vía del sufragio, pero es incapaz de respetar sus  resultados electorales, por lo que sus elecciones siempre terminan en un chiquero.

Cuando una organización depende plenamente de la voluntad de una sola persona corre un alto riesgo de desbarrancarse, pues, si dicha persona cuenta con amplios poderes y no encara contrapesos con relación a sus decisiones y/o acciones, tiene el camino allanado para convertirse en un déspota, sentirse el iluminado, el único que puede hacer que las cosas ocurran, el que necesariamente está siendo traicionado cuando se duda de él.

De la misma forma, cuando, por la razón que sea, la “luz” del líder se apaga, la cultura organizacional de la agrupación resulta en que los miembros de la misma buscan un sustituto, un nuevo iluminado que tampoco encarará contrapesos. Asimismo, eventualmente, algunos abandonarán la organización porque no son del afecto del déspota en turno, porque cuentan con suficiente apoyo para crear su propio “reino” o porque, en una organización alterna, se les ofrece una mejor posición. Igualmente, quienes no son parte de la agrupación desde sus orígenes se pueden unir a la misma, y escalar posiciones rápidamente, si gozan de la gracia del líder, cuestión que contribuye a generar resentimiento entre quienes sí fueron “fundadores” del grupo pero que, por no ser de los cercanos al “Tlatoani”, no comparten el pan y la sal con éste.

Todo esto genera que, tarde o temprano, la organización en cuestión se pudra, justamente como le ha ocurrido al PRD. ¿Ya se nos olvidó que Cuauhtémoc Cárdenas fue, por años, el mandamás del partido, que hacía y deshacía carreras políticas? ¿Ya no recordamos que una de las creaciones de Cárdenas en el interior del PRD, López Obrador, lo aniquiló para convertirse en el prohombre del perredismo? ¿No es evidente que algunas acciones de López Obrador como líder indiscutible del partido —no aceptar su derrota en 2006; no tener en cuenta que buena parte del electorado lo rechaza tajantemente al día de hoy; haberle abierto las puertas del PRD a Marcelo Ebrard y Manuel Camacho cuando, para muchos perredistas, se trata de personajes impresentables, entre otras— han resultado en la división total del partido?

El PRD jamás ha sido democrático, pero sí fue importante en el desarrollo político de México. Hoy, sin embargo, se trata de una organización devastada. Todo esto no es culpa sino de los mismos perredistas. Eso sí, mientras tanto, López Obrador ya tiene su Morena y Ebrard, quien en el pasado se dijo abiertamente que no es de izquierda, se encamina a ser el candidato presidencial del perredismo (¿?). Por cosas como éstas es que estamos como estamos. ¡Caray!: ¡abramos los ojos!

            Twitter: @aromanzozaya

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