Entre lo público y lo privado, políticos, actores y estilo de gobierno
La nueva hornada de estereotipos incluye imágenes femeninas jóvenes, ágiles, que pretenden rivalizar con quienes actúan en escenarios y telenovelas. Las exigencias no se limitan al uso de fotografías retocadas para borrar arrugas y disimular defectos.
Actores y políticos tienen mucho en común: su actividad principal es representar. Unos, recrean situaciones y conductas que son de sus personajes y su forma de expresarse es a través del cuerpo. Las y los políticos actúan por cuenta de un electorado que les dio su voto para conducir la vida colectiva. Por un periodo, ese es —o debiera ser— su único papel. No son las formas corporales su vehículo de expresión; debieran ser sus ideas y, sobre todo, sus actos. Los ciudadanos los juzgamos por sus resultados. A la mayoría no nos interesa saber cuáles son sus preferencias, cómo viven o conocer sus habilidades para el baile.
Para los medios de comunicación, la frontera entre artistas y políticos es cada vez más delgada. Los programas de entretenimiento tienen entre sus invitados a algunos políticos, no para hablar de sus acciones como gobernantes, sino para participar en calidad de invitados, de sus actividades y concursos.
En estos tiempos, políticos y artistas enfrentan el dilema de hacer o no de su vida privada un asunto público. El uso y cultivo de la imagen personal, que para actores y actrices es parte sustancial de su profesión, se vuelve cada día más importante para los políticos. Muchos artistas defienden su privacidad, en particular en lo que tiene relación con sus familias. Algunos políticos la han hecho parte de las campañas y del marketing electoral.
Estos cambios afectan a las mujeres políticas. La nueva hornada de estereotipos incluye imágenes femeninas jóvenes, ágiles, que pretenden rivalizar con quienes actúan en escenarios y telenovelas. Las exigencias no se limitan al uso de fotografías retocadas para borrar arrugas y disimular defectos. Ni siquiera se considera suficiente aprender a sonreír y actuar ante las cámaras para convencer a los votantes. Se intenta crear una estrategia de capacitación que tiene que ver con un estilo de gobierno, en la que lo más importante a comunicar son asuntos del ámbito estrictamente personal, como la figura, la ropa, las fiestas, los encuentros y los desencuentros.
Los políticos se parecen a los artistas cuando hacen de su popularidad el criterio de su desempeño. Se vale. Pero no son cantantes ni estrellas, ni sus formas de comunicación pueden ser las mismas o no debieran serlo. Las consecuencias son altas: hacer el ridículo, caer en la banalidad, hacer de asuntos privados materia de escrutinio público y de confrontación.
Para las mujeres políticas el riesgo es aún más elevado. Quienes participamos en la vida pública somos transgresoras de un orden patriarcal enraizado en la cultura discriminatoria de la sociedad. Que baile el gobernador de Coahuila, hoy presidente del PRI, no significa lo mismo que lo haga la gobernadora de Yucatán. A ellos no los invitan a programas de espectáculos, a la gobernadora sí. La responsabilidad de las mujeres en cargos de representación es todavía mayor que la de sus colegas masculinos: tienen que evadir las trampas que buscan reforzar estereotipos de género: la fragilidad, el llanto fácil, la veleidad y la frivolidad. Las mujeres políticas tenemos el derecho a construir nuestras propias formas de participación, sin imitar ni a las artistas ni a los hombres.
*Ex senadora. Primera directora del Programa Nacional de las Mujeres (1998)
