Reformas diferidas
La partidocracia y sus incondicionales paleros han aplicado, como estrategia de acción, la inacción.
Desde tiempos de Fox, más de una década en que a la sociedad se nos ha machacado —como si de nosotros dependiera— sobre la imperiosa necesidad de aprobar reformas estructurales imprescindibles para la modernización del país. Tras tantas ocasiones en que “ora sí” van las reformas, sentimos que nos están tomando el pelo.
La partidocracia y sus incondicionales paleros, aquellos que alzan la mano por consigna en las cámaras han aplicado, como estrategia de acción, la inacción. Tras haberse discutido, modificado y aceptado la iniciativa de reforma en turno, surgen voces tendientes a abortar el proyecto, las más de las veces diciendo que la trascendencia de la reforma a votarse amerita una previa consulta pública y es entonces cuando se echa a andar la infalible táctica dilatoria.
¿Acaso los legisladores no fueron electos para defender los intereses de sus representados? De no ser así, debería eliminarse a las autoridades y que se gobierne con el apoyo de encuestadores que vayan por la vía pública recabando opiniones, y ni así, en la reciente experiencia en el Estado de México, en que la voluntad de los encuestados fue ninguneada.
Recordemos cuando la entonces coordinadora parlamentaria del PRI en la Cámara de Diputados, Elba Esther Gordillo —2003— apoyó al PAN en su iniciativa de reforma tributaria. La propia bancada del PRI desconoció la decisión de su líder, procediendo a la remoción de la misma.
Felipe Calderón —2008—, considerado más hábil negociador parlamentario que su antecesor, presentó su iniciativa de reforma energética, la que originalmente permitía la participación de empresas privadas en la generación y distribución de energía eléctrica, en la extracción y el procesamiento del petróleo y en la producción de otras formas de energía.
Las reacciones no se hicieron esperar: violenta toma de tribuna impidiendo todo debate, ayuno de 46 legisladores miembros del Frente Amplio Progresista, mítines en el Zócalo, desfile de adelitas, foro de consulta democrática durante 42 días en el Senado. Finalmente, seis meses después, se aprobó una minimizada reforma energética.
Ahora, tras 16 meses de negociaciones, está por aprobarse —aunque rasurada— la reforma política, incorporando la reelección de diputados federales a partir de 2015 y de senadores para 2018, los mecanismos para sustitución del Presidente en caso de ausencia, candidaturas ciudadanas a partir de 2015, referendo y consulta popular. Se dejan fuera temas como la segunda vuelta en la elección presidencial, construcción de mayorías estables y ratificación del gabinete presidencial.
En cuanto a la tan anunciada reforma laboral, confirmamos que en esto de legislar no existe palabra de honor. El PAN aceptó desechar su propia iniciativa de reforma laboral y aceptar sin cortapisas la reforma presentada por el PRI, con tal de llegar finalmente a un acuerdo tangible. Y es aquí donde ocurrió lo insólito, el PRI respondió que siempre no, que mejor se efectúe una previa consulta ciudadana.
Nula seriedad parlamentaria, presentar una iniciativa de reforma conforme a los propios principios y visión, obtener la aprobación requerida y entonces echarse pa’trás. El motivo real es no querer hacerle olas a las elecciones de julio en el Estado de México. Una vez más en que los intereses del partido se imponen a los de la nación.
Señores, el poder se obtiene para ejercerlo. Solicitar opiniones a diestra y siniestra cada vez que se va a tomar alguna decisión es franca señal de incompetencia.
Irónico, solicitar el poder para luego no poder.
Analista
