El silencio de San Fernando

Hubo un tiempo en que el nombre de México significaba libertad y esperanza. En el recuento de su escape de Auschwitz en abril de 1944, Walter Rosenberg y Alfred Wetzler describen que primero se ocultaron durante tres días en un escondite del campo al que llamaban ...

Hubo un tiempo en que el nombre de México significaba libertad y esperanza. En el recuento de su escape de Auschwitz en abril de 1944, Walter Rosenberg y Alfred Wetzler describen que primero se ocultaron durante tres días en un escondite del campo al que llamaban “México”, en el que esparcieron tabaco remojado en gasolina para que los perros no los pudieran detectar. Una vez que las autoridades carcelarias los dan por perdidos y retiran a los guardias de los alrededores del campo, emprenden su verdadero escape el 10 de abril de 1944. Once días después llegan a Eslovaquia, contactan a las autoridades judías y del  testimonio que dan surge el Informe Rosenberg-Wetzler, de 40 páginas, en el que detallan la máquina mortífera del subcampo de Birkenau en Auschwitz y los planes de los nazis para ampliar las instalaciones con el fin de recibir a cientos de miles de judíos húngaros. Algunos les creyeron y salvaron a cientos de miles, otros no y condenaron a millones.

Es difícil decir qué es lo más estremecedor del Holocausto pero a mí me sacudió la conspiración del silencio que rodeaba a las víctimas, de tal manera que en el viaje en tren hacia los campos de exterminio regados por Polonia, nadie sabía o podía siquiera imaginar que iba a las cámaras de gas. Los testimonios que recoge la película Shoa, de Claude Lanzmann, relatan que, en las estaciones de tren cercanas a los campos, algunos ciudadanos les hacían, con variadas expresiones de sorna o duelo, el gesto ése de “cuello”. Los pasajeros del tren no lo comprendían, no lo podían creer.

Ojalá sea una desmesura comparar los viajes del tren de la muerte con aquellos de los autobuses que han llevado a cientos de migrantes a una fosa común en el municipio de San Fernando, Tamaulipas. Pero no es una desmesura afirmar que un silencio cómplice ha permitido la muerte de por lo menos 217 ciudadanos inocentes.

Las autoridades han encontrado aparentemente al culpable de las masacres de San Fernando, un tal Omar Martín Estrada Luna, perteneciente a Los Zetas, pero todavía no se puede afirmar que no haya más fosas. Y no se acaba el problema con el hallazgo del presunto culpable porque la Comisión Nacional de Derechos Humanos ha informado de por lo menos cinco mil 397 mil desaparecidos desde 2006, a los que ha identificado con nombre y apellido. Si antes había la esperanza de que se encontraban en Estados Unidos, ahora muchas familias de los municipios expulsores de migrantes se han topado con la ciencia y acuden a donar sangre para identificar el DNA de parientes desaparecidos.

Ya sabemos que varios de los parientes de los desaparecidos sí fueron a poner denuncias y, o fueron ignorados o fueron referidos directamente a los narcos. Ahora podemos suponer que los dueños de los autobuses guardaron silencio criminal, lo mismo los choferes, las autoridades locales, aquellos vecinos que, como en Falkenau, el pequeño campo polaco filmado por Samuel Fuller, tuvieron que haber percibido algo, siquiera el olor a muerte. Guardaron silencio los ministerios públicos y las autoridades de la PGR que recibieron las denuncias de los familiares y que tuvieron que darse cuenta del aumento inusual de esas denuncias. Guardaron silencio las fuerzas policiacas que vigilaban esas carreteras. Guardaron silencio los que daban servicio  a esos autobuses, desde las cafeterías a los que usualmente bajaba el pasaje hasta los que limpiaron trazas de sangre; guardaron silencio los criminales polleros. Y guardó silencio la burocracia del Instituto Nacional de Migración. Una tragedia para los ciudadanos y una vergüenza para el gobierno y el país entero. Nos vemos en twitter: @ceciliasotog

        *Analista política

            ceciliasotog@gmail.com

Temas: