Crónica de un barro
Nada podría dañar este día tan especial... O por lo menos eso creía yo.
Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia...
Llevaba toda la semana esperando por el encuentro, ya se acercaba el viernes y debía lucir maravillosa, lozana, fresca y, sobre todo, perfecta. Ya sabía el outfit, lo que prepararía de cena, el vino que hiciera perfecto maridaje con lo que daría para comer. Mi casa era el santuario de la limpieza, olía a popurrí de pétalos de flores, Mayath estaría encargada con su nano (nana, pero hombre) para que no estuviera con cara de perro callejero junto al gran banquete. Una lista en mi iPod que se llama LoveLoveLove estaba lista para empezar a amenizar el gran reencuentro. Compré velas como si quisiera iluminar al DF completo durante un apagón, incienso que se mezclaba perfecto con el olor de las flores, roomy fuera de casa y nada podría dañar este día tan especial... O por lo menos eso creía yo.
Se asomaba el viernes, era jueves a las 6 de la tarde, los nervios subían, la ansiedad me tenía fumándome, al escondido de mi propia conciencia, un par de cigarros. Entonces cayó la noche y con ella el saber que dentro de 24 horas me estaría reencontrando con esa persona que tanto había esperado. Llegó el momento de mi ritual nocturno por excelencia. Lavar los dientes, limpiar la cara con agua de rosas, aplicar tónico de clinique y luego la crema antiarrugas que empieza a usar una cuando llega a los 30. ¡Auch!, sentí en cuanto pasé la primera esponjilla por la nariz. ¡No puede ser!, pensé. Era un barro fraguando su pronta salida justo en la punta de mi nariz, que se comenzaba a poner roja entre más la miraba. ¡¿Cómo es posible, por qué hoy justamente?! Culpo a Murphy y a toda su parentela... Era un grano a punto de adquirir pulso y salir corriendo de allí del coraje que me provocó. Tuve una idea, recurrir a mis revistas de belleza y averiguar qué se hace en esos casos; todos los remedios eran de mercado, aceite de Romero, aceite de toronja, bueno... Había uno que constaba de agarrar un algodón y sumergirlo en agua caliente para luego ponerlo sobre el alien que se gestaba en mi nariz. No pasó nada, sólo logré ponerlo más rojo, inflamado, irritado, me quería aventar por el balcón y acabar con ambos de una vez. Me di por vencida, bien dicen que lo mejor es no molestarlos o se hacen más grandes y desagradables, igual ese tren ya había partido, durante casi una hora me peleé con él, lo oprimí, lo pellizqué, entre otras cosas, esperando sacarlo de allí para que cicatrizara durante la noche (mala idea). Mi grano y yo nos fuimos a dormir, sabía que al otro día tendría otra nariz, si tan sólo no hubiera entrado en pánico y le hubiera dejado en paz, el viernes habría tenido algo mucho menos extravagante que lo que amaneció.
Salió el sol y lo primero que vino a mi mente es que la espera había acabado, tenía tantas cosas que hacer para acabar con los preparativos, ir al salón, bla bla bla (las Cirilas me entienden). Me levanté adormilada, llegué al baño y en cuanto me miré al espejo allí estaba él, mi barro, mirándome, retador, desde la punta de mi nariz. Escuché al fondo de mi conciencia una música como del viejo oeste, justo esa cuando el vaquero bueno y el malo se enfrentan y empuñan sus pistolas para comenzar el duelo. Volví a entrar en frenesí, lo ataqué con toda mi artillería, pincheta, alcohol, cotonetes, tratamiento diseque borrador de barros (no sirve, es mentira), uñas, rabia y mucha mala leche. Me convertí en Rudolf (The red nosed rendeer), ganó, no hay duda. Me retiré sin dignidad y con un gran barro en la nariz para mi cita de esa noche. Lo intenté tapar con cuanto maquillaje tenía, pero insistía en prevalecer, en asomarse debajo de las mil y un capas de base que me aplicaba justo ahí. Se hizo lo que se pudo, si hubiera hecho menos, mejor, pero no.
Después de un gran abrazo de bienvenida, me separó por lo hombros y con tierna voz me dijo, ¿qué te pasó en la nariz?
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