A manera de tributo centenario
Debe ser una conmemoración y un recuento de nuestros activos y pasivos en el asunto de la ley, de la justicia y de la protección constitucional.
“Mientras más se obedece
a las leyes,
menos se tiene que
obedecer a los hombres”
Voltaire
Estamos celebrando un aniversario más de la expedición constitucional de 1917. Pero lo importante es que no se trate de un festejo ni mucho menos de un festival, sino de una conmemoración y de un recuento de nuestros activos y de nuestros pasivos en el asunto de la ley, de la justicia y de la protección constitucional. De poner en claro nuestros itinerarios recorridos y nuestros derroteros del porvenir. De fortalecer voluntades, de refrendar consignas, de rendir cuentas y de tributar honores legítimos.
El Estado de derecho, como garante de los derechos humanos, surgió en la historia de la humanidad cuando los hombres aceptaron la idea de que todos tendrían que estar sometidos a la ley, sin excepción alguna. Por ese paso, nuestra especie empezó a dejar de ser cavernaria en lo político y en lo social. Por el Estado de derecho, se diferenció de los animales. Por respetar a los humanos, se hizo verdaderamente humano.
En la historia de México, esa lucha por la entronización y la preservación del Estado de derecho la hemos llamado constitucionalismo. Por virtud de ella, en muchas ocasiones hemos combatido con la palabra, con la acción y con las armas.
Por esa voluntad constitucionalista surgió Morelos, redactamos Apatzingán, nos federalizamos en el 24, proclamamos Ayutla, excluimos a Santa Anna, hicimos la Reforma, expedimos la Carta Liberal del 57, sufrimos la Guerra de Tres Años, vivimos la epopeya de Juárez, repelimos la Intervención, cancelamos a Maximiliano, restauramos la República, repudiamos el tuxtepecazo, abominamos de la Dictadura, seguimos a Madero, nos fuimos a la Revolución, rescatamos el liberalismo, proclamamos Guadalupe, remitimos a Huerta y promulgamos la Carta Revolucionaria del 1917.
Mucho se ha logrado con la Constitución Política de 1917. Por ejemplo cito tan sólo lo electoral que es muy objetivo y está a la vista. Con el centenario constitucional también se cumplirán 100 años que las elecciones mexicanas, tanto generales como intermedias, se han celebrado en las fechas que ordena la Constitución, sin que se hayan suspendido o pospuesto en ocasión alguna.
En efecto, desde 1917 y hasta la fecha, México ha celebrado 19 elecciones presidenciales, 20 senatoriales y 37 para diputados federales. En total, 76 procesos electorales.
Todo eso se llama estabilidad política y es de lo más preciado de los sistemas políticos civilizados. Porque esos 100 años no los han gozado los países europeos con todas sus guerras, los países latinoamericanos con todas sus dictaduras, los países asiáticos con todas sus inestabilidades ni los países africanos con todas sus calamidades. Solamente dos países en todo el orbe tienen ese record centenario ininterrumpido: México y Estados Unidos.
Sin embargo, muchas veces olvidamos nuestros logros por pensar en los ajenos. Solemos creer que otras naciones, por el hecho de ser más opulentas en lo económico son, también, más desarrolladas en lo político. Muchos latinoamericanos que han participado en coloquios políticos organizados en el llamado “primer mundo” lo han vivido, así sean disertadores tan consumados como Rodrigo Borja o César Gaviria o, bien, expositores aprendices como yo.
Escucharnos les produce una sensación exótica como si se tratara de un fenómeno. “Vengan a escuchar a un latinoamericano hablando de gobernabilidad”. “No se pierdan a un mexicano que habla de democracia”. Es triste reconocer que, en muchas regiones del planeta, cuando piensan en la América Latina piensan en nuestro café, en nuestro tabaco o en nuestro ron. Pero casi nunca piensan en nuestro constitucionalismo, en nuestro presidencialismo, en nuestro federalismo o en nuestro liberalismo.
Desde luego, también a ello han contribuido muchos de nuestros paisanos que viven hipnotizados con la idea de que palabras como “gobernabilidad” se escuchan mejor y tienen mayor sentido en inglés, en alemán, en francés o, por lo menos, en italiano que como se oyen o se entienden en español. Que los países se gobiernan mejor o peor, dependiendo del idioma de sus discursos.
