Pobreza y felicidad

A la mitad de nuestra población le resulta difícil o muy difícil vivir de sus ingresos. ¿Por qué, si trabajamos mucho, somos pobres? ¿Por qué, si nos esforzamos tanto, nuestro ingreso se queda en pocas manos?

Según un reciente informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), de entre los 30 países que la conforman, México es la nación en la que, en promedio, las personas trabajan más horas: diez diarias. Igualmente, nuestro país ocupa el segundo lugar en desigualdad de ingresos y el uno en pobreza. Asimismo, a la mitad de nuestra población le resulta difícil o muy difícil vivir de sus ingresos. ¿Por qué, si trabajamos mucho, somos pobres? ¿Por qué, si nos esforzamos tanto, nuestro ingreso se queda en pocas manos? Las respuestas tienen que ver con la productividad de la mano de obra (asociada a los salarios) y con las políticas fiscal y social.

En primer lugar, dado que nuestra economía es en gran parte informal, millones de trabajos son de poca productividad. En segundo, muchos trabajos formales pertenecen al sector servicios, lo que significa igualmente que son de baja productividad. En tercer lugar, como me lo comentó en alguna ocasión Guillermo Güémez, ex vicegobernador del Banco de México, algunos trabajos formales sí son productivos, por ejemplo en la industria automotriz, pero el contexto en el que se desenvuelven dichos trabajos “se come” la productividad generada: corrupción, altos costos de electricidad, falta de infraestructura adecuada, elevados impuestos a las ganancias corporativas y al ingreso, pagos a la seguridad social, sindicatos abusivos, etcétera. De esta manera, las empresas productivas sobreviven castigando los salarios que pagan, lo que contribuye a la disparidad del ingreso. Vale aclarar, no obstante, que incluso tomando en cuenta la observación del maestro Güémez, los sectores mexicanos de alta productividad están todavía muy lejos de los niveles de productividad generados en países como Noruega, una cuestión vinculada a nuestra falta de educación. En cuarto lugar, dado que somos un país donde escasea el capital humano, la pequeña minoría que logra una educación universitaria de calidad es altamente productiva y termina acaparando los mejores salarios, lo que también ayuda a entender la desigualdad del ingreso. En quinto lugar, ésta no se ve atenuada como debería, porque la política fiscal no es capaz de recaudar lo suficiente y, por si fuera poco, mucho de lo que el gobierno sí recauda, se gasta mal. Finalmente, lo anterior se refleja en la política social, entendida en el sentido amplio: faltan médicos, hospitales, mejores escuelas y profesores, medicamentos, más y mejores programas de solución a la pobreza y a la falta de oportunidades, etcétera, cuestión que resulta en que la desigualdad del ingreso permanezca.

Ahora bien, en el ya citado reporte, se comenta también que México es el tercer lugar de la organización en términos de, digamos, felicidad, pues los mexicanos reportamos un gran número de experiencias sicológicas positivas, como disfrutar, aprender y sonreír. Paralelamente, nos ubicamos por debajo del promedio de toda la OCDE en términos de experiencias negativas, como sentirnos deprimidos, tristes o preocupados. En otras palabras, somos los más pobres pero, también, somos de los más felices. Esto no es sólo interesante sino paradójico.

¿Por qué ocurre lo anterior? Dos hipótesis: 1) genuinamente somos un pueblo feliz; lo dudo, pero es posible y, 2), nos hemos sobreadaptado al estereotipo latino-mexicano, según el cual los latinos somos personas alegres; tenemos la sangre “caliente,” sabemos divertirnos como nadie, bailamos salsa desde el vientre materno, tenemos una comida maravillosa y contamos con tradiciones que son la envidia del universo entero.

Me quedo con la hipótesis dos. Y es que, si no nos sobreadaptáramos a lo que he descrito, el país ya se hubiera colapsado: no hay pueblo que aguante lo que aquí ocurre a menos que esté convencido de que, a pesar de todo, como su país, es decir, como México, no hay dos. El problema es que, si seguimos pensando así, difícilmente seremos realmente un mejor México, ¿o sí?

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