El general Salvador Alvarado en Yucatán

Una vez que concluyó la pacificación del estado y organizó la administración, encomienda que le hizo Carranza, dedicó todas sus energías a la defensa del bienestar económico de la entidad y a la elaboración y reforma de leyes

 (Primera parte)

En 1915 el señor Carranza enconmendó al general Salvador Alvarado la pacificación de Yucatán, donde había una sublevación. Lo nombró gobernador y comandante militar; después de pequeños combates, llegó a Mérida y derogó la ley que hacía esclavos a los trabajadores de las haciendas henequeneras. Durante su mandato instaló más de mil escuelas, expidió la ley agraria, para repartir las tierras, el 7 de diciembre de 1915 (ésta sirvió al señor Carranza para la que lanzó en Veracruz, el 6 de mayo de 1916). Fundó la Escuela de Agricultura de Yucatán y la de Bellas Artes. Creó la Escuela Rural “gratuita, laica y hasta donde sea posible integral”. Fundó escuelas vocacionales.

Una vez que concluyó la pacificación del estado y organizó la administración, todas sus energías las dedicó a la defensa del bienestar económico de Yucatán y a la elaboración y reforma de leyes que reclamaba el momento social por el que atravesaba la región.

El general Alvarado, en su carta al pueblo de Yucatán, del 5 de mayo de 1916, expresaba: “Sueño con una patria libre, poderosa, ampliamente civilizada y feliz, y abrigo la convicción de que si México cuenta, como así debe ser, con la ayuda de todos sus hijos, el sueño no tardará en convertirse en deslumbradora realidad, la que quiero que tenga su principio en Yucatán… y para que así sea, vamos a trabajar con ardor, con férreo tesón, con desbordante impulso. Así alcanzaremos la alta cima”.

Alvarado concibió una serie de proyectos para modernizar la entidad, muchos de los cuales cristalizaron en realidad, y otros, por haberse adelantado demasiado a su tiempo, están todavía por realizarse. Quería convertir a Progreso en un gran puerto comercial; el gran muelle estaba construido como a tres mil metros al oriente del actual, y podían atracar los buques hasta de 24 pies de calado y hacer hasta 12 operaciones a la vez. En su extremidad, había un faro y un gran cobertizo con vías, básculas, grúas y las más modernas instalaciones para cargar y descargar; remataban por tierra en dos alas simétricas de bodegas de concreto, igualmente adecuadas para cargar y descargar trenes completos con la misma rapidez que en Nueva York o en Hamburgo; enseguida y un poco más al sur, estaban la gran estación del ferrocarril y la de los tranvías eléctricos, que hacían el servicio de Mérida y Progreso, línea que corría a un lado de una gran calzada para automóviles, construida de macadam y en medio una doble fila de árboles.

De todas partes del mundo llegaba multitud de gente, hombres de empresa, comerciantes o turistas, que venían a explorar el campo para nuevos negocios, o atraídos por el movimiento, la historia y la originalidad del país, a estudiar su rápido desenvolvimiento y admirar sus maravillosas ruinas.

A fuerza de estudios y experimentos, se había logrado extraer el azúcar del bagazo del henequén, y con la fibra corta que antes se desechaba, se hacía cerda artificial, papel y tejidos de varias clases, rivales de los mejores nacionales y extranjeros. Sólo este renglón había traído un aumento de riqueza considerable.

La industria henequenera llenaba al Estado de un extremo a otro de un asombroso impulso. La producción había llegado a un mejoramiento incomparable en calidad y cantidad, no sólo por el aprovechamiento de lo que antes se consideraba desperdicio inútil —como el bagazo, que era ya materia prima de próspera industria— sino también por la adopción de nuevos métodos y maquinarias. Se había adaptado una desfibradora moderna de alimentación automática que seca y empaca la fibra rápida y económicamente. Y, además, la explotación había logrado abaratarse tanto que cuando se presentó una crisis, por competencia de otros mercados productores, éstos no pudieron luchar con nosotros y tuvieron que abandonar el cultivo de la fibra, dejándonos todo el mercado.

El hacendado, aguijoneado por la lucha, había sufrido modificaciones radicales en su modo de ser. Su sistema de trabajo, ya no, como antes, se reducía a buscar la fuente de toda utilidad en la miseria, la ignorancia y la explotación del indio —que ya no era tampoco el paria miserable de ayer— sino con la mejor, la más culta y la más activa administración de sus intereses. El hacendado ya se preocupaba de estudiar cultivos, de centuplicar científicamente sus productos, de iniciar reformas prácticas y progresistas en sus sistemas de trabajo, de pensar ampliamente en los problemas sociales y agrarios y de adquirir conocimientos para aplicarlos en su provecho honrado y cien veces más fructífero que antes.

Había muerto definitivamente en él la sombra ridícula del señor feudal con pretendido derecho de pernada, de pendón y de caldera, en pleno aire de renovación. Ahora, el hacendado veía un colaborador, un socio en cada jornalero, más útil mientras más instruido y más libre.

El gobierno había adquirido todos los ferrocarriles del estado, poniéndolos como todos los servicios en manos de especialistas capaces y, sobre todo, de iniciativa propia y de talento organizador, los que había extendido y llevado a un extremo de eficiencia en tiempo relativamente corto, creando una verdadera falange de ferrocarrileros —de nuestros trabajadores— que podían competir con los mejores del mundo.

Implantando el sistema municipal, los ayuntamientos habían venido a ser los mejores elementos del progreso y evolución, comprendiendo la responsabilidad en la sociedad y colaborando activamente con los poderes Ejecutivo y Legislativo.

Se impone, pues, el mejoramiento económico inmediato del pueblo. El general Salvador Alvarado proponía consagrar una atención preferente hacia el entorno, estudiando la mejor manera de aprovechar nuestras riquezas naturales, de explotarlas y fomentarlas; dando desde luego la clave para disponer del dinero con que esas riquezas sean movilizadas, es decir, que pasen del lugar pasivo en que hoy se encuentran, rudimentariamente explotadas por unos cuantos y en beneficio exclusivo de unos pocos, para ser ampliamente fomentadas y explotadas en beneficio tangible de todos.

Íntimamente relacionado con las acciones anteriores está la que estudia la manera en que los productos del trabajo no sean arrancados injusta e inicuamente a los trabajadores, como acontece por medio de un sistema de tributación que no se puede menos que calificar de bárbaro, arbitrario y cruel, según expresión de Alvarado.

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