El elefante en el cuarto

No podemos negar que el bullying se ha convertido en tema recurrente en todos lados, por los efectos que acarrea a quien lo padece.

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

¿Cuál será el último pensamiento de alguien decidido a ejecutar un crimen? ¿Qué lo obliga? Lo pregunto por Wellington Menezes de Oliveira, el asesino de Río de Janeiro que la semana pasada conmocionó al mundo tras asesinar a 12 niños y dejar heridos a otros más al infiltrarse a una escuela primaria.

Lo pienso porque ya hay un par de videos que nos dan más datos, incluso más allá de las palabras que frente a la cámara dice.

Que si fue por un trauma en sus años de estudiante, se dijo víctima de abuso por parte de sus compañeros. Que si fue una venganza o revancha por lo que vivió y lo que viven muchos niños y jóvenes en el  interior de su escuela.

Y aunque lo cierto es que no podemos negar que el bullying se ha convertido en tema recurrente en todos lados, se comienza a reconocer y a tratar como tema indispensable para la buena convivencia dentro de las escuelas, por los efectos que trae a quien lo padece.

También es cierto que no hay punto de encuentro entre lo que se vive y hace que justifique lo que varios han hecho. El de Brasil, es el episodio más reciente, pero el mismo asombro y enojo nos han provocado otros tantos anotados ya en el pasado, como el de Virginia, el de Columbine. Este último retratado espléndidamente por Gus van Sant en Elephant, de ahí el título de la columna de hoy, justamente, con una premisa donde cabe la pregunta que escribía al inicio, aunque con una mirada a las causas, la preparación y el paso de los días, horas y minutos previos a la masacre, vista desde los ojos de los responsables.

De eso se trata el video de Menezes de Oliveira. Tenía 23 años, ya se había encontrado una carta escrita por él, en donde revelaba que era portador del virus de VIH. En el primer video, difundido hace unos días, Menezes hizo clara confesión sobre el abuso físico que desde estudiante sufrió. Pero en la segunda grabación, ya no se ve a una víctima, sino a un joven decidido a cometer su crimen.

Lo dedica a todas las personas que como él han sido humilladas, a todo aquel que debe soportar el abuso de quien es más fuerte, de quien es menos ingenuo o bondadoso, según decía él. También revela un par de detalles más: visitó la escuela dos días antes de la masacre, fue sin barba para pasar desapercibido, y analizó el edificio para saber cuál sería la mejor forma de infiltrarse y llegar a los estudiantes. Y, al final, se revela como una persona sola, sin “nadie a quien darle satisfacción” y, claro, profundamente triste, tanto, que su mirada no alcanza a encontrar un punto en donde mantenerse fija.

Es de una rabia tremenda que actos como el de Wellington Menezes de Oliveira se comenten, nos provocan coraje contra aquel que los lleva a cabo, pero también causa un enorme desasosiego asomarnos un poco, y con tantita sangre fría, al común de las causas de episodios como éste, donde el bullying pesa, y pesa mucho. Y es que en esos factores tenemos que ver todos, de forma particular y como parte de una sociedad, donde aún somos víctimas de miedos e inseguridades que, tristemente, muchas veces terminan por volcarse en odio hacia uno, hacia algunos o hacia todos.

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