‘La obra infinita’ la historia espesa e inusitada de David Foster Wallace
Se cumplen dos décadas de la novela del escritor estadunidense
CIUDAD DE MÉXICO.
Cuando el escritor David Foster Wallace (Ithaca, 1962-Claremont, 2008) estudiaba la universidad en Amherst, a principios de los 80, y aún no solía usar “un pañuelo en la cabeza anudado por detrás” como rúbrica involuntaria de su personalidad, acató la recomendación de un amigo en forma de un ejemplar prestado de la novela La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon, para zanjar una discusión en torno a Cien años de soledad, de García Márquez, y entonces comenzó a sedimentar la energía literaria que años más tarde lo impulsaría a dilatar el incandescente estilo narrativo que vibró al máximo con la escritura de La broma infinita, una obra inusitada y espesa que acampó de inmediato en la paradisíaca playa canónica de las letras; un mamotreto volátil que cayó como una ojiva temeraria a mitad de la feria de atracciones de la literatura estadunidense contemporánea. Considerando que, del modo en que lo hace el periodista D. T. Max en Todas las historias de amor son historias de fantasmas —la flamante biografía del autor que debutó con la novela La escoba del sistema (1987)—, “en su calidad de metacomentario ágil e irónico, es imposible infravalorar el efecto que la lectura” del libro de Pynchon tuvo sobre Foster Wallace, al demostrar “que tanto el tono como la sensibilidad de la cultura mainstream —La subasta del lote 49 extraía su potencia de la música pop, los programas de televisión y los thrillers— podían convivir sin problemas con los temas serios de la literatura”.
Efecto sísmico
Novela de trayecto maratónico que incita y exige lecturas obstinadas y reiterativas, la primera edición de La broma infinita apareció el 1º de febrero de 1996, aunque la editorial Little, Brown había desplegado desde un año antes una campaña con folletos y postales que anticipaban la talla inaudita de la trama del libro, en todos sentidos, y que contribuyó a fertilizar el campo de expectación en el que arribó la mastodóntica y verborrágica obra de Foster Wallace, la cual —como opinó Dave Eggers al prologar la reedición conmemorativa que se publicó en 2006, en la que se corrigieron erratas sin alterar las mil 79 páginas de la edición original, incluidas las 388 notas finales que expanden la novela— es “como una nave espacial sin elementos reconocibles, sin puntos de entrada, sin explicación sobre cómo desarmarla. Es brillante y sin fallas discernibles. Si de alguna manera se pudiera destrozar hasta reducirla a sus mínimas piezas, no habría manera de volver a armarla”.
Localizada en un futuro de trazos familiares, con el trasfondo de “un contubernio interamericano” de confrontaciones y encubrimientos políticos, y en donde los miembros de una academia de tenis contrastan coincidencias con los residentes de un centro de rehabilitación de adicciones, el libro capital de Foster Wallace arriesga la metáfora de un mundo en el que la obsesión por aletargar la ansiedad, ante la evidencia de una vida vacua y falsa, cubre los bordes punzantes de “una insatisfacción neurótica y crónica” que no necesariamente implica elecciones voluntarias. “Los temas aquí son grandes, y las emociones (guardadas como están) son muy reales, y el efecto acumulativo del libro es, se podría decir, sísmico”, dice Eggers, y también se pregunta: “¿Es nuestro deber leer La broma infinita? (...) Si lo creemos es porque estamos interesados en el genio y en la ambición de la escritura épica”.
Hablemos de fantasmas
Tras un par de años de “vida frenética e inestable”, en la que “detrás de los temores ordinarios acechaba el miedo a ser ordinario”, y después de pasar una temporada en un centro de desintoxicación para controlar el abuso de alcohol y mariguana que intensificaba su angustia y entorpecía su escritura, Foster Wallace —quien ya había publicado la compilación de relatos La niña del pelo raro (1989)— escribió La broma infinita (de 1992 a 1995) como una réplica a la certeza “de que el mal que él sufría” —así lo sugiere Max en su libro de divulgación biográfica sobre quien también publicó el volumen de relatos Extinción (2004) y la colección de ensayos Hablemos de langostas (2005)— “no era un asunto personal, sino una enfermedad social”.
Consumidor habitual de sedantes dosis televisivas desde la infancia, víctima de una depresión que lo abrumó a partir de la adolescencia, competidor impenitente que veía clara la necedad de esa conducta compulsiva, pero que no por ello evitaba la hinchazón de sus ambiciones, ganador de la llamada “beca de los genios” de la fundación MacArthur, Foster Wallace se ahorcó a los 46 años —luego de varios meses de tratamientos fallidos— en la casa que compartía con la artista Karen Green, su esposa desde 2004. Años atrás, durante una conversación con el escritor Jonathan Franzen —recapitula Max—, el autor de la novela póstuma El rey pálido (2011) argumentó que el propósito de la literatura era “aliviar la sensación de soledad y ofrecer consuelo”, de irrumpir en lo que en alguna parte de La broma infinita singularizó como “el enjaulamiento en el propio ser”.
TÍTULO: La broma infinita TRADUCCIÓN: Marcelo Covián, con revisión de Javier Calvo EDITORIAL: Debolsillo, España, 2011; 1,212 pp.estampasinfrecuentes.blogspot.com

