El problema no es sólo aprobar “las reformas”, sino definir las primeras
- Cada actor político piensa que
Desde hace meses, buena parte de la agenda mediática la han ocupado los señalamientos de diversos actores políticos acerca de lo que consideran negativo para el país al no haber culminado el proceso de aprobación de “las reformas”. Pocos de los que los hacen, se preocupan por agregar la aclaración obligada para que sepamos de qué reformas se trata y darnos así, indicios claros de sus prioridades frente a los problemas reales del país.
Sin embargo, a pesar de las aclaraciones que menciono en el párrafo anterior, es tal la confusión generada acerca de la no aprobación de “las reformas” que para unos, las primeras que se deberían aprobar no son, ni de lejos, las mismas que para los otros.
Dado que cada uno de los que se dedican con denuedo —“Brío, esfuerzo, valor, intrepidez”— a buscar la aprobación inmediata de “sus reformas”, jalan por su lado con la manifiesta y decidida oposición de los que ven en aquéllas una afectación —real o inventada— de sus privilegios, poco o nada se ha logrado salvo, todo así lo muestra, confundir acerca de algo elemental tratándose de reformas: ¿Cuáles son las que deberían aprobarse primero? ¿Cuáles son, de aprobarse, las que desatarían un círculo virtuoso y en consecuencia, facilitarían la aprobación de “las segundas”?
Estas preguntas, lejos de ser respondidas responsable y obligadamente dados los graves problemas que arrastramos desde hace decenios, ni siquiera nos atrevemos a plantearlas. Cada actor político piensa que “sus reformas” son las determinantes para que todos o casi todos los problemas del país, los podamos resolver. Tal parece que “las reformas” de cada uno de ellos son la panacea o si usted lo prefiere, el mentholatum que todo cura.
Sin embargo, con miras de regresar a la realidad a los promotores de “las reformas” y a sus seguidores, sólo diré que ninguna de las que está hoy en el centro de las discusión o pendiente de ser aprobada en una de las Cámaras del Congreso, tiene la menor posibilidad de desatar el círculo virtuoso que mencioné.
Sí, es la verdad, ninguna; no hay una sola que tenga la fuerza y el impacto para hacer que esto se mueva; no hay en el conjunto de reformas hoy promovidas, la o las que darían por resultado la necesaria sacudida que nos pondría en la ruta de la aprobación subsecuente de las otras que vendrían a complementarlas para fortalecer el optimismo y el impulso que se habrían generado.
Hoy, debemos aceptarlo, ninguna de las reformas en discusión o pendientes de aprobación, reúne los elementos necesarios para dar lugar a un proceso que generaría la masa crítica indispensable para que este monstruo dormido empezare a caminar en la dirección correcta.
Las reformas que unos y otros promueven, son secundarias; no van al fondo de nuestros problemas y no son, en modo alguno, las que nuestra mediocre economía requiere para crecer a tasas altas y genere con ello los millones de empleos que necesitamos.
Son, debe decirse, reformas cosméticas pues a las efectivas, les tememos.
¿Cuáles son, entonces, las reformas que debemos aprobar primero? Antes que los demás, los que deben responder son los siete que aspiran a la Presidencia —dos del PRI y cinco del PAN— y una vez que lo hicieren, responderíamos nosotros.
