WikiLeaks y Solzhenitsyn

Por eso, porque los truhanes que pertenecen a las élites suelen salirse con la suya,la gente de a pie echa mano de recursos para equilibrar la balanza, como la denuncia públicaque puede desprestigiar a quienes se valen de su poder para legalizar sus tropelías.

Tenía razón quien dijo que los hombres inventaron la ley para no obedecer a otros hombres. Es de sentido común acordar reglas con las que todos sepan a qué atenerse, porque contrarrestan la subjetividad y evita la arbitrariedad. El problema es que el derecho, que debe ser un instrumento al servicio del ciudadano, tiende a la exuberancia, y con ella se aleja de él. Acaso porque sus artífices desean consciente o inconscientemente conservar el monopolio de su interpretación, una maleza de tecnicismos crece en torno a la norma jurídica. Y no pocas veces una enredadera normativa permite la impunidad del poderoso, el que influyó en su manufactura o tiene dinero para pagar los abogados que lo protejan (remember O.J. Simpson).

¿Cuántas cloacas de corrupción quedan tapadas por cada una que se destapa? Pienso en México al escribir esto, pero mutatis mutandis lo extrapolo al primer mundo. Las herramientas legales son, a menudo, deliberadamente alambicadas aquí y allá. Eso facilita que quienes las saben utilizar favorezcan a unos y perjudiquen a otros, priorizando la letra sobre el espíritu de la ley. La legalidad se pervierte cada vez que una persona honesta es encarcelada por obra y gracia de un ardid legaloide, o cuando una persona ostensiblemente corrupta, cuya mala reputación es vox populi, permanece en libertad por falta de pruebas. Qué bueno que el derecho establezca criterios y códigos para impedir castigos arbitrarios o exoneraciones subjetivas; qué malo que sirvan precisamente al fin opuesto para el que fueron creados.

Alexander Solzhenitsyn, el gran escritor ruso al que le quedó chico el mundo, percibió con lucidez esta desvirtuación del derecho. La expresó luminosamente en un discurso que pronunció en la Universidad de Harvard el 8 de junio de 1978 (traduzco un fragmento de A World Split Apart): “He pasado toda mi vida bajo un régimen comunista y puedo decirles que una sociedad sin un parámetro legal objetivo es ciertamente terrible. Pero una sociedad que no tenga otro parámetro que el legal tampoco es digna del hombre. Una sociedad que se basa en la letra de la ley y nunca se yergue por encima de ella desaprovecha el alto nivel del potencial humano. La letra de la ley es demasiado fría y formal para producir una influencia benéfica en la sociedad. Cuando la vida se teje con estambres legalistas surge una atmósfera de mediocridad moral que paraliza los más nobles impulsos humanos. Será simplemente imposible enfrentar los peligros de este siglo amenazante sólo con el apoyo de una estructura legalista”.

Las palabras de Solzhenitsyn no tienen desperdicio. Este luchador libertario, que salió asqueado del totalitarismo soviético, se internó en el liberalismo occidental sólo para darse cuenta de que ahí también había razones para asquearse. Su crítica está dirigida al libertinaje y a la inequidad del sistema capitalista, cuya justicia es más benigna con los de arriba que con los de abajo. Por eso, porque los truhanes que pertenecen a las élites suelen salirse con la suya, la gente de a pie echa mano de recursos para equilibrar la balanza, como la denuncia pública que puede desprestigiar a quienes se valen de su poder para legalizar sus tropelías. Hay estados que sensatamente crean tribunales de indagación que si bien no tienen autoridad para sentenciar a nadie pueden al menos exhibir a los corruptos legales, aquellos que ejercen la deshonestidad con estricto apego a derecho. A otras sociedades sólo les queda recurrir al periodismo de investigación y apelar a los medios capaces de desafiar al establishment con la verdad. Y lo mismo ocurre en el plano internacional.

WikiLeaks es una de esas tretas que los peatones de la globalización han ideado para desnudar a los gigantes. Se trata de un mecanismo divulgador de aquellos secretos de Estado que suelen esconder desmanes y crímenes. No me parece mal que la diplomacia se rija por la discreción y que las embajadas acopien legítimamente información de lo que sucede en otras latitudes, pero tampoco me disgusta que se conozcan “ilegítimamente” las atrocidades que perpetran los servicios de espionaje o las fuerzas armadas de las potencias contra los países más débiles. Si no fuera por textos, fotos y videos clandestinos jamás nos hubiéramos enterado de muchos abusos cometidos en aras de sus intereses creados. La ley está diseñada para esconderlos. El reciente lote de filtraciones de WikiLeaks no desenmascara a la CIA: se trata de información que complicará la operación de la política exterior de Estados Unidos y truncará la carrera de varios políticos y diplomáticos de otros países, pero no mucho más. Con todo, mientras la legalidad nacional e internacional no sea cabalmente justa, la ciudadanía tendrá que buscar la forma de imponer un costo metalegal a las marrullerías de los privilegiados del orden jurídico. Y el mensajero Julian Assange tendrá que sufrir los disparos de la más pesada artillería leguleya por haber contribuido a vulnerar la secrecía y el poderío del Primer Mundo.

P.D.: Parece que COP 16 resultó mejor de lo que se esperaba.

        *Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana

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