Juan Pablo II, el beato

En la ceremonia estará el presidente Felipe Calderón, representante del pueblo mexicano,uno de los que más veneraron al Papa Viajero mientras vivía, y hasta después de su muerte.

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

En unas horas, el representante de la Iglesia Católica más querido y popular de la historia contemporánea, será elevado a nivel de beato, un primer paso antes de la santidad.

Incluso el féretro que ocupan sus restos ha sido retirado de las Grutas Vaticanas para ser traslado a la Basílica de San Pedro, en la víspera de mañana, cuando su sucesor, el Papa Benedicto XVI encabece la ceremonia de beatificación.

Y ahí estará el presidente Felipe Calderón, representante de uno de los pueblos que más veneraron a Juan Pablo II mientras vivía, y hasta después de su muerte.

 El saludo con espejo al sol para recibir al Papa en sus visitas a nuestro país, hizo que México ocupara un lugar importante en la agenda del Vaticano.

También, claro, por la devoción que desde Roma se le profesaba a la Virgen de Guadalupe. Pisó cinco veces territorio nacional, en cada ocasión cientos de miles de personas salían a las calles a recibirlo y millones de personas seguían la transmisión de la cobertura de la visita por televisión. Incluso, en su última estancia en México, rompió records de audiencia. Registró números pocas veces vistos para los canales de televisión mexicanos, que decían que prácticamente todos los hogares del país seguían los pasos de Juan Pablo II.

En su último viaje, encabezó la ceremonia de beatificación de Juan Diego, elemento indispensable en el fervor guadalupano. Porque México, podrá no ser creyente, pero siempre será guadalupano...

Y esa atención que acaparaba en cada visita, jamás fue gratuita.

No se recuerda a un líder católico capaz de jugar y usar a los medios para convertirlos en vehículo indispensable para emitir su mensaje.

Hablaba seis idiomas y tenía el carisma suficiente para entenderse en las lenguas que no dominaba. El Papa más mediático de la historia, el que todas la cámaras fotográficas querían tomar.

Tanta ha sido la devoción, que apenas han pasado seis años de su muerte, y su imagen ya está en proceso de ser santo.

Y así de grande el fervor que despierta, que ni un expediente tan pesado y a nombre de los Legionarios de Cristo, hablando por supuesto, de Marcial Maciel, han logrado ensuciar la imagen del Papa más celebrado.

Se optó entonces, por borrar todo registro de lo que alguna vez vinculó al papado de Juan Pablo II con el líder de los Legionarios, quien pasó de ser personaje intocable, a nombre enterrado en lo más profundo del sótano Vaticano. De tener gran influencia, a ser un nombre que jamás debe volver a pronunciarse, y menos si se asocia con el predecesor de Benedicto XVI.

Y es que la Iglesia Católica no podía permitirse ensuciar la imagen de su última autoridad que tuvo el poder de paralizar pueblos. Su último líder, ese que le dio a la Iglesia católica años de fervor casi incondicional...

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