Record Store Day
Desde hace un año, tal vez dos, las lágrimas llegan a mis ojos con más facilidad que antes. No recuerdo que en mi juventud llorara tanto como lo hago ahora. Una escena en una película, un reportaje en una revista, una canción new wave, hasta un video en You Tube que a ...
Desde hace un año, tal vez dos, las lágrimas llegan a mis ojos con más facilidad que antes. No recuerdo que en mi juventud llorara tanto como lo hago ahora. Una escena en una película, un reportaje en una revista, una canción new wave, hasta un video en You Tube que a todos los demás les causa gracia, despiertan mi sensibilidad y, casi sin darme cuenta, ahí van de nuevo las lágrimas.
Debo aclarar que no lloro como Magdalena, ni berreo como niño berrinchudo por un muñeco de Spider Man. Pero en nuestra sociedad se dice que los hombres no deben llorar, así que unas cuantas lagrimitas en los ojos deben ser el correspondiente a llorar en forma para las mujeres.
No tengo ningún problema con decir que ahora lloro mucho, así que me he encontrado con otros hombres de mi edad que tienen esta manía que antes no. Ciertas cosas van cambiando, algunas son muy obvias, pero de otras nadie dice nada.
En una fiesta, hace ya unos meses, un tipo 15 años mayor que yo decía que la vejez se notaba en el termostato (así lo decía él). Conforme van pasando los años el termostato corporal se atrofia y aunque haga una noche calurosa, hay personas que necesitan por lo menos una chamarra o un saco. “Somos los viejos los que no podemos salir sin taparnos, los jóvenes van en camiseta a todos lados”, decía este amigo circunstancial. Tiene razón. Con el tiempo me visto con más ropa que antes. Recuerdo que mi madre, antes de salir a la calle, siempre me decía que me pusiera algo para el frío. ‘¿Cuál frío?” pensaba que mi madre exageraba. Ahora me doy cuenta que percibíamos el clima de diferente forma.
También descubrí lágrimas en los ojos de mi padre. Recuerdo que alguna vez se las noté mientras el veía un partido de beisbol en la televisión o cuando subíamos un cerro en Tepoztlán. Nunca supe a que se debían, tampoco le pedí explicaciones. Ahora entiendo, o eso creo, que las lágrimas no se debían a un momento trascendental en su vida. Tal vez eran esas mismas lágrimas que me salen a mi sin saber a que vienen a cuento. Qué bueno que no le pregunté a mi padre la razón de sus lágrimas, ahora sé que ni él
mismo lo sabía.
El sábado pasado se celebró (como desde el 2007) el Record Store Day en EU y en otros lugares del mundo donde todavía existen tiendas independientes que venden LP, CD, casetes y cualquier formato que se pueda tocar que contenga música grabada.
Las tiendas hacen descuentos y algunos artistas se suman sacando discos especiales, tocan en las mismas tiendas o hacen algún evento para que no pase inadvertido ese día. Escogieron para celebrarlo el tercer sábado del mes de abril, así que, como la Semana Santa, nunca cae el mismo día.
Yo andaba en el festival Coachella cuando sucedió este año y vi a muchos jóvenes con discos de vinil en la mano. Supongo que los habían comprado ahí en el festival, donde había una tienda de discos. Yo ni siquiera me acerqué, estaba tan ocupado yendo y viniendo entre escenarios para ver el mayor número de bandas posibles que no “celebré” comprando nada. Me extrañó ver a unos chavitos de no mas de 20 años con el vinil de Milk and Honey, de John y Yoko. Si esto es lo que logra el Día de la Tienda de Discos, entonces van por buen camino.
Ayer me forwardearon un link con 40 fotos de tiendas de discos en EU, que hace unos años estaban en auge, y que ahora están cerradas. Algunas de las fotos fueron tomadas en la época del cierre, se ven los carteles anunciando descuentos ridículos de hasta 80 por ciento. Otras fotos muestran las tiendas ya cerradas y en total decadencia. En una de las tiendas hay un graffiti que reza: Technology stole my record store. Conforme pasaba de una foto a otra reconocí varias. Café Tacvba, al igual que muchos grupos de nuestra generación, giramos mucho por Estados Unidos en los años 90, gracias al boom de rock en español que se dio en esos lares.
Sobra decir que me descubrí con lágrimas en los ojos al llegar a la última foto. Me acordé de muchas cosas. No fueron demasiadas lágrimas, la verdad, pero si unas cuantas como para ponerme a escribir.
Lo raro es que en México, donde todavía tenemos tiendas de discos, también me dan ganas de llorar, pero de rabia: no tienen los discos que busco o, si los tienen, los venden muy caros. Pero ésa es la menor de nuestras broncas.
Nuestra situación como mexicanos es otra. Ojalá que nuestros problemas fueran de la magnitud de “ya no hay más tiendas de discos” y no nos preguntáramos todos los días ¿cuántos muertos hay?, ¿cuándo se va a acabar todo esto?
Espero que pronto.
