Con estos defensores, pobres de los pobres

Cruel contradicción la que enfrentan, pues entre más defensores les aparecen, más negro parece ser su porvenir

El grupo social que más defensores tiene en este país —en tanto su voto represente una buena rentabilidad política— son los pobres. Ellos son el bocado que hace salivar a todo aquel que se presenta como un político sensible entregado a las mejores causas del pueblo bueno y, sobre todo, dispuesto a lo que sea con tal de sacar a aquellos de su postración.

Al mismo tiempo que el enfrentamiento entre sus defensores se vuelve más grosero, más jodidos están y más obstáculos encuentran en su difícil caminar para construir un mejor futuro para ellos y los suyos. Cruel contradicción la que enfrentan nuestros pobres; entre más defensores les aparecen, más negro parece ser su porvenir, pues entre más políticos muestran disposición a luchar por ellos, más se complica su vida.

¿A qué se debe esta dolorosa contradicción, padecida en México desde tiempo inmemorial?, ¿será porque la defensa que llevan a cabo sus “abogados”, no es para beneficiar a los jodidos sino a ellos mismos y a sus compinches?

El bochornoso espectáculo que brindaron dos políticos que ejemplifican la manipulación más perversa de la pobreza y de los que la sufren, busca hacernos creer a los que enfadados y escépticos de su “entrega” presenciamos su búsqueda anticipada de votos, que en verdad están interesados en cambiar radicalmente la situación de millones de miserables.

Jamás habían dado señales de querer —en verdad— cambiar la situación de los pobres; de ahí la sorpresa al verlos insultarse y cual mosqueteros con florete en mano, batirse en duelo para mostrar su entrega a “los que menos tienen” y de paso, el uno, exhibir al amo del otro y mostrar, dijo convencido, el daño que ha causado a los pobres.

La respuesta del que sale en defensa de su amo —ayudado en este lance por otro aguerrido mosquetero— para aplastar al atrevido que osó dudar de la capacidad de aquél como decidido defensor de los pobres y el más efectivo en esto de reducir la pobreza, sólo provocó risitas que más que solidaridad, reflejaron vergüenza por el ridículo de los tres.

Lo más triste en este sainete barato, es que los participantes que se dijeron de todo y acusaron al de enfrente de lo peor, no han hecho durante sus respectivas responsabilidades lo que se requiere para afirmar que han ayudado a los pobres a mitigar su condición y en algunos casos, a dejarla de manera definitiva. ¿Acaso piensan, el uno y los otros, que la dádiva que mantiene postrados y en la esclavitud apenas disfrazada a millones, es el camino que posibilitará abandonar dicha condición?

La pobreza, para reducirla y sacar de esa condición a millones, exige cambios profundos que les regresarían lo robado: su libertad para decidir lo que les conviene y ejercerla a plenitud. Los pobres, para dejar de serlo, no requieren los adjetivos que aquellos tres se lanzaron, sino acciones correctas.

Podrán seguir los tres —y otros más— con el espectáculo que ya a nadie entretiene, mientras los pobres siguen ahí; se presentarán como sus salvadores y lanzarán —entre un adjetivo y otro— una cartera de huevos o una botella de aceite mientras que el jodido que tuvo la desgracia de ver esos productos por la televisión, sólo pudo desear —en ese preciso momento— tener al menos eso en su mesa, hoy vacía.

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