Mirándose el ombligo

Los dimes y diretes, chismes y trascendidos que día a día llenan nuestros medios, nuestras mesas, nuestras vidas.

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

Es impresionante darnos cuenta del lugar en el que se encuentran nuestras prioridades. De los temas que llenan, cada semana, la agenda nacional, como si nos encontráramos en un juego de lotería eterno en el que siempre salen las mismas cartas, que son gritadas a un público expectante que no se da cuenta de que la vida es mucho más que las seis u ocho figuras, que no más, que nos ocupan cotidianamente.

Así, el valiente, el catrín, el borracho, las jaras, la estrella, se repiten todos los días. Los mismos personajes, los mismos temas, siempre. Temas que, si bien son importantes, nos van alejando del mundo, nos tienen centrados en nuestro propio ombligo. Las declaraciones del senador. Las alianzas. El parte de guerra. Las filípicas del legítimo. La legalización, el estado fallido. Los dimes y diretes, chismes y trascendidos que día a día llenan nuestros medios, nuestras mesas, nuestras vidas. Y mientras tanto, el mundo sigue su paso, inexorable, violento. Desastres naturales, crisis financieras que se agravan por momentos, tragedias humanitarias en países que a nadie le importan mas que en función al provecho que de ellos pueda ser obtenido. Sucesos que alcanzarán los libros de historia, las enciclopedias, que serán glosados para poder explicar lo que en el mundo entero fue un cambio de época, en todo el mundo, menos en México.

Porque, ¿a quién le importa, aquí, lo que pasa en Libia? ¿Las consecuencias de lo ocurrido en Japón? ¿Los daños al medio ambiente? ¿La matanza en Costa de Marfil? ¿El rescate financiero en Portugal? A nadie. Y lo peor es que el ombligo se hace, cada vez, más pequeño. Porque, de nuevo, ¿a quién le importa? ¿A quién le importa la pobreza de nuestra gente, la falta de oportunidades, la discriminación, la injusticia del sistema que hemos creado? ¿A quién le importa el sufrimiento del vecino?

¿Cuál es la razón de ser de los partidos políticos en nuestro país? ¿Llevar a la sociedad una serie de principios, valores y formas de buscar el bien común, a través de la función de gobierno? ¿O simplemente la acumulación de poder y la obtención de puestos en la administración pública? De la respuesta a estas interrogantes dependen, en buena medida, las acciones y los límites que están dispuestos a ejercer y a forzar o respetar, respectivamente.

El problema es que parece que, en México, el poder está, para los partidos políticos, mucho antes que la consecución del bien común. Antes que el servicio a la sociedad. Nadie está dispuesto a cambiar, realmente, a este país mas que en discursos huecos ante multitudes acarreadas. Poder, ante todo, aunque la sociedad civil esté sufriendo la que posiblemente sea la peor crisis de desesperanza en nuestra historia.

Podemos seguir marchando, manifestándonos, haciendo pancartas. Pero, ¿para qué? Hace algunos años cualquier gobernante se pondría a temblar ante la idea de tener a la gente, inconforme, en la calle. Pero el sistema mismo aprendió a servirse de las protestas, de la indignación natural ante la injusticia, y poco a poco las manifestaciones pasaron a convertirse, simplemente, en algo incómodo para la propia ciudadanía, que no para el gobierno. Porque ahora las marchas causan caos vial, pero ninguna respuesta de las autoridades. Es más, pocos manifestantes esperarían que sus acciones tuvieran una reacción inmediata, ejecutiva, de la autoridad a quienes se dirigen. Las muestras de inconformidad son más testimoniales que pragmáticas: el gobernante sabe que los manifestantes llegarán una y otra vez, como las olas que comienzan embravecidas pero al llegar a la playa son más caricia que reclamo. Porque no se han dado cuenta de que el poder que ahora tienen, y que algunos detentan, no les puede ser eterno. Ya nos veremos en las urnas.

*Analista político

contacto@victorbeltri.com  y twitter.com/vbeltri

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