IMPACTO

Al presenciar un acontecimiento entran en juego nuestros sentidos. Y difícilmente se acepta que sean limitados. Al juzgar algunos deportes por apreciación se llega a conclusiones falsas. Hace poco tiempo escuchaba en la pantalla de TV la voz aguda de una mujer, que con ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Al presenciar un acontecimiento entran en juego nuestros sentidos. Y difícilmente se acepta que sean limitados. Al juzgar algunos deportes por apreciación se llega a conclusiones falsas. Hace poco tiempo escuchaba en la pantalla de TV la voz aguda de una mujer, que con autoridad y en forma por demás entusiasta afirmaba, tras la decimonovena victoria del Manchester City, que “¡No sólo es el mejor equipo de Inglaterra, sino de Europa y del mundo!”, sus parrafadas, sin fundamento, se hicieron cenizas.

Habría que detallarlo o intentarlo en otra ocasión. La calidad de un equipo de deportivo de futbol no puede medirse por el número de partidos ganados ni el por mayor número de goles. Los goles son una medida de comparación en un partido, empapado por elementos aleatorios, pero no reflejan la calidad de un conjunto, lo mismo que las victorias.

Como lo demostraron los griegos y lo conoce cualquiera que haya tomado lecciones elementales de la física en secundaria, los sentidos nos engañan. Resulta sorprendente y fascinante que Aristarco de Samos, Giordano Bruno, Copérnico, no obstante que todos vemos que el Sol describe una trayectoria por la bóveda celeste de oriente a poniente, expresaran que eso tan evidente no es así, que la realidad es otra y ¡ay! no la podemos apreciar con nuestros ojos.

Ni siquiera percibimos que La Tierra, con sus mares, continentes, montañas, selvas, ríos, polos, edificios, viaja a 30 mil metros en un segundo.

A veces uno se harta de escuchar, ver, leer, si fue gol o no fue gol. Si fue penal o si no fue penal. Es un despilfarro de tiempo y de la vida entrar en discusiones más que bizantinas, de bostezo y aburrimiento. Tanto como pasar, cada cuatro años, del optimismo galopante creado artificialmente, al naufragio de la Selección Mexicana de futbol que va por la Copa Mundial. Hay que colocar los pies en la tierra y pulsar antecedentes y niveles.

Quienes afirman que si el árbitro inglés Michael Oliver debió o no marcar penal, si Benatia golpeó, tocó, acarició, atropelló a Lucas por la espalda, debiera saber que el impacto, dicho superficialmente, es igual a la cantidad de masa por la velocidad, que un chorrito de agua, de diámetro no superior a un centímetro, que sale de la pared de una alberca y que se desvanece no más allá de siete centímetros es capaz de mover el cuerpo de hombres que pesan 70, 80 o 100 kilos.

Con la vista, ni la repetición en la pantalla de cristal, se podrá saber la fuerza del impacto de Benatia a Lucas. Ni el VAR podría resolverlo; ayudará muchísimo en otros tipos de faltas, pero ni el árbitro ni los especialistas, menos el público, podrán conocer la fuerza del impacto, salvo que se calcule específicamente mediante otro procedimiento que no sea el de los sentidos.

El juego Real Madrid–Juventus proyectó aspectos que se podrían aceptar y rechazar. Gigi Buffon, por muy hábil, carismático y famoso, no debió llamar animal al árbitro, es tan falible como el árbitro que tiene la limitante de regular las reglas, darle sentido deportivo, reglamentario, ético, legal, al juego, mantener en la medida de lo posible que la pasión de los jugadores no desborde en violencia, de preservar la integridad, el juego limpio, otros valores. Después de 90 minutos se fatiga, gasta energía y está sujeto, su criterio, a interpretaciones con situaciones de desgaste y voliciones.

Se entiende la proeza y esfuerzo de remontar del Juventus con el deseo de Buffon de extender el juego. Sólo que el árbitro juzgó penal.

El Real Madrid-Juventus dejó muchos más en otro tipo de valor.

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