Muchos se olvidan, por momentos, de los liberales mexicanos del siglo XIX, de los constituyentes mexicanos del siglo XX, de los ideólogos mexicanos de vanguardia y de los constructores de las instituciones mexicanas que, en muchas ocasiones, han alumbrado a los países que más presumen de politizados. Por el hecho de que no tenemos tanto dinero ni tantas armas ni tantas fábricas, se olvidan que muchas de las ideas, muchas de las hazañas y muchas de las virtudes de la humanidad las han tenido que conocer en español.
Estamos viviendo los mexicanos, tiempos de cambio. Estamos decidiendo los mexicanos, el rumbo del cambio. Estamos imaginando los mexicanos, el destino del cambio.
Todo ello obliga a pensar en el ser humano a la par que en el ser político. Los individuos no solamente somos ciudadanos, ni únicamente contribuyentes, ni meramente electores, ni exclusivamente justiciables, ni nada más productores, ni trabajadores, ni patrones, ni consumidores, ni ninguna otra de las etiquetas que se nos cuelga en nuestras credenciales o en nuestras cédulas de identidad. Ante todo somos seres humanos.
No ha sido un proyecto menor para los mexicanos preservar y perfeccionar el Estado de derecho. No ha sido fácil ni es tarea colmada. Allí reside la esencia del desafío constitucional.
Sigue siendo, para nosotros, un enigma si la condición moral de los hombres se ha superado, ha decaído o ha permanecido intacta a través de los siglos. La cuestión no reside meramente en el terreno de lo imaginativo. No se trata de un ejercicio inútil del ocio. No se instala en el espacio de lo abstracto. Por el contrario, tiene amplísimas concreciones reales y profundas implicaciones prácticas. Sobre todo cuando estamos ante o dentro de sociedades en transición, como la nuestra. No es esto, pues, una preocupación de la ética. Es, eminentemente, una preocupación de la política.
Muy en lo personal, me gustaría saber si los seres humanos somos, hoy, mejores que lo que lo fueron nuestros ancestros hace mil o dos mil años. Me gustaría creer que así es. Pero considero que de lo que se trata es de poner en claro en dónde reside la génesis de nuestras mejorías, de nuestros progresos y de nuestros perfeccionamientos.
Todo ello me lleva a considerar el fundamental concurso que ha tenido la ley. Por más que se le ha calumniado, que se le ha intrigado, que se le ha difamado, que se le ha infamado y que hasta se le ha satanizado, creo que sin el perfeccionamiento de nuestras instituciones normativas y el cumplimiento de sus mandatos, la condición y el comportamiento de unos hombres para con otros, habría sido inmutable e inconmovible a través de los milenios.
Podríamos acercarnos a algunos ejemplos cotidianos. Estoy convencido de que los hombres de hoy no contribuimos a la vivienda de nuestros trabajadores porque seamos más generosos que nuestros abuelos, sino porque existe una ley del Infonavit. Estoy persuadido de que los propietarios de hoy no son más compartidos que nuestros antepasados porque sufran de una “anorexia inmobiliaria” sino porque así lo disponen los códigos agrarios. Estoy cierto que las fuerzas policiales contemporáneas actúan con mayor pulcritud procedimental que las del Porfiriato no por un siglo de catarsis del alma sino porque a eso las obligan los códigos procesales de hoy y no lo hicieron los de entonces.
Así, también, si los gobernantes de hoy son distintos a los de ayer es por obra de la ley. No porque los Césares, los Luises, los Tudor o los Romanoff hayan sido más malos que los Kennedy, los De Gaulle o los Windsor, ni estos más buenos que aquellos sino que porque éstos han tenido que conformarse y resignarse a la presencia, en su escritorio, de la Constitución de sus respectivos países.
Pero esto, en sí mismo, encierra un estímulo para nuestro porvenir. Si es la ley la que ha generado nuestra mejoría y si la ley es un producto de los hombres, ello significa que somos capaces y que ya lo hemos sido de propiciar nuestro bien y nuestro bienestar.
Por ello, la concreción real de la influencia de la ley en ese proceso milenario. El hombre no se conduce mejor porque hoy sea más bueno. Se conduce mejor porque hoy tiene mejores leyes.
Aquí aparece un riesgo real que requiere de una precaución real. Si se acepta que la especie se supera porque mejora en su condición moral, entonces debe aplicarse a la búsqueda de los mejores hombres para que ellos nos gobiernen. En ese caso la apuesta esencial será la electoral, como instrumento contemporáneo de calificación, y ninguna otra apuesta.
Por el contrario, si se concluye que la sociedad se ha superado en sus condiciones porque ha mejorado en sus leyes, entonces deberá aplicarse a la consecución de mejores leyes. En este caso, la apuesta esencial será la legislativa y no otra mayor en sentido distinto.
