La versión definitiva en el centenario de Los de abajo

A 100 años de su primera publicación, aparece un estudio crítico que recupera el lenguaje original de la obra cumbre de Mariano Azuela

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CIUDAD DE MÉXICO, 2 de febrero.- A Mariano Azuela (1873-1952) le decían El médico de la hilacha. Ese mote lo consiguió porque sólo atendía a gente pobre, la misma que lo hizo participar en la lucha armada en 1914, de la que extrajo las imágenes para escribir su famosa novela Los de abajo, historia que confeccionó hace cien años al calor de los hechos, a vuela pluma, mientras atendía enfermos en el frente de batalla.

Ahora, el Fondo de Cultura Económica (FCE), en coedición con la UAM-A y El Colegio Nacional, preparan una sorpresa para celebrar el centenario de esta novela, que Carlos Fuentes definió como “texto ambiguo e inquietante que nada en las aguas de muchos géneros”, con la aparición de su versión definitiva a partir del rescate hecho por el estudioso Víctor Díaz Arciniega, quien recuperó la edición de 1920, revisada y corregida por el propio Azuela.

El motivo no es ocioso, pues, a lo largo de ocho décadas, Los de abajo se ha llenado de adhesiones y erratas de editores y correctores, así como el “adecentamiento” en el habla de sus personajes, sin dejar de lado que es una de las dos obras emblemáticas del sello paraestatal, junto con El laberinto de la soledad, de Octavio Paz.

Recuperar la edición de 1920 fue el primer paso, dice a Excélsior

Díaz Arciniega, dado que su tiraje fue de apenas unos 100 ejemplares en aquella época. Luego decidió mantener la puntuación hecha por el poeta y editor Alí Chumacero en la edición de 1958 y, por último, se dedicó a trazar una introducción o estudio crítico que la desmitifica.

La nueva versión se difundirá en dos formatos: un libro rústico para el público en general y otro de gran formato, que además incluirá la versión publicada por El Paso del Norte de 1915, con el estudio crítico y las anotaciones del investigador y profesor de la UAM Azcapotzalco.

Combate a los mitos

Uno de los mitos que Díaz Arciniega combatirá en su estudio crítico, explica, es la idea de que Los de abajo es una novela sobre la historia de la Revolución Mexicana, lo cual no es posible porque en ésta Azuela recreó sólo su propia experiencia dentro de un pequeño grupo de individuos que le apostaron a un segmento de este movimiento: el villismo.

El propio Azuela escribió la idea de sus novelas: “En mis novelas exhibo virtudes y lacras sin paliativos ni exaltaciones, y sin otra intención que la de dar con mayor fidelidad posible una imagen fiel de nuestro pueblo y de lo que somos”.

La novela se inspiró en los hechos que Azuela escuchó y vivió durante los últimos meses de 1914 y los primeros días de 1915; y su registro “capta la dimensión universal del efecto de la guerra, pues el autor tuvo la sensibilidad y el oficio impecable para contarlo”.

Sin embargo, la pregunta esencial es: ¿por qué un médico con aspiraciones literarias, como Azuela, se hizo a la guerra? “Ése es un fenómeno muy interesante”, reconoce Arciniega.

Lo que se sabe es que Azuela fue un hombre convencido del proyecto de Pancho Villa por hacer un cambio en la sociedad, pues tenía una firme convicción de un cambio social.

Azuela llegó a la Revolución por una razón de circunstancias,  detalla el estudioso, pues él había querido participar en la lucha. Eventualmente  fue político y se convirtió en jefe del Cantón (municipio) de Lagos de Moreno, entre 1910 y 1911; sin embargo, su experiencia resultó un desastre.

Pues aunque los votos lo favorecieron, los hacendados se opusieron y lo presionaron hasta destituirlo en menos de tres meses. Eso mermó la autoestima de Azuela y, desde entonces, no volvió a participar en ese tipo de aventuras políticas.

Luego llegó el gobierno de Victoriano Huerta y el escritor lo padeció. Por aquellos días, comenzó la noticia de que habría levantamientos en distintos lugares del país.

Uno de sus amigos lo llevó a Guadalajara, donde lo recomendó con un general villista de nombre Julián Medina, quien a la postre se convertiría en vocero del grupo villista. Y como Azuela era un hombre con universidad, que estaba en contra de los ricos, fue aceptado de inmediato. Ahí trabajó y después se sumó a un grupo de villistas.

“En aquella época Azuela tuvo contacto con gente de la Convención de Aguascalientes, aunque él técnicamente no participó ahí ni en ningún otro de los episodios de la Revolución”, cuenta.

Y en ese lapso, no mayor a seis meses, recupera el traslado del coronel Manuel Caloca a una población, luego de que participara en una batalla y quedara gravemente herido. Lo llevan hasta Aguascalientes, donde él lo va a operar.

Sin embargo, en ese periplo los villistas eligieron el camino a través del cañón de Juchipila, porque los caminos de herraje ya estaban en manos de carrancistas y obregonistas.

“Hay que precisar que Azuela no fue testigo de ninguna de las batallas que consignó en su novela. Sin embargo, hace algo prodigioso: indirectamente tuvo frente a sí los testimonios vivos de quienes sí participaron en las acciones de armas y, aunque no los entrevistó como reportero, sí los escuchó y fue registrando los detalles en hojas sueltas, a vuela pluma”, agrega.

Origen humilde

En opinión de Díaz Arciniega, Azuela sería el más representativo hijo del porfirismo. Y para entenderlo habría que saber que su abuelo materno fue arriero, un oficio interesante para mediados del siglo XIX.

“Ser arriero era importante, porque tenían un gran número de animales. No sé de qué tamaño era la cantidad de animales que llevaba el abuelo de Azuela, pero hacía recorridos de San Blas a Aguascalientes llevando y trayendo mercancías”, explica.

Después, su papá se convirtió en un hombre de Lagos de Moreno, una familia que con esfuerzo pudo hacerse de un ranchito, una tiendita y de ciertos recursos. “Pero lo más importante fue que pudo mandar a Mariano a hacer sus estudios de bachillerato y posteriormente universitarios”.

Mariano se convirtió en el primero de su estirpe en obtener un título universitario, en 1899. Así fue como se convirtió en uno de los poquitos que logró los estudios universitarios.

“Contrario a los estereotipos, no se convirtió en el típico profesional que sacó ventaja para sí mismo, pues cuando llegó como médico a Lagos de Moreno, en lugar de convertirse en el médico de ricos, se volvió el médico de pobres, al punto que le decían El médico de la hilacha”.

Esto demuestra que tenía una convicción social muy fuerte y arraigada, al grado que él mismo consideraba la Revolución como “la causa santa de los desventurados”. Muy pronto tuvo enfrentamientos con las personas adineradas, “pues sus libros se convirtieron en caricaturas muy crueles y eventualmente ofensivas de los ricachones de Lagos de Moreno” y así se vinculó con el conflicto.

El Paso del Norte

Los de abajo ocurre entre la segunda mitad de 1914 y los primeros días de 1915 y lo que Azuela hizo fue registrar una experiencia vital e íntima, explica Arciniega. En aquel tiempo Azuela llegó a Chihuahua con prácticamente dos terceras partes de la novela escrita.

Ahí se la presentó a algunos amigos, entre ellos al coronel Caloca, uno de los protagonistas, y lo hizo en un acto informal. Y justo ese mismo día conoció a una persona cercana al editor del diario El Paso del Norte, de Texas.

Como la situación en Chihuahua era muy inestable, Azuela se movió a Ciudad Juárez y luego brincó a El Paso, donde estuvo el resto del año. En ese lapso, Los de abajo empezó a publicarse de forma bisemanal en El Paso del Norte.

Casi de inmediato, en 1915, como una forma de pago, el periódico hizo un tiraje en formato de libro con las mismas cajas tipográficas, donde Azuela pudo hacer pequeñas correcciones a la versión periodística. Pero, como la edición no fue atractiva y los tiempos eran turbulentos, ésta pasó inadvertida.

Hacia 1916 llegó a la Ciudad de México, donde se instaló para escribir sus siguientes novelas. Dos años después, Azuela retomó Los de abajo y con una mirada crítica y mucha frialdad: la afinó, la pulió y le eliminó esos pasajes innecesarios, explica el académico e investigador. “Podríamos decir que hizo una depuración de estilo, porque no hizo cambios en la estructura, pero redondeó su propuesta”.

Y, hacia 1920, Azuela refinó el lenguaje de la novela para que sus personajes hablaran como lo que eran: campesinos, gente rural, “incluso más allá de las normas elementales de la gramática. Y con esto digo que su noción de realismo fue hasta ese punto del cuidado lingüístico”, afirma.

