El año más corto del sexenio
Parece que nos encontramos frente a un conflicto electoral que está siendo anunciado desde ahora sin que nadie haga nada por evitarlo, sino al contrario.

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
Comienza un año que será, a la vez, corto para unos, largo para otros, y probablemente muy complicado para el resto de los mexicanos. Corto, para el presidente Calderón y su equipo; largo, para quienes comienzan en estos días las campañas rumbo a la elección de 2012.
Un año en términos de campañas puede ser mucho tiempo, y Calderón lo sabe perfectamente. Él ha experimentado, en carne propia, lo que representa llevar una campaña desde atrás, sin muchas simpatías, que fue creciendo y rebasando a sus rivales hasta derrotar a su principal adversario, sedicente indestructible, por la todavía dolorosa diferencia de apenas 0.56%. Cuántas cosas pasaron en un año, haiga sido como haiga sido.
Pero Felipe Calderón, si bien sabe lo largo que puede ser el año anterior a la elección presidencial, apenas está empezando a conocer la amargura del último de gobierno. Cuando el poder comienza a desvanecerse y el bastón de mando parece, cada vez, más inasible. Cuando los reflectores empiezan a desviarse hacia otros, más jóvenes, menos cansados, con ideas nuevas, diferentes. El último año, en el que queda claro que los proyectos que no han sido terminados difícilmente lo serán. El de la traición de los cercanos. En el que la conciencia del legado es cada vez más clara, y el futuro se observa cada vez más próximo, más abrumador. El terrible primer día que tan bien supo retratar Spota hace más de 30 años y que no ha cambiado en absoluto.
El sexto año de gobierno representa, además, para Felipe Calderón, uno de los mayores desafíos de su vida: garantizar la gobernabilidad en lo que resta de su mandato y en el principio del siguiente. Y en este orden de ideas, la elección del 2012 debe ser ejemplar desde la precampaña. Existen varios motivos:
En primer lugar, por las circunstancias que rodearon aquella en la que él mismo salió electo. Hay demasiadas heridas abiertas, demasiado encono. Demasiados actores políticos se sienten acreedores de una administración que no ha sido capaz, en cinco años, de entablar un proceso de reconciliación que facilite un diálogo fluido sobre temas de interés común. El proceso deberá de ser totalmente aséptico para no reavivar rencores pasados.
En segundo, porque la visión política de corto plazo le ha abierto nuevos frentes innecesarios. La tragicomedia de enredos en la que convirtió su relación con el PRI, que pasó de ser un aliado de facto que le permitió tomar posesión del cargo, a convertirse en el principal enemigo a vencer, el siguiente haiga sido como haiga sido de la lista. Sólo una elección indiscutible evitaría un conflicto en el que nadie saldría ganando.
En tercer lugar, porque la debilidad del IFE es un riesgo inaceptable. La irresponsable reforma de 2007 y la incomprensible falta de acuerdos para dotarlo al menos con los elementos mínimos para que pueda funcionar, como son los consejeros que todavía no han sido nombrados, es el prefacio perfecto de un conflicto electoral de dimensiones insospechadas. Sólo la construcción de acuerdos, la negociación fina y transparente, la garantía de una elección intachable, podría subsanar este riesgo que pone en vilo el frágil andamiaje democrático que hemos construido.
En cuarto lugar, el Estado mexicano se encuentra frente a un elemento disruptivo cuya importancia no puede soslayarse. El crimen organizado, con los recursos de que dispone y la violencia que es capaz de generar, necesita ser enfrentado haciendo uso de toda la cohesión posible, no sólo entre las fuerzas políticas en sí, sino de éstas con la población en general. La administración calderonista no puede seguir confundiendo Estado con gobierno. Acuerdos y compromisos son indispensables para la gobernabilidad.
En quinto lugar, los operadores políticos gubernamentales han cumplido a la perfección la vieja consigna de “divide y vencerás”. Pero no se sabe quién será el beneficiario de la división que torpemente han causado en tantos lugares y tan poco tiempo. Desde su propio partido, dividido al grado que se ha instrumentado un proceso en contra del ex presidente nacional que llevó al PAN a su segundo mandato, hasta la división fomentada, por los mismos motivos, en el PRD, y la que se instrumenta también entre los priistas afines al Estado de México y los afines al Senado. Los tres partidos principales están divididos, en buena medida, por una errática operación política. Esta balcanización partidaria inducida es un riesgo enorme para la gobernabilidad de esta administración y la siguiente. ¿Ha valido la pena?
Y, en último lugar, parece que estamos frente a un conflicto electoral que está siendo anunciado desde ahora sin que nadie haga nada por evitarlo, sino al contrario. Como si cada uno de los actores estuviera armando su caso para denunciar la elección, antes que pensar en cómo lograr que funcione. Parecería que, en vez de trabajar en propuestas de gobierno, están comenzando a revisar qué tramo de Reforma le corresponde a cada quién para el plantón del próximo año.
El reto de Felipe Calderón, como se mencionó antes, es enorme. Tiene solamente un año para actuar como estadista y garantizar la llegada pacífica de su sucesor. Lo demás, prácticamente, ya terminó. Porque si, después de lo que hemos pasado en estos años, el PAN deja el país, en términos de gobernabilidad, al menos como lo encontró, tendremos que estarle muy agradecidos.
*Analista político
twitter.com/vbeltri