La alborada de la belleza

Trato de no ir a ningún lado, me molestan y escandalizo y el miedo crece.

Vivimos tan exhaustivamente que las olas soñadas en las noches iracundas nos envuelven y nos matan ahogándonos. En el sueño se es muy desgraciado o muy feliz…a veces exclamo en voz alta: “¡Protégeme!” y despierto. Es la vida de hoy tan horrible. Huyo como quien dice, trato de no ir a ningún lado, me molestan y escandalizo y el miedo crece. Además en lo oscuro la ciudad es temible…parada en una esquina esperando un taxi detenida de mi bastón veo pasar a mis amigos como en aquella prodigiosa película de Woody Allen: el ve transcurrir un tren en sentido contrario al suyo… en la ventanilla inmediata y veloz se mira una admirable orgía con mujeres de estraples … se alejan los dos trenes y Woody vuelve a su triste realidad…Así yo a veces, mis conocidos atraviesan ante mí en autos acharolados…y yo aguardo a media noche un taxi miserable… Mi casa maravillosa es el medio de un sándwich, es decir que a cada lado hay casas  habitación y luego se levantan erguidos y amenazantes sendos edificios de apartamentos que prenden horrendas bombas para subir el agua a diferentes horas del día. Es sorda la sensación, espeluznante (así ha de ser la muerte). Te tapas las orejas, pones a Bach a grito pelado, no distingues el timbre del teléfono ni de la calle…te estás sumergiendo en la solemne locura. En Santa María de la Rivera sentí lo mismo y vendí mi casita hermosísima, ahora en San Miguel Chapultepec empiezo a sufrir esa demencialidad. Todas las noches digo “voy a ir a ver a Sodi de la Tijera para que me ayude como delegado por lo menos a indagar qué pasa”. Ahora sí ya con el agua en los aparejos no puedo inventar cambiar de residencia (como se dice) (capaz que los míos me matan antes). Es, queridos, la oquedad ocupada.

La televisión se encarga de fregarte la existencia con tan espeluznantes noticias. Ya se va a acabar el mundo, digo, y me voy a San Miguel de Allende que es un paraíso terrenal, un edén más eden. Voy al cumpleaños de Enrique Fernández Martínez, el guanajuatense más inteligente y que la historia nos había prometido. Somos un  poco los dichosos de ayer, pero lo somos completitos cuando escuchamos de escuchar, el concierto que su hijo mayor, el tenor Enrique Fernández, le ofrece en el Teatro Ángela Peralta. Ahí sí flotamos. Es el joven alto, bello, varonil, un tenor de esos bendecidos de Dios y que merecerían figurar (como los cien mexicanos que sobresalen en la ópera del mundo) en los foros de  los imponentes teatros operísticos. Su voz, en el cauce de la buena educación bajo la égida de los mejores maestros en Norteamérica, se prepara rumbo a la consagración. Nosotros, a teatro lleno, deleitados aplaudíamos como chicos de escuela…al fin es nuestro hermanito, el único entre nosotros con un mañana recién pulidita, como de plata fina de las minas guanajuatenses. No olvidemos: Enrique Fernández dará mucho de qué hablar y más de qué oír. Es una alborada.

*Periodista y escritora

 marialuisachinamendoza@yahoo.es

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