Instan a revivir el poderío de Estados Unidos
Para Henry Kissinger, es necesario que Estados Unidos se recupere y vuelva a imponer orden en el mundo
CIUDAD DE MÉXICO, 6 de octubre.- El orden internacional está “literalmente deshilvanado”, dijo el vicepresidente Joseph Biden al describir los retos que hoy enfrenta la política exterior estadunidense.
“El mundo ha cambiado”, agregó durante un discurso en la Universidad de Harvard, al afirmar que “ha habido una increíble difusión del poder, dentro de los estados y entre los estados, que ha llevado a inestabilidad”.
Y el papel de Estados Unidos parece más difuso que nunca.
De hecho, no son pocos los analistas internacionales –y muchos críticos internos del presidente Barack Obama– que atribuyen la actual situación internacional de inestabilidad al vacío creado por el percibido retiro de Estados Unidos del papel hegemónico.
“Es un momento para (Henry) Kissinger, el analista sin ilusiones”, apuntó una reseña de World order (Orden mundial), el nuevo libro del viejo estratega y diplomático estadunidense
“Desde que los ataques terroristas de 2001 voltearon de cabeza nuestro sentido del mundo, Estados Unidos ha sido gobernado por un conservador idealista que trató de imponer valores estadunidenses en Oriente Medio y fracasó estrepitosamente, y un liberal idealista que invitó a los adversarios de Estados Unidos a reenlazarse con nosotros sobre la base de una nueva humildad y respeto mutuo, pero vio aplastadas sus esperanzas”, escribió James Traub al hacer una crítica del libro en The Wall Street Journal.
La idea de que Estados Unidos o el Presidente de Estados Unidos tengan o puedan tener una visión idealista del mundo puede parecer chocante a muchos, sobre todo los acostumbrados al paradigma de bipolaridad en que se movió el mundo la segunda mitad del siglo 20.
Y sin embargo, son muchos los estadunidenses que creen en ese idealismo, una noción que da fuerza a la idea misionera de Estados Unidos en lo que respecta a las propuestas de democracia y capitalismo o en torno al papel y la responsabilidad de su país en el ámbito
internacional.
Cierto que hay por lo menos una parte del cuerpo político estadunidense que cree que su política exterior debe ser estrictamente relacionada con sus intereses, y eso sin olvidar la eterna discusión entre los que promueven una acción internacional y aquellos que creen que su país debe enfocarse en sus prioridades internas.
“Ningún país ha jugado un papel tan decisivo en la formación del orden mundial contemporáneo ni subrayado tal ambivalencia respecto a participar en él”, señala al inicio de su capítulo seis.
Estados Unidos “ha jugado un papel paradójico”, agregó. “Se expandió a través de un continente en nombre del Destino Manifiesto al tiempo de renunciar a cualesquier designio imperial; ejerció una enorme influencia en lentos decisivos pero renunció a motivaciones de interés nacional”, escribió al describir un país que, en sus palabras, nació convencido de que su esencia está en las libertades de creencia, de expresión y de acción, y no en los modelos de conquista europeos.
Kissinger, uno de los principales practicantes de la real-politik estadunidense escribió, a sus 91 años de edad, un libro en el que parece tratar de despertar a sus conciudadanos respecto a la idea de que otros países pueden tener nociones distintas y metas diferentes.
Pero en su texto, alega de hecho que es necesario que Estados Unidos restablezca su poderío para lograr el restablecimiento de un clima mundial basado en el equilibrio con nuevos poderes emergentes, especialmente China. “Recetas morales sin preocupación por el equilibrio tienden o bien hacia las cariadas o hacia un impotente desafío tentador”, anota.
La obra de Kissinger parece tener como idea base que “Estados Unidos debe aceptar que su visión de un orden internacional basado en la ley impone, en el mejor de los casos, un renuente apoyo en partes del mundo, lo que va en contra de formas de pensar tradicionales”, consignó James R. Holmes en la revista The Diplomat.
Pero al mismo tiempo, que “nuestra era está insistente, a veces casi desesperadamente, en busca de un concepto de orden mundial”, según consignó Kissinger en su libro, que tiene el muy expresivo subtítulo “Reflexiones sobre el carácter de las naciones
y el curso de la historia”.
Esa era justamente la idea buscada por Theodore Roosevelt a principios del siglo 20 y Franklin Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, en cierta forma las Naciones Unidas y en especial su Consejo de Seguridad evolucionaron en cierta forma de la idea que las grandes potencias podían y debían ser una especie de mentores y guías para el resto, en una combinación de fuerza y sabiduría.
El que cada uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad pudiera tener ideas, visiones e intereses propios, derivados de condiciones e historias diferentes no era parte del sueño.
