Tacones en la casita
Cuando somos niñas el único hombre con el que podemos convivir es nuestro padre
La semana pasada estuve en La Merced y una pequeña niña que rellenaba su piñata para la fiesta de cumpleaños con miniaturas del hogar como planchitas, ollitas, etcétera, me hizo recordar mi temprana infancia cuando se me venía el mundo encima al romper la piñata de mi personaje favorito. Eso es algo que nunca he entendido, ¿por qué las piñatas son de la Sirenita cuando deberían, en todo caso, ser de Úrsula y así romperle su mandarina en gajos con más sentimiento?
Pero regresando al tema del contenido de la piñata de Cirilita en potencia, tengo en la memoria cuando inocentemente jugaba a la casita con mi príncipe ideal y construía mis sueños que más tarde, léase hoy, vería no convertirse en realidad. Y es que cuando uno juega es un cuento completamente diferente a cuando uno le dice “chao” a los papás y se va, dizque de independiente, a jugar a la casota con gastos y toda la historia.
Yo desde que tenía cuatro años soñaba con irme a vivir sola, dice mi madre que yo quería vivir en un departamento justo arriba o abajo de mis papás por aquello de las dudas, pero al fin sola.
Cuando jugaba con ollitas de mentiras comía aire raspado y agua molida, mis muñecas, léase hijos perfectos, no requerían de fórmula específica para ser alimentados. Mis papás seguían pagando mi diversión favorita: antena parabólica, por lo que yo no tenía que desembolsar ni un centavo en cuentas por pagar. Mucho menos tenía que pelear por espacio en un clóset, porque mi pareja no me dejara abarcar mi 95% reglamentario.
Recuerdo recién me fui a vivir con mi ex pareja y comencé a jugar a la casita de dos, mientras que cuando tenía cinco años lo que me hacía independiente era después de la hora de la comida que mis padres salían a trabajar de nuevo, ahora tenía que enfrentar todo el tejemaneje de un hogar de verdad. La realidad es que cuando uno vive solo, nunca deja el hogar materno del todo, la ropa la lavan y planchan en casa de mamá o también de vez en vez uno se roba a la empleada por un día para que vaya a regresar la paz higiénica a la casa.
No hay nada como el refrigerador de un o una soltera (con ratón incluido haciendo pesas con un limón viejo), no es lo mismo vivir en pareja e ir de la mano al súper a comprar la cena y hacerla juntos, que llegar a casa sola y mejor prepararte unas quecas para comerlas en la cama. Todas esas cosas uno no las piensa cuando rellena la piñata ansiosa por crecer y salir corriendo a Villa Independiente o más arriesgadas aún las que se brincan esa Villa para lanzarse al ruedo a convivir con un niño. Cuando tenemos cinco años el único hombre con el que podemos convivir es nuestro padre y los hermanos, enamorarnos de un chico es medio blasfemia, medio sacrilegio, y lo único que le gusta a uno de ellos es hablar mal con las amigas sobre el moco verde que trae pegado Cirilo en la cara. Así que analizar someramente a esa corta edad lo que nos espera cuando dejamos de burlarnos de los Cirilos para meterlos en la cama, estoy segura que el juego de la casita tendría otro argumento, menos príncipe y más hombre, menos hijos de peluche y más responsabilidad a la hora de hacerlos, más coherencia en la importancia de convivir y menos prisa por convivir con el primero que se atraviesa. Dicen que en el primer matrimonio, léase arrejunte o cualquier tipo de estado civil de dos, uno aprende y en el segundo aplica... y bueno... también dicen por ahí que no hay quinto malo, y si es así ya tiene uno experiencia en el juego de la casita.
Twitter: AlasdeOrquidea
