Guadalajara
GUADALAJARA. Con algunos tropiezos en la organización, dio inicio la edición número 26 del Festival de Cine de Guadalajara. En la nueva administración de Iván Trujillo Bolio se han tomado decisiones importantes como es el hecho de pasar la sede del Festival a las ...
GUADALAJARA.— Con algunos tropiezos en la organización, dio inicio la edición número 26 del Festival de Cine de Guadalajara. En la nueva administración de Iván Trujillo Bolio se han tomado decisiones importantes como es el hecho de pasar la sede del Festival a las instalaciones de la Expo Guadalajara. Esto es lo que se debió hacer desde hace tiempo, pues cuando la sede era en hoteles todo estaba muy desarticulado. Como en otros festivales, ahora todas las áreas del evento están en el mismo recinto para conferencias de prensa, industria, invitados, información, entrevistas, cabinas de audio y video, etcétera.
El conjunto de salas más próximo es Cinemark y es un verdadero bunker muy claustrofóbico construido a cinco pisos de profundidad abajo del estacionamiento de una plaza comercial. Las otras salas son Lumiere y eso sí que está lejos. Son los inconvenientes de una ciudad tan grande como Guadalajara.
También ha fallado la puntualidad, pues en un Festival de cine en que la gente organiza su agenda con los horarios de las películas es indispensable que todo sea muy preciso y en la sala Diana Bracho habilitada en la Expo llega a haber retrasos hasta de diez minutos.
Entrando en materia, para hablar de cine empezamos con Amador, cinta española en competencia dirigida por Fernando León de Aranoa (Los lunes al Sol, Princesas) e interpretada por la peruana Magaly Solier (Madeinusa, La teta asustada). De lo mejor que he visto durante este festival, ella es una actriz con un talento natural, bella y expresiva, que maneja nuestras emociones con miradas de una profundidad conmovedora. La historia gira en torno a unos inmigrantes en Madrid que sobreviven robando rosas y vendiéndolas en el mercado negro. El refrigerador en que conservan las flores se descompone y ella consigue otro trabajo para pagar uno nuevo cuidando a un anciano muy enfermo. La verdadera película empieza cuando el anciano muere antes de que ella reciba el sueldo que necesita tanto.
Muy bien escrita, con diálogos inteligentes, giros de tuerca inesperados y un exquisito sentido del humor, es una pequeña gran película que confirma que “menos es más”.
La española También la lluvia de Icíar Bollaín también está en competencia y se mueve en la línea del “cine dentro del cine” al presentar un grupo de realizadores que van a filmar una película encabezados por el productor Luis Tosar, muy bien y convincente, y el director Gael García Bernal, un poco indefinido, pero por inconsistencias en el guión hacia el final de la película. El equipo de técnicos y actores llegan a un poblado de Bolivia para filmar una historia sobre la llegada de Cristóbal Colón a Santo Domingo, en un guión que hace énfasis en las atrocidades cometidas contra los indígenas.
Durante el rodaje, en el pueblo se gesta un movimiento de protesta por los derechos del agua que va entrando en una escalada de violencia que pone en riesgo la integridad de todos y sobre todo cuestionará sus principios.
Dentro de la inercia interesante que trae el documental mexicano, el realizador Everardo González sigue reafirmándose como un gran contador de historias que, además, tiene una postura muy definida en la exposición de sus ideas y conceptos. Desde La Canción del Pulque y la espléndida Los ladrones viejos, Everardo va en un profundo proceso de maduración y compromiso y ahora en El cielo abierto aborda una historia sensible en torno a la figura de Óscar Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador en los años 70, y su profunda transformación espiritual y personal que lo llevó a convertirse en el líder de la defensa de los derechos humanos de los pobres a través de sus polémicas homilías y su enorme carisma. El documental se articula con los testimonios de personas que vivieron la represión y la guerra civil en ese país, gente que conoció a Romero, la escalada de violencia que fue el caldo de cultivo de un violento movimiento armado en el que los campesinos se levantaron apoyados por el propio monseñor Romero y otros sacerdotes que, aunque no promovían la guerra, tampoco toleraban las injusticias a que eran sometidos. Muchos sacerdotes comprometidos con la defensa de los campesinos, sumidos en una desgarradora pobreza, fueron marcados como simpatizantes de la izquierda y acabaron muertos. En 1980 eso ocurrió finalmente con Oscar Arnulfo Romero que, sabiendo que estaba sentenciado a muerte, en una homilía histórica llamó al Ejército a la desobediencia para que no siguieran matando a sus iguales; ahí mismo una bala cortó su lucha. Otro gran trabajo de Everardo González que debe encontrar un espacio en las carteleras nacionales.
