El placer de llorar a cántaros

Ensombrecida, paso revista al gris interno, condensándolo. Estoy atestada de nubarrones.

Sincronizando con las aguas

Hoy el cielo cae entero, gris tormenta. Han llegado las lluvias y con ellas el placer de llorar. Traen melancolía que, incitada por la prolongada falta de sol, hace mella en el ánimo. Ensombrecida, paso revista al gris interno, condensándolo. Estoy atestada de nubarrones, me precipito por dentro y me vence una nostalgia que inunda hasta la piel, ahora azul tempestad. En lo interno soplan todos los vientos amenazando el poco sosiego. Tengo los pies pesados de acumular agua y entre más llueve a mares, más  ganas de llorar a cántaros…

Mi cuerpo se sincroniza con el verano siempre húmedo; este año se prepara también, como todos los otros, para el gran chaparrón.

Conteniendo la catástrofe

Como con cada estación de lluvia, me aterro, temo la inundación del siglo. Cavo zanjas al costado de mis pesares; se desbordan añoranzas y anhelos, corro alrededor apilando sacos y sacos de arena… Reviso continuamente las represas de mi sentir, remendando aquí y allá. Trabajo diligente y veloz, pero el agua sigue subiendo. Y entre las nubes nada de azul celeste, no va a clarear...

¿Y si no puedo parar?; es desde el temor a no poder detenerme, que se levanta mi resistencia, estoica pero inútil. No llores, es la frase que se repite constante; ya, ya, no llores… pero el cuerpo conoce, sabe gozar de este placer y arremete. Qué alivio animarse a soltar amarras y quedar a la deriva, permitir que la corriente haga con uno lo que le plazca; ésta pretenderá entonces ahogarnos, arrastrarnos hasta lo más desolado de nuestro mar… Parecerá que arrasa, que deslava, que avalancha y destruye…  Nos hará rogar y rogar porque se nos escampe el cielo… Pero el cielo no escampará… 

Trato de disimular, de parecer natural, pero me cubro de cinismo, qué magnífico impermeabilizante y oculto lluvia y finjo inmunidad ante las nubes. Pero es irremediable, ya escucho los susurros de mis paredes cediendo a la presión… Es cuestión de tiempo. Cada año es igual… Si tan sólo aprendiera a rendirme cuando llegan las lluvias…

Llorando a cántaros

Ante la insistente ausencia de amanecer, me resguardo entre las sábanas; busco desesperada el modo de no estallar en agua… Soy tan increíblemente necia… Llorar a cántaros es un placer, repito para no olvidar… Las represas rugen. Me enrosco acongojada, pero no hay nada que hacer. Una fuerte sacudida nace en la base del estómago rompiendo toda resistencia y el agua  arrasa, limpia, avanza…  Lagrimones de sentires ruedan doloridos por mis mejillas.

Al principio los sacudones son suaves. Ante lo inminente, el miedo prefiere retirarse cediendo paso a las aguas, teme ser devastado. Yo me entrego al desconsuelo.

Sobre el tórax reposa un pie colosal, casi no puedo respirar, lo romperá… Cada año sufro la misma preocupación, pero luego del desastre descubro con alivio que ha sobrevivido, que mi pecho no sólo no se ha roto, sino que además ha ganado espacio. Lloro a cántaros… seré tormenta todo el día…

Deambulo por la casa, lloro en la cocina, trueno en el sillón de la sala, relampagueo junto a la ventana. Vago en privado, inundada en lágrimas, mocos, babas… Acabo con los pañuelos desechables… Diluvio… Afuera, diluvia y me estoy vaciando.

Empiezo a gozar de un gran placer.

Durmiendo en lo profundo

El día termina con una brisa suave, sopla por dentro y va secando; acarrea las últimas lágrimas, limpia cielo de nubarrones, ahora brillan una… dos estrellas. Respiros entrecortados me acorralan ante el espejo: ¡qué desastre!, mi pobre rostro… hinchado, enrojecido, exquisitamente relajado de vacío. Sonreiré con alivio.

 Estoy demasiado amodorrada como para contabilizar las pérdidas, igual no importa, es claro que la tierra está fértil… Me felicito porque, aun cuando el mito cuente lo contrario, llorar no es de masoquistas ni de cobardes, es un placer de valientes. Dormiré en lo profundo, sin sueños, sin ruidos, sin pensamientos… Dormiré profundo.

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