Los personajes de Peter Weir

Peter Weir se mueve mejor en el drama que en la comedia.

Después de su anterior largometraje en 2003, Master and Comander: The Far Side of the World —Capitán de Mar y Guerra—, Peter Weir, iniciador de la nueva ola australiana, había desaparecido de la escena cinematográfica y reconozco que soy gran admiradora de su trabajo, ya hacía falta que regresara y lo hace con una espléndida película: Camino a la libertad —The Way Back.

Un buen exponente del llamado cine de autor y talentoso director de actores, sus historias giran en torno a personajes masculinos en situaciones límite, muy humanos, con fuerza, ternura, defectos, virtudes, debilidades, determinación y una inagotable lucha por la supervivencia. Aunque con una larga filmografía previa en Australia, probablemente la primera película de Weir que lo hace conocido fuera de su país, es Gallipoli, de 1981, protagonizada por Mel Gibson, quien ya venía de la primera parte de Mad Max, y es de las mejores interpretaciones de su carrera. Ubicada en la Primera Guerra Mundial recrea la dolorosa batalla de Gallipoli, en Turquía. La trama gira en torno a dos jóvenes atletas australianos, bien intencionados y soñadores que se enlistan en el ejército y van a dar al infierno de Gallipoli, en donde tendrán que poner en práctica su gran talento como corredores de la manera más inesperada.

También con Gibson, dirigió al año siguiente El año en que vivimos en peligro, ubicada en la crisis de Indonesia durante el régimen de Sukarno; con Harrison Ford trabajó en The Mosquito Coast y Testigo en peligro, de 1985, que cuenta la historia de un policía que se ve obligado a hacerse pasar por habitante de una comunidad amish para proteger a un niño indefenso que presenció el asesinato de un mafioso. Con Robin Williams, el realizador australiano se anotó otro éxito en La Sociedad de los poetas muertos, de 1989.

De las pocas cintas de Williams en que no sobreactúa, es sensible, mesurado y convincente como un maestro que cambia la vida de un

grupo de estudiantes en un internado a través del amor a la poesía.

Peter Weir se mueve mejor en el drama que en la comedia como lo muestra en Green Card, que pasa sin pena ni gloria, muy al contrario de Sin miedo a la vida, de 1993, que es una espléndida fábula acerca de un hombre que tras sobrevivir a un accidente de aviación está convencido de que es inmortal. Jeff Bridges está enorme aquí en uno de los mejores papeles de su carrera, dotando al personaje de fragilidad, pero a la vez dándole un poder que llega a convencernos de que en efecto nada puede tocarlo.

En 1998 dirigió a Ed Harris y Jim Carrey en la que seguramente es la mejor película de éste último: El show de Truman. Una brillante crítica de la frialdad y ambición de los líderes de los medios de comunicación, en este caso la televisión, que hacen un Big Big Brother en torno a un huérfano, cuya vida y sin que él lo sepa es un show de televisión con altísimos ratings y jugosas ganancias. Carrey nunca ha estado mejor.

Y en 2003, dirige a Russell Crowe en Capitán de Mar y Guerra, recreando la aventura impresionante de los tripulantes de un barco británico que en la era napoléonica reciben la orden de seguir y hundir a una navegación francesa.

Hoy se estrena otra buena película de Peter Weir, que muestra su madurez, sensibilidad y genialidad para introducir personajes de carne y hueso extraordinariamente bien descritos: The Way Back (El camino de regreso), que en México se llama Camino de la libertad. La trama gira de nuevo en torno a un grupo de hombres —constante de las películas de Weir— que escapan de Siberia en pleno stalinismo. Es una historia coral protagonizada por Ed Harris, Jim Sturgess, Colin Farrell, Mark Strong y la promesa impresionante que es la joven actriz Saoirse Ronan, que se roba algunas escenas como la mujer más poderosa que he visto en una película de Weir.

En condiciones deplorables por los malos tratos, trabajos forzados y casi en la congelación deciden escapar del Gulag y emprenden una larguísimo recorrido de cientos de kilómetros mientras en el relato vamos conociendo sus motivos, su pasado y planes futuros, que nos hacen encariñarnos con ellos a la par que se entreteje una inteligente y sutil crítica al régimen de Stalin y su brutalidad.

No le cuento más: véala. 9/10.

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