Pactos políticos e hipocresía
¿Por qué se le dio tanta difusióncrítica al pactoElba-Calderón?

Ricardo Pascoe Pierce
En el filo
Las declaraciones de Elba Esther Gordillo acerca de los acuerdos políticos que tuvo con Felipe Calderón antes de las elecciones presidenciales de 2006 han suscitado toda suerte de comentarios y análisis entre editorialistas y líderes políticos de todas las inclinaciones. En general el tono fue despectivo y lleno de sorna, tomándolas como la muestra fehaciente de la perversidad de la política. Lo que los comentaristas no reconocen son dos cosas fundamentales con relación a la política y los pactos políticos.
En primer lugar, no existe la política sin acuerdos entre sus actores. Y todos los pactos significan que los actores negocian matices a sus respectivas posturas. Fuera de los pactos, no hay política, incluso en el extremo de la política, que es la guerra. En sus puntos más conflictivos, quienes hacen política están en la obligación de buscar entendimientos con otros. El quehacer de la labor legislativa parte de la búsqueda de los caminos que puedan legitimar la toma de decisiones. De ahí que, incluso en el escenario de una mayoría absoluta, las votaciones que excluyen buscan demostrar acuerdos. Tal es el caso de la aprobación anual de los presupuestos. Todos los presupuestos buscan votaciones “unánimes” donde hay algo para todos los intereses o, cuando menos, de una gran mayoría. Es decir, todas las fuerzas políticas negocian, por lo menos una vez al año, un pacto presupuestal que engloba los intereses de la diversidad interna de cada agrupación involucrada.
Hay un ejemplo que es, quizá, el punto extremo del caso. Existen voces, de la diversidad de la sociedad y la clase política, que proponen que la solución al tema del narcotráfico es la negociación entre el Estado y los cárteles de la delincuencia organizada. Incluso, notables ex presidentes latinoamericanos han sumado sus voces a este coro. Más allá de la factibilidad de esa negociación (en esta columna sostenemos que es inadmisible), lo cierto es que prevalece la idea de que la política se hace negociando entre fuerzas en conflicto.
En segundo lugar, los líderes políticos siempre han logrado acuerdos entre ellos. En su excelente columna Itinerario político, Ricardo Alemán reseñó, el domingo pasado, una lista de por lo menos siete pactos políticos notorios que involucraron a políticos de todos los diversos partidos desde los tiempos de la presidencia de Carlos Salinas. Todos los pactos tuvieron que ver con las formas y los espacios para la participación política de las diversas fuerzas del país. Ninguno de los actuales líderes puede presumir el no haber pactado entre ellos e, incluso, algunos de ellos el no haber pactado con grupos delincuenciales.
Siendo así las cosas, cabe la pregunta: ¿por qué se le dio tanta difusión crítica al pacto Elba-Calderón? Pareciera que, dentro de los parámetros y preceptos de nuestra cultura política, junto con los pactos políticos va de acompañamiento la idea de que todo ello debe ser negado. Se pacta y se niega. ¿Qué función puede tener semejante hipocresía? La clase política cree firmemente en la disociación entre sus “postulados” programáticos y sus prácticas cotidianas en la relación con otras fuerzas e intereses. Es un hecho que esa práctica política era parte consustancial a la época priista, pues el ocultar era necesario para no develar, por ejemplo, la corrupción que era un signo emblemático de ese sistema. Sin embargo, la actual era democrática exige justamente lo contrario. Ha muerto la era del ocultamiento, y esas prácticas deben desaparecer y los políticos deberían asumir que su tarea exige los pactos y acuerdos para ser exitosa. La transparencia es parte esencial del crecimiento democrático de la nación. De ahí que, más allá de su intencionalidad específica, tenemos una deuda con Elba Esther: se atrevió a retar a la hipocresía de toda una era, costara lo que costara, incluso en contra de ella misma. Eso es audacia.
*Especialista en análisis político