La ciencia rebasó a Boston

Nunca un maratón se corrió tan rápido. Cuatro por abajo del 2:05.

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Después del olímpico, el maratón de Boston es el más viejo del planeta. La victoria del griego Spiridon Louis en Atenas 1896 impregnó de heroísmo y emulación la carrera atlética; insospechado en aquella época que alguien pudiera correr 40 kilómetros. Causó impacto y Boston un año después, en 1897, organizó el suyo.

Hermosas jovencitas de elegantes vestidos, sombrero de ala ancha y un ramo de flores en sus manos acudían a la meta a recibir a sus novios.  Los recibían con besos y abrazos. (Si alguien ha visto cómo sudan y babean los atletas de larga distancia, acaso sientan asco por la imagen del beso. Julieta Fierro, en su meditado discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, al hablar de la adaptación, en un divertido e ilustrativo comparativo del caracol y el hombre, en expresión inteligente afirmó: “Nuestra baba se transforma en fruto de placer luminoso en los actos de amor... Nuestra baba es el primer paso de la digestión y el segundo de un beso”.). Una bonita fiesta en la que los jóvenes utilizaban el desafío de la distancia y lo mezclan con la fuerza y el orgullo.

En la tradición se fue formando el prestigio de notables atletas como Bill Rodgers, Toshihiko Seko, Bob de Castella, Alberto Salazar, Moses Tanui, Cosmas Ndeti, Gerardo Bordín, y otros astros. En más de 100 años pasó mucha agua bajo el puente. La ciencia avanzó y poco a poco se descubrió que la ruta no cumple con un requisito esencial: hay una enorme pendiente entre el punto de salida con la meta, una diferencia de 139 m, como deslizarse en un resbaladero. A la ruta, una línea recta, se suma el viento predominante del planeta que es de oeste a este. Los atletas son impulsados por un viento de cola.

La IAAF estableció el 1 de enero de 2005 que no debe existir más de un metro de pendiente por cada kilómetro. Y que no debe haber más de un 50 por ciento de distancia entre salida y meta con el propósito de compensar las pendientes. Se recomienda que la ruta tenga forma de herradura o la configuración de un anillo. El segundo punto es muy relativo; se puede demoler.

La regla de la IAAF no es retroactiva. El 17 de abril de 1983 la noruega Grete Waitz destrozó en Londres el récord de maratón en 2:25:28.7. Un día después la estadunidense Joan Benoit en Boston redujo la plusmarca en 2:22:43, ¡casi tres minutos menos! En apego a los conocimientos actuales, el esfuerzo de Benoit, campeona olímpica en Los Ángeles 84, nunca jamás habría alcanzado la talla de marca mundial. Y no habría sido recibida con tanta admiración y sorpresa. Bajo estas circunstancias, la marca efímera de Waitz habría durado hasta 1985.

Ayer, los organizadores del maratón de Boston, ebrios con el éxito del keniano Geoffrey Mutai (2:03:02 el pasado 18 de abril), declinaron la ridícula postura de solicitar a la IAAF el reconocimiento oficial de récord mundial. Nunca un maratón se corrió tan rápido. Cuatro hombres por abajo del 2:05..

Correr en Boston es como nadar río abajo en lugar de una piscina. Mutai, Moises Mosop (2:05.06), Gebre Gebremariam (2:04:53) y Ryan Hall (2:04:58), corrieron en los rápidos de Boston.

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