Orient Express

Tengo la incomparable fortuna de haber podido vivir en la era de los trenes, y de haberla podido gozar a tutti pleni. Porque esa era ha prácticamente caducado. En países como el nuestro sencillamente porque los trenes de pasajeros han desaparecido. En una decisión ...

Tengo la incomparable fortuna de haber podido vivir en la era de los trenes, y de haberla podido gozar a tutti pleni. Porque esa era ha prácticamente caducado. En países como el nuestro sencillamente porque los trenes de pasajeros han desaparecido. En una decisión ignominiosa e inadmisible (y que sin embargo admitimos), el gobierno del presidente Zedillo extinguió Ferrocarriles Nacionales de México, privatizó las vías y el material aprovechable y nunca exigió a las empresas concesionarias que mantuvieran el transporte de pasajeros. Cláusula que no hubieran podido rechazar.

Así pues, únicamente quedan en el país el Chihuahua-Pacífico, que es únicamente turístico y de recreo, panorámico, y el trenecito de Chapultepec, que ya con llantas y sin vías, sigue dando vueltas entre animales exóticos. Teniendo en cuenta el papel que los caballos de hierro han jugado en la historia de nuestro país, su ausencia es tanto más patética y dolorosa. Los únicos pasajeros que aún utilizan hoy nuestros ferrocarriles son los mojados centroamericanos que, encaramados en vagones de carga (en eso se convierten finalmente, en carga), intentan atravesar el país entero y llegar a la otra frontera.

La excusa para tal desaguisado no puede ser más baladí e ilegítima: los convoyes de pasajeros no eran rentables. No pos no. Tampoco lo es el Metro de la Ciudad de México y no por eso se le va a ocurrir al gobernante de turno suprimirlo. En fin, eso espero; más me vale callar y no andar dando ideas. También se dijo que el transporte de personas era lento e ineficiente. La excusa baladí e ilegítima de siempre. Primero la dejan morir y envejecer, sin las inversiones necesarias para su modernización y mantenimiento, y luego salen con que ya no es sostenible. ¿De veras? Cinismo destilado.

Para que se dé usted cuenta de la magnitud del desastre, sólo piense, calculador lector, que en 1910, cuando Porfirio Díaz debe abandonar el poder y el país, existían en México 20 mil kilómetros. De vías practicables. Y que en 2000, 90 años después, había (¿hay?) 24 mil. ¡Casi un siglo para construir cuatro mil kilómetros más! Demagogos impresentables.

En un mismo convoy, los ricos pueden viajar como ricos y los pobres como pobres. Y ambos lo agradecen. No sé a quién le leí que el mejor remedio contra la melancolía y la desesperanza es hacer un buen recorrido en tren. Coincido plenamente. No hay (no había) nada más relajante y al mismo tiempo estimulante. En coche o autocar, aunque no maneje uno, está siempre pendiente, quiera o no quiera, del manejo. En el tren uno lo olvida completamente. Y sus grandes ventanales, contradictoriamente llamados “ventanillas”, son auténticos óleos cambiantes. Un hermoso documental. Con una banda sonora un tanto monótona, eso sí.

Pero la calamidad, ay, es aún mayor. Porque en los países en los que sí le dan importancia a los trenes, y donde constituyen por mucho el principal medio de transporte (por tonelada-kilómetro de mercancías y por número-kilómetro de pasajeros), los ferrocarriles ya no son los de antes. Han perdido, si no todo, sí gran parte de su encanto. En primer lugar, van hechos la madre, a menudo a más de 300 kilómetros por hora. La mayoría de los viajes se han hecho breves. De manera que hoy ir de la Ardèche, en el sur de Francia, a París, toma tres horas. En mis tiempos eran 12. Cenaba uno en el vagón restaurante, se tomaba la copa en el vagón bar, se acostaba en su compartimento o litera, según el dinero de que disponía, se levantaba al aviso del conductor, desayunaba y se apeaba. Una verdadera delicia.

Hoy aquello parece un avión. Ya no hay compartimentos. Las butacas forman filas, sin la más mínima intimidad. El documental del exterior da la impresión de que pasa en cámara rápida, como en el cine mudo. Hoy, en tren, ya no viaja uno. Se desplaza. Si quiere uno gozar de las antiguas delicias, con trayectos largos, pullman y restaurantes, debe abordar trenes de lujo carísimos que no lo llevan a ningún lado. Moverse por moverse. Como los cruceros en navío, que han sustituido —es un decir— a los auténticos trasatlánticos.

Pero yo sí pude, in extremis, viajar en el mítico Orient Express, que hoy, desde que existe el túnel bajo el Canal de la Mancha, va de Londres a Estambul. De la pérfida Albión al Bósforo y las puertas de Asia. Lo abordé varias veces, de Bucarest a París y de retache. Tanto por su ruta norte, a través de Alemania, como por su ruta sur, también llamado Direct Orient, por el Simplón e Italia. En cualquier caso, tres noches y dos días. Qué experiencia, qué placeres, qué amistades, qué sensaciones y vivencias.

Y, una vez embarcado, nunca pude dejar de abrigar la esperanza de un crimen fabuloso a bordo, y de ver aparecer la figura rechoncha, amable y elegante del gran, delicioso, inolvidable Hércules Poirot. ¿Quién podría?

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