Jorge Díaz Serrano: hombre de hombredad
Trato de escarmenar la memoria para aprehender exactamente el momento en el cual conocí a Jorge Díaz Serrano. Es imposible, como mexicana de su tiempo no hubo momento en el que no estuviera en la lectura con él. Cuando nos conocimos fue ese flechazo químico dicen de ...
Trato de escarmenar la memoria para aprehender exactamente el momento en el cual conocí a Jorge Díaz Serrano. Es imposible, como mexicana de su tiempo no hubo momento en el que no estuviera en la lectura con él. Cuando nos conocimos fue ese flechazo químico —dicen— de alegría por encontrar a una hermana en el camino. Él era la potencia política y yo una periodista osada sólo, pero de inmediato nos entendimos y así conocí a su gente. Tal vez fue Enrique Mendoza Morales quien nos presentó. Jorge era un hombre muy hermoso en su mexicanidad, hópata, sólido moreno, rotundo conocedor de la cultura francesa, lector acucioso de Proust…hágame usted el favor si no iba su servidora a caer en sus manos bondadosas. Así me acercó a sus hijos, a la intimidad de su casa, a sus Helvías una y otra vez. En San Miguel de Allende, en la hacienda de su hija, lo evocaba en esas mañanas de espejos del pueblo, desayunos promisorios. En su casa los cuadros de su pinacoteca me avisaban cómo son los hogares de los profesionales de la política de México con sensibilidad, cultura y buena educación. Así lo quise mucho, porque era la excepción, la gran amorosa sorpresa del conocimiento. Un día supe del incendio de un pozo petrolero y su estancia cerca, tatemándose como quien dice. Otro día fui con su mujer Helvia a Europa y le escribíamos todos los días… Jorge estaba en la cárcel. Cinco años. Tres de ellos lo acompañé sobre todo a la hora de la comida que Helvia le llevaba. Nunca olvidaré a Jorge despidiéndose de nosotros en el quicio de la puerta de la prisión sin poder dar un paso más en el camino que seguíamos con el corazón contrito. Yo volvía la mirada hacia él y allí estaba, impertérrito, exacto, elegante, obedeciendo la infame orden él, un gran señor de la patria. Nunca vi a Jorge perder la serenidad, esa aristocracia del alma, la dulce amabilidad de perdonar y enseñar. Lo quise mucho. Veíamos películas y nos traducía lo que se nos escapaba del inglés de Bogart seduciendo a Ingrid Bergman. Fuimos muy felices las tardes del verano leyendo o mirando filmes clásicos y bebiendo champaña. Pero nunca se le olvidaba su pueblo pobre que allá afuera de nosotros sufría hambre y pobreza. Jorge Díaz Serrano jamás borró de su memoria su deber para con México. Tres años de estar con él en el sufrimiento carcelero un día me ordenó —“es una órden”— no ir ya a visitarlo, pues yo iniciaba una campaña electoral en el estado de Guanajuato. Orden amorosa, obediencia la mía. En la cárcel se casó y yo hablaba en San Luis de la Paz. No estuve con él. Hoy lo despedí en su lejana caja gris oscura cubierta materialmente de flores. Le recé un Réquiem de mi infancia, le dije adiós con el nudo de reata mojada que digo se hace en la oquedad que llevo adentro por la pérdida de los míos, mis hermagos (de amigos y hermanos)…
México se empieza a quedar sólo de esos hombres de hombredad.
*Periodista y escritora
marialuisachina@mendozayahoo.es