Los errores

Aquella versión de 1920 tampoco circuló ni tuvo la resonancia que el propio Azuela esperaba. Así que quedó en el olvidó.

Cinco años después, El Universal Ilustrado volvió a publicar una serie de entregas de la misma novela. Pero, al hacerlo, empezó una serie de cambios visibles, reconoce Díaz Arciniega.

De entrada, hubo dos cambios significativos: dos segmentos de la novela se fusionaron y una serie de errores y “adecentamientos” en el lenguaje de los personajes.

“Ahí empezaron los errores y un proceso de ‘adecentamiento’ en el habla de los personajes, pues se quiso hacer que los campesinos no hablaran como campesinos, por lo que se modificaron sus palabras.

“Por ejemplo, la palabra ‘usté’, fue cambiada por ‘usted’, y se suprimieron palabras como ‘haiga’ o ‘güebos’, pese a que  así lo dice el personaje, que es una campesina rural muy pobre, refiriéndose a los blanquillos”.

Con el tiempo, esta suma de correcciones y errores tipográfcos se enquistaron en la novela, asegura, hasta que llegó al Fondo de Cultura Económica, donde también recibió una limpia.

“El FCE también le añadió nuevas correcciones, depuraron su lenguaje y, aún en la edición de 1958, para la obra completa de Azuela, que por décadas fue considerada la definitiva… también hay muchos errores.

“La gente ha querido ver la edición de 1958 como la definitiva, pero yo creo que no lo es”, asegura el investigador y crítico. “Se lo dije a los funcionarios del FCE: yo no la tomo como la edición de referencia y ya les mostré ejemplos y diferencias entre la versión de 1920 y la del 58”.

Sobre qué otros errores ha encontrado, dice que “muchos errores son de carácter léxico. Por ejemplo, dentro del ‘adecentamiento’ quitaron ‘aquí nomás anda’, por ‘aquí nomás’, ‘aliviao’ por ‘aliviado’, ‘pos quen’ por ‘pos quien’, ‘quiesque’ por ‘quesque’, entre muchos otros ejemplos.

Respecto a por qué decidió conservar la puntuación de la edición de 1958, narra: “Aquí debo hacer un señalamiento: podría garantizar que Alí Chumacero leyó con lupa la puntuación en Los de abajo, porque es impecable e  irreprochablemente precisa. Su puntuación es admirabilísima, así que la respeté cabalmente”, reconoce.

“Así que esta edición recuperará la edición de 1920 y conservará la puntuación de 1958. Con esto queremos conservar lo mejor de Azuela y darle la mayor de las luces a la novela. En sustancia no cambia la novela, pero el lector va a tener la posibilidad de escuchar el lenguaje original. Ésta es la versión que ofrezco y que ya está en prensa”, asegura.

Dentro del estudio crítico que escribirá el propio Arciniega, ilustrará un detalle casi imperceptible de la historia: “ilustrar que Azuela construyó sus personajes no sólo a partir del habla popular que los caracteriza, sino que recreó sus referentes culturales mediante la invocación de poemas y canciones”.

Ahora, el investigador sólo espera la publicación de la novela y adelanta que, a mediados de noviembre próximo, viajará al Colegio de San Luis Potosí, donde impartirá una conferencia sobre el centenario de Los de abajo y presentará al público el proceso de este rescate.

¿QUIÉN FUE?

Mariano Azuela nació en Lagos de Moreno, Jalisco, el 1 de enero de 1873. Incursionó en el cuento, el ensayo crítico, la biografía y el teatro. En 1899 se recibió de médico en Guadalajara y poco después publicó María Luisa (1907), Los fracasados (1908) y Mala yerba (1909)

Simpatizante con las causas revolucionarias, a la muerte de Madero se incorporó a las fuerzas villistas de Julián Medina, donde recogió testimonios que trasladaría a Los de abajo.

Entre sus novelas destacan La malhora (1923), El desquite (1925) y La luciérnaga (1932).  En 1942 recibió el Premio Nacional de Literatura, siete años después el Premio Nacional de Artes y Ciencias, además fue miembro fundador de El Colegio Nacional en 1943 y, a su muerte, el 1 de marzo de 1952, fue sepultado en la Rotonda de las Personas Ilustres.

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