Silvio y Muammar
El uso de la fuerza decretado por los aliados deja ver, con una claridad poco habitual, las costuras de la política internacional
Pocos países, como Estados Unidos, han logrado la perfección de la ortodoxia en sus procedimientos internacionales. La repetición de fórmulas en situaciones análogas le han permitido imponerse en las más diversas circunstancias en momentos muy distintos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Acuñando los principios generales de la lógica del cinismo político, frases como “no tener amigos, sino intereses”, o el ejercicio de la subversión financiada y el disfraz de los movimientos amparados en la política exterior de Estados Unidos, le han reportado algunos reveses y no pocos momentos exitosos. Esta lógica de lo cínico se afianza en profesionales de la diplomacia, la presión, el entendimiento y el chantaje. Ese mundo fantástico de espías y ladrones, de altísima política y de encuentros escondidos, ilustrada por Norman Mailer en su obra Fantasma de Harlot, no es sólo el cobijo de empresas millonarias sino una auténtica política de Estado que supera a los hombres fuertes de cada momento al grado de que, como Cronos, devora a sus propios hijos. Ese juego puede ser muchas cosas, pero lo que no puede ser es una experiencia para aficionados.
Ahora que Libia, a diferencia de otras naciones norafricanas y árabes, no pudo resolver sus presiones políticas, sociales y democráticas con renuncias pactadas de sus dictadores, el uso de la fuerza decretado por los aliados deja ver, con una claridad poco habitual, las costuras de la política internacional y la forma más o menos venal con que cada líder se conduce en la crisis. De Obama no hay mucho que decir, actúa en consecuencia con sus políticas de Estado y apuesta por ellas como un boleto para su posible reelección; del ambivalente dictador Gadhafi —el que antes de la reforma ortográfica era Khadafi— tampoco hay mucho que decir, sino que ha servido con denuedo a sus amos en Occidente y hoy cosecha los frutos de la doble moral que contribuyó a construir. Pero el que llama la atención, por su desfachatez y su corta lectura de la realidad, es —como resulta tradición— don Silvio Berlusconi.
Hace poco más de un año, Berlusconi besó la mano de Gadhafi, en un encuentro durante la cumbre de la Liga Árabe; hace dos años, pidió perdón al libio por la ocupación colonial ocurrida entre 1911 y 1943. Hoy, el principal socio del decaído dictador es el “alazán” italiano y, en consecuencia, Italia es el principal inversionista en Libia y Libia es la principal proveedora de energéticos para Italia. Al igual que acontece con otros rubros de la vida política italiana, las extensiones de los intereses personales de Berlusconi se vuelven razones de Estado en medio de una furiosa confusión entre necesidades diplomáticas y deseos personales del premier italiano.
De aquí las dificultades de Italia para conciliar sus intereses con la decisión de sus aliados de echar a palos a Gadhafi y su renuencia a que se ejerza la presión necesaria para acabar con la dictadura. Ahora que queda claro que ni Libia es Egipto ni Gadhafi es Mubarak, también es de apreciar que ni Italia se está comportando como EU ni Berlusconi, no digamos que sea Obama, sino que ni Berlusconi entiende mucho qué son “políticas de Estado”.
*Profesor de la Facultad de Derecho. UNAM.