No está a nuestro alcance decidir que los mexicanos seamos mejores hombres en los próximos dos o tres milenios. Pero sí está a nuestro alcance decidir que los mexicanos tengamos mejores leyes en los próximos dos o tres sexenios.
Hay dos voces que hoy resuenan muy fuerte al hablar de la Constitución. Una de ellas es nueva aunque no original. Tendrá un par de décadas o acaso un poco más. Dice, con estridencia, que la Constitución hay que reformarla. La otra, por el contrario, es original aunque no nueva. Tendrá un par de siglos, acaso un poco menos. Dice, con energía, que la Constitución hay que cumplirla.
La primera arguye que los mexicanos seríamos más felices con una Constitución renovada. La segunda, sostiene que los mexicanos seríamos más felices con una Constitución respetada.
Desde luego, no creo que sean voces necesariamente contradictorias. Las constituciones deben respetarse siempre, además de renovarse cuando fuere necesario. Lo peligroso es creer que la sola expedición constitucional nos puede llevar por sí sola a la felicidad.
Es una riesgosa equivocación pretender que nuestro perfeccionamiento como Estado, nuestra mejoría como sociedad y nuestro progreso como nación, dependan tan solo de una reforma constitucional.
A título de ejemplo, ninguna nación puede pensar, con seriedad, que se logra una sólida democracia tan solo por contar con una magnífica ley electoral. Como tampoco se alcanza la salud económica a través de simples normas financieras. Ni se accede a la justicia por tener espléndidos códigos procesales.
Hasta ahora, la nuestra ha servido para lo que sirve una Constitución. Para frenar los abusos del poder contra el ciudadano. Para consolidar nuestro sistema de garantías sociales. Para avanzar en el federalismo. Para evitar la tiranía. Para instalar la democracia. Para crear el sistema educativo nacional. Para contar con el sistema de seguridad social. Y para muchos aciertos que no han sido obra ni de un solo hombre ni de un solo partido ni de una sola generación sino el logro del esfuerzo colectivo de todos los mexicanos.
Los creyentes en la Constitución no podemos conceder la razón a quienes piensan que ella brinda un espacio demasiado reducido para la satisfacción de sus demandas, como tampoco a aquellos que denuncian que establece un espacio demasiado estrecho para la realización de sus trabajos.
Unos y otros lo justifican con una fórmula engañosa pero seductora. Ofrecen un mal presente a cambio de un buen futuro. Debemos tener cuidado. A eso se ha reducido la oferta de todas las gerencias y a eso se ha reducido la promesa de todas las dictaduras.
Unos y otros quisieran llevarnos a una dictadura de diverso signo y de distinto credo, pero dictadura al fin. Algo similar a aquellos regímenes de los cuales fueron legendarios los Miguel Ydígoras, los Luis y Anastasio Somoza, los Fulgencio Batista, los Leónidas Trujillo, los Francois y Jean Claude Duvalier, los Marcos Pérez Jiménez, los Alfredo Stroessner, los Rafael Videla, los Augusto Pinochet, los Rafael Rojas Pinilla y una larguísima galería que fueron el paraíso de la dictadura y el infierno de la constitución.
Allí también están, contra nosotros, todos aquellos que toman las ciudades, los que invaden las avenidas, los que incendian los archivos, los que blanden los machetes, los que usurpan las potestades, los que suplantan a las autoridades, los que se atienen a su propia ley, los que desconocen a las mayorías y los que se llaman a una redención que nadie les encargó ni a nadie le entusiasmó.
Pero, también, allí están los que proclaman un presidentismo donde no figuren los otros poderes, los otros partidos, las otras ideas, las otras voces y los otros intereses que no sean los de un supremo y unipersonal gobierno. Donde se instale una máxima autoridad intolerante, insensible, impolítica, inexperta, dictatorial y, a la postre, controlable.
Unos y otros quisieran llevarnos a una mascarada democrática, con simulación electoral, con vulneraciones constitucionales, con actuaciones de facto, con sometimientos de la soberanía, con desinterés por la pobreza y con postergación del desarrollo.
Desde luego que estas posiciones anticonstitucionalistas no se reflejan en un solo partido político ni en un solo poder público. En todos ellos existen quienes piensan de una o de otra manera. Eso es lo que hace que el debate político tenga un sesgo que lo hace confuso y complicado. No hay claridad en su trasfondo. Para algunos, se trata de una confrontación de partidos políticos. Para otros, se trata de una confrontación entre poderes. Otros más alegan que se trata de una confrontación entre proyectos de nación.
