Sociedad civil, ¡ya es hora!
Parece que asumimos que la sociedad es el espacio de los egoísmos particulares en conflicto.
Si alguien hubiera visitado México a mediados de los noventa, seguramente se sorprendería por las reformas de esa época: nacían como entes autónomos la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el IFE, el Banco de México... Parecía que entrábamos a la modernidad con una democracia que se consolidaba y que dábamos pasos firmes en la construcción de un Estado de derecho ¿Qué falló?
Faltó la presencia de una sociedad civil activa, crítica, capaz de acotar los excesos de los partidos y los gobiernos, tanto municipales, como estatales y nacionales. Las más importantes reformas políticas de los noventa se lograron más por el temor de los gobiernos de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo a la protesta social desorganizada, incluso con rasgos de violencia como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, o francamente terrorista, como el Ejército Popular Revolucionario.
Frente a esa oportunidad histórica, parece que asumimos que la sociedad es, como diría Hegel, el espacio de los egoísmos particulares en conflicto, y la desprecian o soslayan, pues en el fondo la consideran una realidad inmadura que alcanza su plenitud sólo cuando se convierte en Estado que, dicen, es el lugar de la justicia y de lo universal.
En la vida social existen tres grandes dinamismos: el mercado, que busca utilidades; el Estado, que busca administrar el poder, y la sociedad que es el ámbito natural en donde interactuamos, convivimos y nos desarrollamos. Cuando los ciudadanos adquieren conciencia de sus derechos y obligaciones, de su interdependencia, se organizan para construir la solidaridad y emerge la llamada sociedad civil.
La sociedad civil mexicana desafortunadamente todavía no desempeña un papel protagónico ni fundamental. Hoy sabemos que los mexicanos somos individualistas, “liberales salvajes”, desconfiados, vacunados contra el trabajo en grupo o los proyectos colectivos, y preferimos “salir adelante solos”.
La verdad es que en México, entre el individuo y el Estado encontramos sólo visos titubeantes de sociedad civil: solamente dos de cada diez mexicanos participa en alguna asociación, sea porque muchas organizaciones son civiles sólo de membrete, o son extensiones de los partidos, o carecen de recursos para dedicarse con mayor empeño a tareas comunitarias, o porque las leyes no favorecen ni promueven la creación de un tejido social amplio y adulto.
Podrían escribirse varios tomos acerca de las dificultades que la sociedad civil enfrenta para crecer y desarrollarse como en otras naciones, lo que es un hecho es que incluso en la Cuba totalitaria existen organizaciones de la sociedad civil que son en un valladar a los excesos del régimen.
Necesitamos una sociedad civil capaz de generar capital social, defender los derechos de las personas, construir relaciones fundadas en la confianza y participar en la vida pública. En Argentina, las boletas electorales se entregan en los puestos de periódicos y se imprimen en papel periódico, al ritmo que vamos, aquí pronto deberán imprimirse en papeles similares a los que usa el Banco de México, con un costo demencial para lograr niveles de confianza que nos permitan superar nuestros problemas.
¡Es la hora de la sociedad civil mexicana! Nos toca asumir un papel protagónico. Para ello, hay que romper el individualismo, fomentar la confianza y favorecer la creación de entes sociales, y eso es fruto de educación, de civilidad y hasta de evangelización. Es pasar del yo egoísta al nosotros solidario.
*Analista
