Universalidad

De Budapest a la frontera con Yugoslavia había en la carretera una interminable hilera de vehículos. Alfredo Checa Curi y el autor de estas líneas quedaron varados un par de horas. De súbito, gritó, “¡rápido, súbete al auto!”. En un lance a la mexicana, Alfredo ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

De Budapest a la frontera con Yugoslavia había en la carretera una interminable hilera de vehículos. Alfredo Checa Curi y el autor de estas líneas quedaron varados un par de horas. De súbito, gritó, “¡rápido, súbete al auto!”. En un lance a la mexicana, Alfredo persiguió durante 10 o 12 km un carro militar. Quedamos a 25 metros de la frontera y necesitaríamos unas cuatro horas en cruzarla. Sin la decisión audaz y relampagueante, acaso no habríamos llegado a Belgrado en los siguientes tres días.

Sólo una dosis de inconsciencia o un telón de irrealidad ante los ojos puede empujar a ir a presenciar una partida o un match de ajedrez en un país en guerra. Alfredo Checa Curi era un dilettante del milenario juego y, además, un admirador y amigo de Bobby Fischer, genio del tablero, dueño de una personalidad magnética y, sin duda, el campeón mundial que comunicó al ajedrez, como ninguno otro, de una popularidad universal jamás vista, además de abrir el camino hacia el profesionalismo.

En 1972 se produjo una singular conjunción de acontecimientos políticos, deportivos, económicos: la Guerra Fría entre las potencias de Rusia y Estados Unidos, el resonante éxito de Bobby Fischer, con sorprendentes triunfos sobre dos de los más connotados ajedrecistas del mundo, en una época en la que flotaba y se creía en la idea de que un gran maestro no podía encajarle dos victorias a otro GM de su nivel. Pero Fischer, en su camino a la corona mundial, le encajó 6-0 al pianista y ajedrecista Mark Taimánov; 6-0 al danés Bent Larsen, que en ese tiempo disputaba a Fischer el primer sitio del mejor jugador de Occidente; hilvanó 20 victorias al hilo y se convirtió en el retador oficial al dominar al célebre armenio Tigrán Petrosián, La Roca, le decían, por su pétrea defensa, por 6 ½ - 2 ½ (+5,=3,-1).

Fischer era el éxito, la exigencia, la genialidad, la impredicción. Exigió altas cantidades de dinero, pero no por ambición, sino por la correspondencia a su excelsa clase deportiva, artística. El Campeonato Mundial contra Spassky se tambaleó porque el premio no le pareció adecuado. Intervino el millonario Jim Slater y Fischer y Spassky disputaron una bolsa de 5 millones de dólares. Perdió la primera y segunda partidas, ésta por incomparecencia ante Spassky, al que derrotó por 12 ½ - 8 ½. Fue el más grande héroe deportivo de Estados Unidos y después un paria, despreciado y perseguido por el gobierno de su país con el fin de encarcelarlo. Nunca jamás se vio el fenómeno mediático de que el ajedrez fuese ubicuo: del Polo Norte al Polo Sur, de Tokio a Zanzíbar, de Nepal a Los Andes, de Moscú a Washington. En la redacción del ESTO, en una tarde se recibieron 37 llamadas telefónicas, lo que no ocurrió en las peleas del Ratón Macías ni en campeonatos mundiales de futbol.

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