Preparación

Los escándalos de las vidas personales de los deportistas profesionales parecen ser carne de carroña para los que, por muchos años, han ejercido la profesión del periodismo desde la perspectiva más ruin, que es la de sacar a la luz pública la vida privada de los ...

Pablo Carrillo

Pablo Carrillo

La neurona

Los escándalos de las vidas personales de los deportistas profesionales parecen ser carne de carroña para los que, por muchos años, han ejercido la profesión del periodismo desde la perspectiva más ruin, que es la de sacar a la luz pública la vida privada de los protagonistas del deporte, cuestión que me parece deleznable.

Sin embargo, no me puedo sustraer a los lamentables hechos recientes en los que dos jugadores colombianos, uno propiedad de los Tigres de la UANL, Julián Quiñones, ahora en calidad de préstamo con el equipo benjamín del balompié nacional en la máxima categoría, así como William Palacios, han generado innumerables comentarios que, me parece, vale la pena reflexionar lo acontecido, así como las sanciones publicadas por el equipo de los Lobos BUAP.

Si bien el que los jugadores tengan vida, más allá del enorme sacrificio de cuidarse para rendir al máximo en la institución que les ha contratado; el hecho de caer en indisciplinas de excederse en el consumo de alcohol y, peor aún, terminar en una riña al calor de las copas en un lugar público, es inadmisible para la institución que les ha contratado, en especial con el provocador de tal desaguisado, el joven Palacios, que tristemente ha enfrentado una buena cantidad de problemas por el exceso de consumo de alcohol en el pasado.

Mi más sincera felicitación a la directiva de los Lobos, que toman una medida dolorosa, pero necesaria, más aún tratándose de un equipo representativo de una de las instituciones de enseñanza universitaria más importantes de nuestro país. El prestigio y categoría de una institución académica debe verse incrementado por el deporte y hechos así deben tener correctivos ejemplares. A grandes males, grandes remedios.

Analicemos un poco más las circunstancias de estos jóvenes, pues resulta muy difícil pensar que Julián Quiñones, a sus veinte años, y William Palacios, a los veintitrés, puedan comportase con madurez, más aun en un medio lleno de reflectores, adulación, dinero y malas compañías, parece una combinación letal, cuestión que se potencia como una bomba atómica cuando el bagaje académico es muy limitado, algo que parece ser un denominador común en la trayectoria de los deportistas profesionales, que dejan todo con tal de triunfar en sus carreras.

Supongo que es una nueva llamada de atención para que las autoridades de la propia liga, así como de los equipos, procuren que los jugadores dediquen algunas de tantas horas muertas en las largas concentraciones a capacitarse, para intentar educar a los jóvenes, con buenos instructores, de todos los riesgos que existen al cometer actos de indisciplina, pues una mala copa o una mala noche ha terminado con muchas probables carreras exitosas.

¿Para qué esperar más?

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