Invulnerables
Según la inquietante y sugerente dualidad wiccana, es en la interacción de la Diosa madre y del Dios varón que se determinan los ciclos del mundo. Libia. ¿Dónde andará? Mujer espléndida, rara combinación de fuerza y ternura. A lo mejor recaló a su Juchitán ...
Según la inquietante y sugerente dualidad wiccana,
es en la interacción de la Diosa madre y del Dios varón
que se determinan los ciclos del mundo.
Libia. ¿Dónde andará? Mujer espléndida, rara combinación de fuerza y ternura. A lo mejor recaló a su Juchitán natal, acompañada de su inseparable Manuel, organizando velas, despotricando contra los tehuanos y hablando ese zapoteco que para quien lo entiende ha de ser una lengua, pero que para mí, en sus labios, era una melodía embelesadora. Sin palabras. Libia.
Pero no es de esa Libia de la que quiero hablar. Es decir, de querer sí quiero, quisiera. Pero tengo que hablar de la otra. De esa tierra mágica, impensable, justo en medio de la franja árabe, entre Oriente y Occidente. Entre el Máshreq y el Magreb. De ahí es Nadia, otra mujer excepcional. De la que tampoco sé nada desde hace años. ¿Dónde andará? No sé qué tienen ellas, las mujeres inigualables —o qué tengo yo— que poseen una acentuada tendencia a esfumarse, a desaparecer súbitamente de mi vida.
La que no desaparece es la nación Libia. Ahí está ella, contra viento y marea. Por ahora, porque entre la granizada de rumores que acompañan siempre los atropellos del Imperio, está el de que planearían dividir la Gran Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista, de manera que sea más fácil repartirse el botín.
Ya se sabe que en esta cruzada, como en las medievales, rige “el derecho de rapto y saqueo”, con tal de estimular a los combatientes. Sólo que ahora la rapiña ya no corre por cuenta de la soldadesca, sino de los meros meros game masters. Bien organizaditos y sobre todo bien modernos, los invasores.
De momento, sin embargo, Libia sigue siendo un país. Un país muy diferente de México. Tiene sólo seis millones y medio de habitantes y posee un acervo de palabras árabes considerablemente superior a nuestro acervo de palabras árabes. Fueron colonia de los italianos, no de los españoles, y conquistaron su independencia hace apenas 60 años, no los 200 de los que nosotros nos pavoneamos. Y poseen un sistema político estable, que las disciplinadas fuentes occidentales insisten en llamar dictadura, en lugar de nuestra atrabancada inconsistencia, que las disciplinadas fuentes occidentales insisten en llamar democracia.
El líder libio es sin duda alguna el jefe de Estado más elegante (y en su juventud el más guapo y apuesto) del mundo y vive en una gran tienda beduina rodeada de palmeras. Recuerda mucho —y a menudo con ventaja— al legendario Sheik de Rodolfo Valentino. Nuestro líder no es el más elegante ni el más guapo ni el más apuesto, y vive en una casona discutible en Los Pinos. Recuerda un poco al Sheik blanco de Alberto Sordi y Federico Fellini.
En Libia se están (se estaban, hasta hace un mes) llevando a cabo dos de las obras de ingeniería más importantes de la Tierra: la construcción del Gran Río Artificial, con un costo de 25 mil millones de dólares, que transportará agua desde los acuíferos fósiles del Sahara, al sur del país, hasta la costa, donde habita 80% de la población.
Y en la región de Kufra, en pleno desierto de Ramliat Rabyanah, al sur del Gran Mar de Sal, se desarrolla el gigantesco proyecto hídrico y de irrigación que está convirtiendo la región en agrícolamente productiva. El riego se hace exclusivamente con agua subterránea, pues ahí las lluvias son prácticamente inexistentes. Los grandes depósitos circulares, de más de 1 km de diámetro, se cuentan entre las pocas construcciones humanas visibles desde el espacio. Nosotros, lo que sea de cada quién, también tenemos la intención de construir la refinería de Tula. Pero si el complejo es, en comparación, modesto, el vigor con el que fue cacareado, por lo visto de manera prematura e irresponsable, fue, ese sí, morrocotudo.
Por otra parte, Libia posee, según la OMS, la esperanza de vida más alta de África, con 77.65 años, y el más alto HDI (Índice de Desarrollo Humano) de todo el continente. Digamos finalmente que la mayor diferencia es que allá oscurece cuando aquí amanece y que sobre todo su código lada es un mediocre 218 frente a nuestro breve, simétrico y hermoso 52.
Pero fíjese, curioso lector, que Libia también es un país muy parecido al nuestro. Se extiende sobre una superficie similar a la nuestra. Tantito menor: como un millón 800 mil km2. Las dos naciones poseen latitudes similares, y a ambas las atraviesa el Trópico de Cáncer. Una gran parte de su territorio es desértico o semidesértico: 50% en el caso de México y 75% en el de Libia. Las dos son grandes productoras de petróleo. México extrae 5% de la producción mundial, que le reporta 40% de los ingresos al erario. Libia genera 3% del total mundial, que representa el 50% de sus ingresos. El PIB per cápita es en los dos casos muy similar.
El quid, no obstante, reside en que las reservas probadas en el subsuelo y la plataforma marina de Libia son superiores a las de Estados Unidos, y prácticamente doblan las de nuestro país. A lo mejor también será por eso que los dos estados soberanos (¿?) han sido militarmente atacados más de una vez por la SGWO (Salvaguarda del Buen Orden Mundial, por sus siglas en inglés), con sede a orillas del río Potomac. No está por demás suponerlo.
Porque la coartada oficial, de que las fuerzas de la OTAN intervienen para “proteger a la población civil” dado que “las fuerzas de Gadhafi ametrallan y bombardean a los manifestantes” ya está de plano muy usada, sobada y gastada. Exactamente lo mismo dijeron de los extintos presidentes Nicolae Ceausescu de Rumanía y Slobodan Milosevic de la luego extinta Yugoslavia. Ambas cosas resultaron escandalosamente falsas, como lo probaron, a toro pasado, periódicos occidentales tan libres de sospecha de simpatía hacia ambos mandatarios y sus regímenes como el francés Le Monde y el belga L’Echo. Lo cual, ¡ay!, no devolvió la vida a nadie ni a nada, y las inescrupulosas tretas cumplieron su cometido.
Sólo que Libia no está en Europa, y sus pobladores, como los de Irak o Afganistán, poseen una cosmovisión ancestral cíclica y pagana —más allá del Corán— que la estulticia estéril y fatua de Occidente no entiende, y que los hace, a final de cuentas, invulnerables.
*Matemático