Ese parece ser el tipo de cuestión que trata Kissinger, cuando recuerda que grandes naciones como China, India y Rusia tienen tradiciones e historias, disímbolas y por tanto generadoras de opiniones diferentes en torno al sistema internacional. Y por tanto es necesario restablecer el equilibrio de poder
El hecho es que mientras Estados Unidos fue la potencia hegemónica preminente tenía la capacidad de imponer. Y de hecho lo hizo: una gran parte de los que hoy habitan el mundo crecieron durante una era que muchos dieron en llamar “Pax Americana”, impuesta en mayor o menor grado por las nociones y el poderío estadunidenses luego de la Segunda Guerra
Mundial.
Puede alegarse que grandes sectores, el Pacto de Varsovia encabezado por la extinta Unión Soviética, y la República Popular China, estuvieron fuera de ese orden, pero la realidad es que de una forma u otra actuaron en su marco, representado en alguna medida por instituciones como la Organización de Naciones Unidas o el Banco Mundial.
Pero hoy, dice el propio Kissinger, el concepto de orden que enmarca el actual momento de la historia se encuentra en crisis.
“La búsqueda de un orden mundial ha sido larga y casi exclusivamente definida por los conceptos de las sociedades occidentales”, puntualiza el exsecretario de Estado y exconsejero de Seguridad Nacional en la década de los 70 y desde entonces una voz escuchada, si no siempre respetada, no solo en el gobierno estadunidense sino alrededor del mundo.
Puede haber habido, sin embargo, ideas diferentes. “Una nación fundada explícitamente sobre la idea de gobernabilidad libre y representativa, Estados Unidos identificó su propio ascenso con la diseminación de libertad y democracia, y atribuyó a esas fuerzas una capacidad para lograr una justa y larga paz”, señaló Kissinger.
Y el propio politólogo, un inmigrante alemán que alcanzó los máximos niveles posibles en el gobierno estadunidense agregó: “la formulación tradicional europea de orden consideraba a pueblos y estados como inherentemente competitivos, y para limitar los efectos de sus ambiciones encontradas se basaba en un balance de poder y la preocupación de estadistas ilustrados”.
Según Kissinger, la visión estadunidense prevaleciente ve a los pueblos como “inherentemente razonables e inclinados hacia el compromiso pacífico y el sentido común; la diseminación de democracia era y por tanto como la meta superior para el orden internacional. Los mercados libres elevarían a los individuos, enriquecerían sociedades y sustituirían tradicionales rivalidades internacionales por interdependencia
económica”.
Después de la Segunda Guerra Mundial y a partir de 1948 y hasta el final del siglo, la historia humana puede ser vista como un momento de un incipiente orden mundial formado por una mezcla de idealismo estadunidense y los tradicionales conceptos europeos de estados y balance de poder.
“Pero vastas regiones del mundo jamas compartieron, y solo acataron el concepto occidental de orden. Esas reservas se hacen ahora explícitas, por ejemplo con las crisis en Ucrania y el mar del sur de China”, escribió Kissinger en un reciente texto aparecido en The Wall Street Journal, previo a la aparición de su libro World order.
El momento es complicado: “el orden establecido y proclamado por Occidente está en un momento decisivo” y uno que enfrenta lo que Kissinger define como una paradoja: “la prosperidad (mundial) depende del éxito de la globalización, pero el proceso produce una reacción política que con frecuencia trabaja en contra de sus
aspiraciones”.
Paralelamente, Europa embarca en la creación de un supraestado que busca trascender la idea tradicional de estado nacional y labora estrictamente sobre los principios del “poder suave”, pero todavía no coalesce y su ambigüedad se transforma en una situación de vacío de poder interno e inestabilidad en sus fronteras.
Al mismo tiempo, Oriente Medio se disuelve entre componentes sectarios y étnicos, en guerra entre sí, con milicias religiosas y sus patrocinadores en el proceso de romper fronteras y soberanías hasta llegar a Estados fallidos.
En Asia prevalece en cambo el juego de los balances de poder, al margen del concepto de legitimidad.
Todo esto en medio de una ausencia de mecanismos efectivos de consulta y cooperación entre grandes poderes, que Kissinger ve todavía como esenciales. “Una estructura contemporánea de reglas y normas internacionales, si ha de ser relevante, no puede sólo ser afirmada por declaraciones conjuntas; debe ser fomentada como una cuestión de convicciones comunes”, puntualiza.
La penalidad, añadió en un artículo publicado por The Wall Street Journal, “no será tanto una guerra mayor entre Estados (aunque en algunas regiones eso es todavía posible) sino una evolución en esferas de influencia identificada con estructuras domésticas y formas de gobierno particulares” tentadas de medir fuerzas con otras
similares.
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