Desde la derrota de la Concertación en las pasadas elecciones presidenciales de Chile y el triunfo de la derecha encabezada por el empresario Sebastián Piñera, se vislumbraba que tarde o temprano las pocas fuerzas conservadoras que gobiernan en América Latina formarían un frente común.
Ante las embestidas políticas y económicas de las estructuras organizadas que ha creado el presidente Hugo Chávez en la región, distraídamente y sin querer llamar mucho la atención y por supuesto sin darle un contexto político, se ha creado el Área de Integración Profunda.
La salida de Venezuela de la Comunidad Andina, la creación de la Alianza Bolivariana (Alba) y la conformación de PetroCaribe, para cooptar a los países caribeños a través de recursos petroleros, han sido algunas de las acciones que desde hace meses impulsaron a los gobiernos antagonistas a Chávez para negociar un nuevo conglomerado de interacción propio.
Así, el Área de Integración Profunda la componen Colombia, Perú, Chile y México. Cuatro países gobernados por partidos o actores que tienen visiones en la conducción de sus políticas públicas muy distintas a las de los integrantes del Alba. En este sentido, es claro el bache que hay en este camino de integración al brincarse del acuerdo, casi naturalmente, a Ecuador.
Sus miembros han insistido en que este nuevo pacto multilateral deberá extenderse también a los países que conforman el Arco del Pacífico Latinoamericano, es decir a los países de Centroamérica incluida obviamente… Nicaragua. Por lo que más bien podemos anticipar que habrá otro país excluido del mismo.
El carácter primordial del Área de Integración Profunda es comercial y los más optimistas creen que podría desembocar en un mercado común entre sus países miembros. Esto obviamente sería extraordinario si fuese cierto; sin embargo, es difícil desvirtuar el matiz político de su origen e integrantes y creer que esto responde solamente a una estrategia de vinculación económica. Dicha circunstancia pone en riesgo inmediato todos estos esfuerzos, ya que Perú cambiará de gobierno en unas cuantas semanas y todo pinta para que la próxima administración (Humala vs Fujimori…) torpedee con saña las decisiones políticas que, como ésta, ha tomado Alan García, su actual mandatario. Por otro lado, al presidente Calderón le quedan sólo 19 meses en el cargo y las encuestas tampoco le favorecen a su partido, las cosas en México también van a cambiar.
El otro aspecto complejo, es la creación de organizaciones paralelas a los pasos firmes que, por tantos años, han dado algunos de estos países por tender verdaderamente a la homologación de sus políticas arancelarias y financieras. Así, la Comunidad Andina, a la que pertenecen dos de los cuatro países en cuestión, tiene sus propias reglas arraigadas.
Este es un sistema que tiende cada vez más a la supranacionalidad en algunos aspectos, lo que hace que un acuerdo como el que firmó el presidente Calderón hace unos días, se vea muy disminuido y con pocas posibilidades reales de prosperar (al igual que el prácticamente extinto G-3).
Tender a un mercado común con nuestros países hermanos de América Latina es una excelente noticia. Querer hacerlo a través de un tratado comercial ambicioso, también.
Pero hacer todo esto por competir veladamente con la maquinaria del Alba, hace que por lo menos se generen serias dudas sobre las intenciones y la verdadera “profundidad” de sus alcances.
