¿De dónde saldrían los recursos? ¿A quién preocupa este molesto detallito?

Para complicar el panorama no falta por ahí el funcionario del Gobierno del DF que afirme, que

La inclinación natural de buena parte de nuestros políticos, es a dilapidar los recursos siempre y cuando sean los del erario. Además, dada la nula experiencia que la casi totalidad de ellos tiene en materia de administración, ignoran que cuando se habla de flujo de efectivo siempre debe pensarse en los dos elementos que lo componen: ingresos y egresos. Dicho de otra manera, ¿con qué se pagaría cada gasto que propusieren?

Quizás esa ignorancia junto con la caduca y absurda idea —arrumbada, por fortuna, en el basurero de la historia— del papel que debe jugar el Estado como proveedor desinteresado de todo bien y servicio y de la solución de los problemas de todo el mundo, expliquen “la venta de cientos de programas sociales” como la poción mágica que cura todos los males: pobreza, marginación, desigualdad, delincuencia y en un descuido, incluso el cambio climático.

Esta “venta” no es privativa de políticos de un solo partido; aquí, todos, sin distinción de color ideológico, se igualan en esta práctica que podríamos resumir así: dar, dar y siempre dar sin jamás evaluar el impacto de lo que se da. Dar sin exigir compromiso alguno a cambio, es la divisa de los viejos y nuevos gobiernos que cual plaga de langostas azotaron y azotan nuestro país; este jinete del Apocalipsis ha degradado y debilitado al país y su economía, que prácticamente nos ha cancelado la posibilidad de un futuro mejor.

Hoy, casi de pasada y como si nada, sin plantear las consecuencias para las finanzas públicas y su sustentabilidad, aquél que sabe de finanzas públicas y los efectos perversos de aquella práctica, se da el lujo de presumir que tenemos las gasolinas más baratas del mundo debido al subsidio a las gasolinas automotrices por el orden de 110 mil millones de pesos, el triple de lo presupuestado.

¿Y a cuánto ascenderá el subsidio en las colegiaturas de 25 centavos al año? ¿Y cuánto este programa para asegurar tal o cual clientela? ¿Y cuánto lo que tiraremos por acá y por allá con miras a asegurar la victoria en las próximas elecciones?

 Además, para complicar el panorama, no falta por ahí el funcionario del Gobierno del DF que afirme, sin rubor alguno, que “sus programas sociales” deberían ser “replicados” en el resto del país sin mencionar jamás cómo se financiaría el gasto correspondiente. Al mismo tiempo —como dice el refrán, “está mi nana pa’ mi tata”—, aparece por ahí el gobernador que secunda tan descabellada idea.

Lo único que soporta los planteamientos de ambos, es algo muy simple: hay que gastar, para asegurar votos; jamás preocuparse por la fuente que haga sustentable el gasto de cada programa “social”. Como música de fondo se deja oír la consigna que soporta este tipo de gobernación: “¡Gastólatras del mundo, uníos!”.

¿Acaso les preocupa a los de uno u otro partido, cómo habremos de financiar tanto programa social en 20 años? ¿No han revisado las proyecciones del Conapo relativas al envejecimiento de la población mexicana y sus consecuencias?

¿No les preocupa la caída de los niveles de extracción de petróleo? ¿No miden el efecto de no concretar las reformas siempre pospuestas? ¿Qué les preocupa entonces? ¡La próxima elección!

Es cierto, con estos políticos, estamos bien jodidos.

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