La noche Mil y Dos

Dicen que el mismísimo Mahoma, cuando al frente de su temible ejército llegó a la cima del monte Casiún y vio desde ahí Damasco, renunció al ataque...

El Viaje al Principio del Mundo es una de las más hermosas, inquietantes y conmovedoras películas del nuevo siglo. A lo mejor lo es del viejo siglo, pero en cualquier caso estaría muy cerca de éste. Tiene vocación de porvenir. Tanta como de pasado. La hizo Manoel de Oliveira, ese auténtico fenómeno —en todos los sentidos de la palabra— del cine portugués. Más exactamente, de la historia del cine, a secas. Portugal fue su cuna y sigue siendo su nido. Pero su obra sobrevuela el mundo entero.

No sólo es, por mucho, el único realizador del mundo que hizo cine mudo y hoy sigue filmando. Sino que nos habla de universos tan inexistentes como ineludibles, como nadie lo había hecho antes, y quién sabe si alguien lo hará después. Ha de tener bastante más de 100 años, y para bendición de los amantes del séptimo arte, de todas las artes, para bendición de los que aman la vida, la inteligencia y sensibilidad exquisitas que consideran la vida, sigue ahí, detrás de cámaras, filmando, produciendo, promoviendo, creando, provocando, estremeciendo.

Su Viaje al Principio del Mundo tiene lugar en Portugal. Ese es el mundo y ese el principio del mundo de Manoel de Oliveira. Y en sus ocho mil pies de celuloide, para bendición o maldición nuestras, los hace de quienes están dispuestos a hacerlos suyos. La protagoniza Marcello Mastroianni, en el más duro, el más desgarrador papel de toda su carrera, que ya es decir. Ese viejo que recorre las viejas carreteras de Portugal, apretujado con sus jóvenes compañeros de viaje dentro del compacto, y a los que les va contado las reminiscencias de cada lugar por el que pasan.

Uno diría que Marcello representa al propio Manoel, el anciano que se sabe cerca del desenlace fatal. Pero resultó que se representaba a sí mismo. Y que fue el portugués quien enterró al italiano. De hecho fue la última cinta suya que Mastroianni vio terminada. A lo mejor fue el último empujón para que se decidiera a morir. Guiños y ademanes de la historia.

Pero si Manoel de Oliveira hubiera decidido filmar un “viaje al principio del mundo” más apegado a la historia universal y menos subjetivo (cosa del todo impensable), éste no hubiera transcurrido a través de Portugal, sino de Siria.

San Pablo fue un hijo de la chingada. En fin, quien lo fue, fue Saulo, antes de cambiarse el nombre. Como fariseo, hizo que los filos de su espada conocieran la blandura de la carne y los huesos quebradizos de los cristianos. Dicen, es decir, dice (en singular) el Nuevo Testamento en Hechos de los Apóstoles, que habría nacido, año más, año menos, en Tarso de Cicilia, en Armenia, en la costa sur de la actual Turquía, al mismo tiempo que Jesús de Nazaret.

Y, continúa diciendo, que en una de sus terroríficas y sangrientas expediciones, en camino hacia Damasco, se le interpuso el semáforo, o alerta máxima —rojos en cualquier caso— y una voz perentoria le ordenó desde un potente altavoz: “Sígueme y no la hagas de tos”. Y acto seguido lo dejó ciego. Saulo, como pudo, llegó hasta el califato de Aleppo. Y ahí se le presentó uno como correveidile y le dijo: “Si te conviertes te devuelvo la visión”, a lo que el ciego no lo dudó ni tantito. “Como vas”, le dijo. El propio le puso las manos en la cabeza y antes de darse cuenta, Saulo recuperó la vista. Y se convirtió. No, pos sí. Así hasta yo.

No sé si Saulo/Paulo/Pablo sabía que todo ello había ocurrido en su propio viaje al principio del mundo. Mucho más sustentado en los “hechos” que el de Manoel de Oliveira. En efecto. Damasco es hoy la ciudad más antigua del orbe. La más antigua de las que aún existen con ese título.

La leyenda hecha mezquitas, callejuelas, viejos burdeles y cafés, enormes, antiquísimos parques y jardines, palacios inconcebibles, turbantes y narguileas, miradas que acusan y seducen, esos rótulos enigmáticos, obra de eskatos y cholos que también atiborran las calles, pero que han conseguido que a sus grafitti les pongan luces de neón, miles y miles de voces estridentes todas a un tiempo, como pájaros al atardecer, y silencios abismales, colores inverosímiles, y que contra todas las leyes de la estética se empeñan en convivir, la ciudad ocre. Todo eso es Damasco, aun hoy. El espacio en el que el tiempo, pasmado, se estacionó.

Dicen que el mismísimo Mahoma, cuando al frente de su temible ejército llegó a la cima del monte Casiún (Jebel Qassioun) y vio desde ahí Damasco, renunció al ataque, dijo a sus capitanes que emprendieran la retirada, y profirió: “Al paraíso sólo se accede al momento de morir”.

Damasco se encuentra en la encrucijada de mil culturas. Elbios, aramitas, hititas, cananeos, fenicios, arameos, asirios, babilonios, turcos, sumerios, romanos, bizantinos, turcos (otomanos), árabes, hebreos y cristianos (ingleses, franceses y soviéticos).

Todos ellos, a lo largo de siglos y milenios han entrado a saco en Damasco. Y sus pobladores lo saben bien. La historia de las antiguas invasiones pasa, contada una y otra vez, de generación en generación. Los pequeños escuchan, no boquiabiertos, sino, como corresponde, boca chiusa. Los descendientes de los que cayeron no escuchan de ninguna manera. No sé si se han acostumbrado, pero no es algo que los tome desprevenidos. Si la entrañable Cristina Pacheco hiciera su paradigmático programa desde el Canal 11 de Damasco, seguro se llamaba “Aquí nos tocó morir”.

Es en Damasco donde se fabrican, aun hoy, las mejores, más seguras y obedientes alfombras voladoras.

Estos días una nueva invasión asuela Damasco. Ésta viene de lejos y cuenta con la participación de no pocos cómplices locales.

Las monedas de oro ya no tienen el mismo efecto. Pregúntele si no al propio Aladino. La bandera es la de la democracia, coartada cada vez más gastada, y en la que cada vez menos gente cree. Se necesita de algo más que eso para engatusar a los descendientes de Sherezada.

Y resultó que Obama no es Mahoma. Es mucho menos sabio y bastante menos generoso. Sobre la antigua Damasco se desencadena un nuevo asalto. Los hombres y las mujeres y las cimitarras no se angustian, aguardan el momento de escribir un nuevo capítulo, el Mil y Dos, de sus noches.

        *Matemático

            bruixa@prodigy.net.mx

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