¿Cómo se ven nuestros precandidatos frente a los de afuera? ¿Se ven mal? ¿A qué se debe?
¿Quién haría aquí lo que en pocos meses ha hecho la señora Dilma Rousseff en Brasil?
Hoy, en nuestro sufrido país, cada quien piensa sólo en salvarse; nadie, ni por accidente, toma en cuenta con seriedad el conjunto de problemas que aquél enfrenta y por supuesto, nadie habla de soluciones. En las condiciones actuales, estamos en el peor de los mundos posibles: nadie está dispuesto a sacrificar lo suyo en aras de salvar al país y su economía y las cosas, con esta conducta, se complican cada día más.
No somos los únicos y aún cuando el clásico afirma que “como México no hay dos”, en América Latina este número es pequeño; en la región, son más de dos los países donde los intereses mezquinos y el cortoplacismo definen la conducta de nuestros políticos.
¿Quién ofrece algo creíble y sobre todo, viable? ¿Quién va más allá de la propuesta vaga y del lugar común? ¿Quién toma en serio las bravatas de ésta o aquél acerca de lo que haría en caso de llegar a la Presidencia de la República? ¿Quién, en su sano juicio, toma en serio a los que parecen vivir en materia económica en los años 30 del siglo pasado? ¿Quién teme hoy al desequilibrado que no ve otra salida para su vida, que ser candidato a la Presidencia así sea de la sociedad de padres de familia de la escuela de su retoño?
¿Quién, de los que se sabe que buscan la candidatura a la Presidencia de la República pasaría, como dicen los contadores, “la prueba del ácido”? ¿Cómo califican los nuestros ante aquellos que buscan ser jefes de Estado o de gobierno en otros lares? ¿Estarán a su nivel o como muchos afirman, no les llegan ni a los talones? De ser esto último cierto, ¿cuál sería la razón? ¿Su visión caduca del desarrollo e inexperiencia, o su falta de firmeza?
El elector en otros países tiene, a diferencia del de aquí, cultura cívica; una práctica democrática que con cada elección se fortalece y le posibilita escoger al mejor. Aquí, por el contrario, las más de las veces pesa más la imagen que la capacidad y la experiencia. Es la consecuencia natural de nuestra escasa cultura cívica y del rechazo a las prácticas democráticas.
¿Qué hacer ante la disyuntiva que hoy debemos enfrentar: imagen contra experiencia? ¿Irnos por el camino desgastado de lo que la mayoría acepta acríticamente o por el contrario, ir más allá de la envoltura y analizar el contenido del paquete?
Los electores en las democracias consolidadas, no se enfrentan a tales disyuntivas; allá, candidatos y electores han recorrido un largo camino y cuando están frente a la urna, saben que la experiencia y la firmeza deben estar, siempre, por encima de la imagen por seductora que ésta pudiere ser.
Si comparamos las cualidades de los que hoy aquí dicen que quieren ser candidatos a la Presidencia de la República con las de los que triunfaron recientemente en otros países, ¿cómo quedarían los nuestros? Ante un David Cameron, ¿a alguno de los nuestros se le ve capaz de tomar decisiones como las que aquél tomó en materia presupuestal, por ejemplo? ¿Acaso los nuestros parecen tener la firmeza y decisión exhibida por Angela Merkel o, quién haría aquí lo que en pocos meses ha hecho la señora Dilma Rousseff en Brasil?
Dada la gravedad de los problemas que con seguridad enfrentará el triunfador, ¿debemos privilegiar entre los nuestros, esas cualidades que parecen no tener casi todos ellos: carácter y firmeza? ¿Debemos, además, exigirles que tengan una visión moderna del desarrollo?
De ser así, ¿quiénes quedarían? ¿Uno o dos solamente?
