Dos PRIs y una reforma en vilo
El coordinador de los senadores priistas optó por una reforma con una dosis de audacia proporcional al abismo que lo separa del gobernador del Estado de México en las encuestas de cara a 2012, y el gobernador decidió asumir el costo político de congelarla con tal de impedir que el senador se reposicione.
A mi hijo Francisco Salomón, con mi felicitación
por su próximo cumpleaños.
La nueva reforma política inició una nueva batalla, la más cruenta y visible, en la guerra que libran los dos PRIs. Me refiero al partido escudo y al partido lanza, las dos facciones que según la tesis que desarrollé en este espacio dividen hoy al Partido Revolucionario Institucional. Una de ellas impulsó una agenda ajena pero plausible; las candidaturas independientes, la reelección consecutiva de legisladores y la consulta popular son sus puntos medulares. Para su principal impulsor priista representa una suerte de reintegro de la lotería del cambio de régimen que no pudo sacarse, pero para nuestra sociedad civil es un premio importante. Se trata de una apertura que, de aprobarla el Constituyente Permanente, cambiará la correlación de fuerzas entre la partidocracia y la ciudadanía: proveerá el incentivo correcto para que los partidos se acerquen a los ciudadanos. Por eso resulta irrelevante que sea una gambeta para la tribuna, una jugada planeada para granjearse el aplauso del público y la consecuente popularidad. Si bien sigue pendiente la que a mi juicio es la madre de todas nuestras reformas —la adopción del parlamentarismo— no puede subestimarse el avance que se obtendrá si finalmente se instrumentan sin requisitos excesivos los derechos de los mexicanos a competir por un cargo de elección sin postulación partidaria, a reelegirse en el Congreso en secuencia inmediata o a tomar directamente decisiones excepcionales.
Pero lo que quiero analizar aquí es el trasfondo de la guerra interna del priismo. La reacción que provocó esta iniciativa del Senado en la otra trinchera, la de la Cámara de Diputados, fue tan predecible como inmediata. La postergaron para el siguiente periodo de sesiones y la condicionaron a que se incluya su propuesta sobre la cláusula de gobernabilidad. Obviamente, ambos grupos actúan movidos por el más crudo pragmatismo: el del coordinador de los senadores priistas optó por una reforma con una dosis de audacia (nunca ha sido del agrado de sus correligionarios) proporcional al abismo que lo separa del gobernador del Estado de México en las encuestas de cara al 2012, y el del gobernador decidió asumir el costo político de congelarla (pese a que goza de gran simpatía en círculos de opinión apartidistas) con tal de impedir que el senador se reposicione en la disputa por la candidatura presidencial. Son dos lógicas confrontadas, la del que va rezagado y está dispuesto a lo que sea para ganar adeptos y la del que va ganando y no quiere arriesgarse a tropezar. Por eso y por el rejuego de los otros partidos se ha frenado no sólo la reforma política sino también la fiscal y la laboral, la Ley de Seguridad Nacional y varias más. El underdog está apostando a encarecer su rendición, mientras que el puntero no quiere que le hagan olas antes de la elección de su sucesor y, además, asume que va a ser el próximo presidente y no quiere que le restrinjan su futuro margen de maniobra. Los dos están moviendo sus piezas con el manual de la realpolitik en la mano. Como suele suceder en la lucha por el poder, no hay convicción sino cálculo: si el gobernador estuviera en la posición del senador seguramente estaría usando una estrategia similar a la de su rival, y viceversa. Es más, si los personajes fueran panistas o perredistas muy probablemente se comportarían de la misma manera.
Lo interesante del caso es que el PRI está mostrando a un tiempo su poderío y su vulnerabilidad. Por un lado, se da el lujo de mantener en ascuas al país entero por la pugna entre sus fracciones parlamentarias y, por otro, se enreda en un enfrentamiento que puede fracturarlo y mermar su fortaleza. Ya sabíamos que los políticos más taimados de México son los priistas, y que su astucia les hace cuidarse de una ruptura que descarrilaría su viaje de retorno a Los Pinos. Lo que no teníamos tan claro es que, también entre ellos, la ambición de un revolucionario puede rebasar la disciplina institucional. Si sus enemigos se percataran de eso y tuvieran la sagacidad para capitalizarlo, podrían enconar la pelea y debilitarlos. ¿A poco creen que realmente le conviene al partido escudo que el partido lanza llegue a la Presidencia?
Así están las cosas en este país. Una agenda ciudadana fue aprobada por una Cámara gracias al afán de un político de limpiar su reputación y llegar a la negociación con su adversario en una posición de fuerza, y fue detenida por la otra Cámara por obra y gracia de otro político y su determinación de conservar la delantera. Es la consecuencia del choque de los dos PRIs, ésos que, con la colaboración de un PAN y de un PRD igualmente divididos, han creado una melé de iniciativas atrojadas más allá de méritos o deméritos. Nadie quiere que los senadores y los diputados legislen al vapor ni que descuiden el interés general; lo que muchísimos mexicanos exigimos es que nuestros legisladores entiendan que la urgencia del cambio debe estar por encima de sus reyertas internas.
*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana
Twitter: @abasave