Pero la verdad es que la peligrosa realidad mexicana nos dice que existen dos confrontaciones de fondo que no se están atendiendo con aplicación. Por una parte, una confrontación de generaciones entre mexicanos que no comparten la misma idea sobre la fórmula mexicana de reparto del poder y, por otra parte, una confrontación de clases, entre mexicanos que no comparten la misma idea sobre la fórmula mexicana de reparto de la riqueza. Entre ellos, más de 50 millones de pobres que no tienen partidos, que no tienen poderes, que no tienen proyectos y que, prácticamente, no tienen comida.
Pero no sólo queda en el terreno de lo ideológico el riesgo del actual debate entre dictadura y constitución. Además, en el campo de lo cotidiano, el sistema constitucional tiene aliados y tiene enemigos. Porque muchos ciudadanos, que nada tienen que ver con la política, piensan, que la constitución es un estorbo para la solución de muchos de nuestros principales problemas nacionales. Que es ella la que impide el castigo a los delincuentes. Que es ella la que obstaculiza las inversiones energéticas. Que es ella la que ha vuelto flojos a los trabajadores. Que es ella la que ha convertido en burócratas a los congresistas. En fin, que es ella la que no dejó que nuestros presidentes hicieran lo que debieran haber hecho.
En contra de ellos, también hoy en día, muchos mexicanos estamos persuadidos de que el destino del perfeccionamiento político nacional está indisolublemente ligado con el de un mayor vigor en la presencia diaria de la Constitución. Que es allí donde podemos encontrar el camino de una vida política más plena y más digna, a través del equilibrio de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial; a través de la coordinación de las potestades de la Federación, de los estados y de los municipios; y a través del respeto de los derechos del Estado, del individuo y de la sociedad.
Es muy cierto que el Estado, por lo menos en teoría, es forma y no fondo. Es un continente y no un contenido. Es neutro y carece de signo específico. Pero, asimismo, es innegable que en el acontecer mexicano, tanto el histórico como el presente y, seguramente, el futuro, el Estado tiene signo y valencia propios.
El Estado mexicano se ha formado de un plebiscito tradicional que ha determinado que no sólo posea los caracteres jurídicos y políticos que le atribuye la doctrina sino, además, otras calidades sin las cuales ni lo reconoceríamos ni lo aceptaríamos. Los mexicanos no entenderíamos que nuestro Estado no fuera republicano, que no fuera igualitario, que no fuera constitucional, que no fuera demócrata, que no fuera representativo, que no fuera federalista o que no fuera soberano. Por encima y más allá de no entenderlo, así no lo queremos ni lo aceptamos.
Pero, además de estos atributos que hemos impuesto a su naturaleza, también en sus fines tenemos una visión clara de que el Estado mexicano no sólo es una organización política, sino que es nuestra vía fundamental para garantizar los espacios de la libertad, para preservar los privilegios de la paz, para lograr los beneficios del desarrollo, para ampliar los márgenes de la seguridad, para conservar los orgullos de la nacionalidad y para entronizar el imperio de la justicia.
Este segundo debate es el verdaderamente peligroso. Es el que enfrenta a quienes sostenemos la creencia en la mayor presencia constitucional y a quienes consideran que México debe transitar en un camino de satisfacción a los apetitos de cada quien.
Por eso debemos estar prevenidos y en alerta. En muchas ocasiones, cuando platico con aquellos de mis amigos que son expertos en la ciencia política o cuando intercambio ideas con mis alumnos de Cratología o cuando escucho alguna disertación en las rondas de politólogos, suele invadirnos un entusiasmo pueril. Caemos en la tentación de creer que dos siglos de independencia y cien años de constitución nos han alejado de todos aquellos “malos pensamientos” que, otrora, nos llevaron a la confusión, a la conflagración, a la rebelión, a la invasión, a la traición, a la intervención, a la opresión, a la reacción y a la regresión.
Pero, unos minutos o un par de horas después, el instinto de sobrevivencia mental me regresa a la política real, la única en la que creo, para dejarme en claro que, en las ideas de muchos mexicanos, siguen triunfando Maquiavelo o Mazarino y resultan derrotados Rousseau, Montesquieu, Tocqueville o Madison.
Así, por ejemplo, el arrebato nos sugiere que ya no hay centralistas y todos somos federalistas. Que hemos llegado a la práctica del federalismo como los estadunidenses. Que nos complace que los congresos locales legislen como quieran en materia de secuestro, de aborto o de divorcio, sin pedir permiso a nadie. Que los gobernadores no tengan que reportarse con el secretario de Gobernación sino que éste los ande buscando. Que el federalismo simulado de antaño, hoy sea un federalismo real y verdadero.
