Dinero muy sucio

En El padrino se dice, parafraseando a Honoré de Balzac, que “detrás de cada gran fortuna hay un crimen”. Soy completamente ignorante de los secretos, tejes y manejes de las altas esferas de la economía y la política. Lo que sí sé es que se presta para construir ...

En El padrino se dice, parafraseando a Honoré de Balzac, que “detrás de cada gran fortuna hay un crimen”.  Soy completamente ignorante de los secretos, tejes y manejes de las altas esferas de la economía y la política. Lo que sí sé es que se presta para construir escandalosas fortunas, instalar gobiernos, derrocar dictaduras, cometer fraudes, traficar con influencias, drogas, personas, armas, etcétera. Los grandes líderes de la política y de las finanzas en funestas complicidades pueden edificar con la misma facilidad con que pueden destruir, de sus movimientos dependen la seguridad, el futuro y muchas veces las vidas de millones de personas en el mundo. Están como en un Monte Olimpo moviendo los hilos de nuestro destino y nosotros, los pobres mortales, sin saber hacia dónde ver, a quién preguntarle, a quién creerle.

El año pasado, por estas fechas tuve la oportunidad de estar en Detroit, ciudad a la que habíamos ido para escuchar a una notable pianista francesa que como suele suceder se disculpó de última hora aquejada por una “severa gripe”. Con la decepción a cuestas salimos a caminar por la que fuera la sede de las empresas automotrices más poderosas del mundo y que en ese mes de mayo de 2010 parecía una ciudad fantasma, sin vida, sin gente, sin movimientos, de verdad impresionante. Muchos de sus grandes edificios estaban cerrados, locales comerciales grandes y pequeños con las cortinas bajadas; algo de vida le daba el alboroto de los jóvenes por un juego de futbol que tendría lugar esa noche, pero fuera de eso, la nada. Yo me pregunté en ese momento ¿pues qué pasó en este país, el más poderoso del mundo? ¿Qué ha provocado que se respire este ambiente apocalíptico?

El documental Dinero sucio (Inside job, 2010, Estados Unidos) es el segundo trabajo de Charles Ferguson que, en esta ocasión se avienta un clavado en la pantanosa mierda que se produce en Wall Street en contubernio con los diferentes gobiernos que han pasado por la Casa Blanca en los últimos 20 años. Narrado por el actor Matt Damon, con voz pausada y en tono didáctico Dinero sucio sigue con detalle los acontecimientos, obras, omisiones, trampas, tranzas, engaños, embustes y demás acciones que llevaron a una de las más graves crisis económicas desde la Gran Depresión y cómo la globalización de las economías del planeta llevó a un efecto dominó que en cascada golpea todavía y en forma brutal a los propios norteamericanos y a varios países.

Ganador del Oscar al Mejor Documental 2011, este trabajo puede resultar un poco árido para los que no dominamos la terminología elevada de los financieros, pero Ferguson acude a analogías y comparaciones útiles que hacen el lenguaje muy accesible. Le pone nombres y caras a los responsables y a los críticos de las acciones erradas que llevaron a la crisis que desde 2008 no da tregua a millones de estadunidenses y que puso al borde del colapso a los sistemas financieros de países tan estables como Islandia.

No piense usted que Dinero sucio es una aburrida lección de economía que analiza a los malos y los buenos, no. Ferguson logra encontrar el justo medio para hacerse interesante para los que entienden y saben del tema y accesible para los que no, que somos la mayoría. Sin empacho, muestra a los señores del dinero y el poder con bonitos trajes, enormes rascacielos, grandes yates y aviones, mansiones espectaculares, metidos hasta el cuello en el mundo de la droga y la prostitución, algunos no aceptaron hablar con él, como el sobrevalorado Alan Greenspan y Larry Summers, y otros que sí aceptaron y que gracias a la habilidad de Ferguson al preguntar acabaron atrapados en sus propias mentiras, titubeos y descarado cinismo.

Sus entrevistas a numerosos ex directores de bancos e instituciones de crédito quebrados a raíz de la corrupción, dejan claro que las administraciones de Clinton y Bush Jr. apoyaron la desregulación de gigantescas operaciones económicas relacionadas, sobre todo, con la industria inmobiliaria que generaron una enorme burbuja que al romperse dejó más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.

La crisis no fue un accidente, sino otra muestra de la condición humana, de la inmoralidad, la falta de escrúpulos, la decadencia absoluta en la política y la ambición desmedida que han acompañado al hombre desde que camina en dos pies.

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