Poesía y protesta
El silencio anunciadopor el poeta Javier Sicilia debe convocarnos a una reflexión serenasobre lo que implica, pues estamos llegando al límite de una existenciaque no es digna de ser llevadera.
Un agravio moral recorre al país; la violencia asesina se ha transformado en una violencia terrorífica presentada en la figura de las fosas clandestinas y las decenas de desconocidos que en ellas yacen; quizá migrantes, quizá víctimas de secuestro; todas vidas segadas que, más allá de las curvas estadísticas, con las que pretenden minimizarse los hechos, nos alertan sobre el grado de ruptura del tejido social que comenzamos a enfrentar.
No hay ya ninguna entidad del país en donde no se haya vivido un episodio de muerte brutal, provocado por los cárteles de la droga; por ello, las marchas que se llevaron a cabo la semana pasada para exigir, tanto a las autoridades como a las bandas criminales, que cese la mortandad que se ha generado en los últimos años, deben mover a las autoridades a tomar decisiones de gran calado para responder al clamor de una ciudadanía lastimada y con una profunda sensación de inseguridad y miedo.
Ante este escenario, el silencio anunciado por el poeta Javier Sicilia debe convocarnos a una reflexión serena sobre lo que implica, pues estamos llegando al límite de una existencia que no es digna de ser llevadera. La poesía escribe con palabras mayores, habría escrito el filósofo Nicol, y por ello el silencio de un poeta no es sólo la renuncia a la escritura de una persona; es antes bien un reclamo ético de quien ha logrado que el lenguaje hable.
La carta pública presentada por Sicilia sigue obedeciendo a una estructura poética, sobre todo si se entiende a la poiesis en su sentido radical: creación pura; habitación del espacio por el lenguaje para apropiarse del mundo, creándolo.
Desde ahí nos convocó a pensar en los pactos necesarios para frenar la guerra; ante tal convocatoria debemos ser capaces de abrirnos a la imaginación y a darle peso y sentido a las palabras; ¿por qué reducir la idea del pacto a la del armisticio y cese al fuego?
Podríamos convertir la convocatoria en una invocación, que en sentido poético no es otra cosa sino el llamado a las musas para inflamar la imaginación. ¿Por qué no ampliar la noción y el ámbito del pacto a una gran alianza nacional que, sustentada en un proceso múltiple de diálogos y debates, nos lleve a clarificar el sentido y el rumbo para el país?
Es paradójico que la nuestra, la generación de los Centenarios, haya perdido la brújula y sea incapaz de la reconciliación. Por ello no debemos callar y, en consecuencia, exigir que quien llegue al poder no gobierne una vez más sólo desde su visión de país.
El papel de la poesía en la modernidad, sostenía Octavio Paz, ha sido y es el de la crítica; la palabra poética de nuestra época nació en un balde pletórico de protesta, y hoy, en nuestros atribulados días, no podría tener otro sentido que, desde la profundidad de la inteligencia y el espíritu, animarnos a la rebeldía.
No podemos ser pasivos ni guardar silencio ante el oprobio, la incapacidad de los gobernantes y la corrupción, la pobreza, la explotación y todos los demás agravios sociales; pues si algo revela el carácter violento y abusivo del poder, es precisamente la palabra que nos revela en plenitud los rostros de la injustica. Si es así, apostemos pues por la poesía y la protesta.
* Director del CEIDAS, A. C.