Pero la prudencia nos advierte que, todavía, hay quienes proponen los mandos únicos, las legislaciones uniformes, el modelo idéntico, la auditoría central, el desafuero de gobernadores o la desaparición de poderes locales.
Así, en ocasiones, el frenesí nos insinúa que ya no hay absolutócratas y que todos somos demócratas. Que hemos arribado a la práctica democrática de los franceses. Que nos satisface el pluralismo ideológico, el pluripartidismo electoral y la convivencia tolerante.
Pero la mesura nos avisa que, todavía, hay quienes postulan la reducción congresional y, mejor aún, su desaparición. Que reniegan de las elecciones carísimas, olvidándose que la democracia es cara pero la dictadura es barata y hasta gratis. O que acusan que la gobernabilidad presidencial sufre y fracasa a diario por culpa del contrapeso congresional.
Así, también, la ilusión nos inspira que ya no hay déspotas conservadores y que todos somos republicanos liberales. Que hemos alcanzado la práctica liberal de los ingleses. Que nos embelesa el constitucionalismo, el garantismo, el respeto del gobernante hacia el gobernado, la evolución del sistema de amparo, la transigencia con las ideas de todos o la tolerancia con las preferencias de cada cual.
Pero la sensatez nos anuncia que, todavía, hay quienes solicitan el ajusticiamiento sin juicio, el interrogatorio con tortura, los escuadrones de la muerte, la resucitación de Durazo, la supresión del amparo, la militarización de la policía, la centinelización de la justicia o la gendarmización de la política.
Así, también, el delirio y la apoteosis nos embaucan a creer que todos somos soberanistas, justicialistas, progresistas, equitativos o, por lo menos, racionales y sensatos. Que ya nadie quiere que nos subordinemos a las potencias extranjeras, ni que las concesionarias abusen de todos con la lenidad oficial, ni que haya tanta concentración de la riqueza, ni que exista tanta expansión de la pobreza, ni que el sistema educativo nacional sea una vía al fracaso individual del educando, por citar algo y no todo.
Pero la madurez nos alerta que, todavía, hay quienes no viven en el siglo XXI sino que añoran el XX, el XIX y, desde luego quienes extrañan, quizá sin darse cuenta, la Edad Media o la Era de las Cavernas.
Seamos realistas. Todavía hay muchos “retros”. La soberanía, la democracia, la libertad, la justicia, el federalismo, el republicanismo, la equidad y, sobre todo, el constitucionalismo no han ganado, aún, su batalla final.
Pero hoy es día de conmemoración y no de lamentación. De memoria y memorial. Narran algunos romanistas que, durante las más fastuosas celebraciones imperiales, los Césares contaban con un edecán a sus espaldas que, constantemente, se inclinaba para susurrar al oído del emperador las palabras memento mori, acuérdate de la muerte. El propósito de tan extravagante ritual era tratar de reubicar, al dueño del mundo, en su condición de mortal y de transitorio.
Así, debiera servir esta conmemoración para advertirnos un memento lex, acuérdate de la ley. Para que ello nos ponga en claro que la ley, como la muerte, vive a nuestro lado y que no es bueno olvidarse de ella, ni en lo individual ni en lo colectivo.
He allí la importancia de nuestra conmemoración. Es bueno celebrar y es bueno, también, prever. Nunca como hoy, desde hace muchas décadas, estamos ante una disyuntiva mayor. Hemos creído que estamos muy cerca del triunfo definitivo de la democracia y, quizá, estamos muy cerca de la instalación de la dictadura.
Pero, también, si en ello nos esforzamos, estamos muy próximos a la consolidación de un sistema de poder más sujeto a la estipulación constitucional y de un sistema de convivencia más cercano a sus postulados ideológicos y programáticos.
Se ha dicho que, para nunca equivocarse, hay que preguntarle diariamente a la Constitución.
Ello es cierto. Coinciden los tiempos y las fechas, la historia y la esperanza, el homenaje y la reflexión. En medio de la bruma o ante cualquier soberbia es bueno y reconfortante preservar a la Constitución para no perderse. Siempre será bueno consultar a la Constitución en tiempos de duda. No es una enemiga. Sigue siendo, si la escuchamos, una sincera consejera, una eficiente protectora y una gran maestra.
Presidente de la Academia
Nacional, A.C.*
Twitter: @jeromeroapis






