Entre la barbarie y la poesía

El don de los poetas no es de ellos, es un antídoto universalque ayuda a mitigar las desventuras de cada tiempo.

Un poeta hace unos tristes días, tras sufrir la pérdida inesperada de su hijo —a manos de unos miserables sicarios— aseveró que se ha quedado sin palabras, lo hizo en un opúsculo publicado en epitafio a la memoria de su entrañable vástago y a la propia voluntad de interrumpir su misión de hacer con las palabras prismas sobre la realidad. Pero  no podrá cumplir a cabalidad el testamento que en duelo ha impuesto a su talento, el don de los poetas no es de ellos, es un antídoto universal que ayuda a mitigar las desventuras de cada tiempo.

Vivimos un tiempo dañino, tiempo  aspado que  tritura,  tiempo  envolvente que nos ahoga en la impotencia del dolor “ajeno”, la venenosa modernidad nos hace  ajenos de nosotros mismos, nos hizo irresponsables con el medio ambiente  y  ajenos a lo trascendente, hemos llegado al  núcleo de la era del vacío.

Negocios funestos  que ha formado el “progreso” con sus pasatiempos sanguinarios y la grotesca colección de aficiones y entretenimientos basados en el desarrollo de las destrezas para aniquilar electrónicamente o físicamente a los adversarios en el juego de la vida y en cualquier plano,  desde la incipiente crueldad de la infancia que hace del bullying la meta de los juegos escolares, en la indolente pubertad  en la que se dispara la adrenalina y el ímpetu desemboca en soluciones de furia y rabia asesina,  también  en la adultez superflua y cobardona que mata porque es más fácil que dar vida.

Acaso como en ninguna otra era, en la nuestra se ha edificado un culto  efusivo e hipnótico a la violencia en cualesquiera de sus modalidades, nuestra “informada” sociedad  —que se presume  sabe de la historia y sus calamidades— no aprovecha los avances de las ciencias y las comodidades de las tecnologías para simplificar el reto de integrar  una población de miles de millones de personas que afrontamos la vida como zombies,  ejércitos de muertos en vida, filas interminables de víctimas de unos  vivos que se pasan de vivos.

Muchos poetas quisieron dejar de hacer lo que saben sin lograrlo, decía Sabines: el poeta es un escribano a sueldo de la vida. Los grandes poetas han llorado mucho antes de morir y han enjugado sus más graves poemas con lágrimas arrancadas por causas irreparables, inclusive su poesía  intacta vibra más allá de su muerte porque la poesía como las piedras preciosas extraídas de la tierra  y como las estrellas del firmamento son creaciones atemporales con promesa de inmortalidad. Otros poetas han padecido la violencia en propia carne, Rubén Darío y su cerebro encarcelado: el primer cisne degollado, o el trágico fin de Federico García Lorca y su lamento que aplastó moralmente a sus victimarios y que hoy en día se suma  e irradia la belleza de Granada, el silencio de un poeta es un problema adicional de esta necia y doliente humanidad.

*Especialista en derechos humanos

 fjacuqa@hotmail.com

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